viernes, 14 de junio de 2013
INEQUIDADES Y RESPONSABILIDADES
Hasta el momento de escribir este texto existía la misma versión de los hechos, más de treinta integrantes de una compañía de seguridad privada se presentaron en la comunidad o barrio de La Laborcilla, en el municipio de El Marqués y agredieron a los habitantes, como resultado un muerto y un herido grave, ambos con arma de fuego. En declaraciones del Procurador del estado, en entrevista con Andrés Estévez en 94.7 de FM, hay 34 detenidos, todos de la presunta compañía de seguridad, ninguno de los colonos porque no fue riña sino agresión directa. No se menciona el nombre de esa compañía aunque se dice que es de Jalisco, o que de allá trajeron a los agresores.
Hay que mencionar que el conflicto territorial entre El Campanario y La Laborcilla data de tiempo atrás. Según testimonios de habitantes de Hércules, donde vivió el fundador de esta última, simplemente invadió un terreno para construir su casa y con el tiempo invitó a otros a asentarse por esos rumbos, algunos terrenos “los regaló” y al parecer otros “los vendió”, pero sin tener la posesión legal de los mismos. Falta aclarar el porqué de lo dilatado del conflicto que seguramente está en alguno de los juzgados, porque en su afán por “recuperar” esos terrenos El Campanario fue obstaculizando las posibles vías de entrada y salida hasta quedar una, la que provocó el zafarrancho con consecuencias lamentables.
Como se puede ver, sin tener que ser un experto en el asunto, la legalidad fue rebasada. Ahora resulta que cualquiera puede contratar a pseudo vigilantes privados para, ejerciendo la violencia en grado máximo, hacerse justicia. Falta ver si las autoridades logran recuperar, frente al poder económico, las atribuciones que le corresponden y le fueron secuestradas, entre ellas la coerción o el ejercicio legítimo de la violencia. En la introducción de su libro Sociedad sitiada Zygmunt Bauman advierte: “La coerción será legítima mientras el árbitro la apruebe, por medio del procedimiento de arbitraje que el árbitro haya aprobado. Todo otro acto coercitivo será considerado un acto de violencia, y la misión fundamental, así como la tarea más urgente de la coerción legítima, es precisamente extirpar toda posible violencia, prevenir que se produzca y castigarla cuando ocurre”. Desafortunadamente ya estamos en el último paso porque los otros dos no se hicieron, habrá que encontrar a los responsables de esas omisiones; pero también castigar a quien autorizó, primero, y contrató después a esa turba de matones o golpeadores. Resulta infantil creer que cualquiera tiene el poder de decisión y de pago de al menos 34 personas, con transporte pesado y herramientas propias para impedir cualquier posibilidad de tránsito, allí debió haber una decisión directiva, quizás hasta colectiva.
Hemos estado insistiendo en los problemas propios de las megalópolis, de las grandes concentraciones urbanas que crecen invadiendo todo lo que encuentran a su paso, de la difícil convivencia por las tremendas desigualdades que se observan a simple vista. Es más, según información publicada en La Jornada por Juan Antonio Zúñiga el 12 de este mes y año y «Elaborada con base en los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares correspondiente a los años de 2000 y 2010, la investigación clasifica en tres “clases” la estructura social mexicana y de paso exhibe su profunda inequidad […] Los resultados del estudio, que aporta nuevos elementos al análisis de la sociedad, indican que por cada persona de “clase alta” que vive en México hay 49 de “clase baja” en los dos extremos de la estructura social mexicana.»
Por eso los fraccionamientos de la escasa población con ingresos muy altos terminan rodeados por colonias populares, por eso el jueguito de “no te dejo pasar porque atentas contra mi seguridad”, y se aíslan, se amurallan, construyen sus propios guetos, que de ser “Barrio o suburbio en que viven personas marginadas por el resto de la sociedad” pasaron a ser, por miedo y voluntad propia “Situación o condición marginal en que vive un pueblo, una clase social o un grupo de personas”. Y es que los ricachones terminan siendo presos de ellos mismos, sin saber que su enemigo no está fuera de sus altas bardas o más allá de sus casetas de vigilancia, sino dentro de sus modernos feudos.
Y es que la interdependencia es obligada. De los fraccionamientos exclusivos hay que ir a las colonias populares a conseguir los servicios más indispensables: un plomero, un albañil, una papelería, el puesto de antojitos, la cremería, la farmacia, la veterinaria, la frutería, y demás. La convivencia es necesaria pero poco tersa, de nada sirve tener camionetota si no es para estacionarse en doble y hasta triple fila para comprar un kilo de tortillas, o un cuarto de jamón “en rebanadas delgaditas”, de qué sirve el poder si no es para ordenar a los guaruras que golpeen a quien les suena el claxon cuando avientan el laminazo sin voltear a ver para ningún lado, total, hay que presumir la Porsche, la BMW, el Mercedes, la Hummer aunque no se traigan ni 50 pesos en las carteras abultadas por múltiples tarjetas de crédito que “el señor” no autoriza a usar.
Los extremos no tardarán en aparecer a menos que sepamos, todos, que la convivencia no puede seguir montada en el abuso y la arbitrariedad. Los ejemplos allí están, como el de Condado de Sayavedra en el estado de México, donde los propios guardias de seguridad atentan contra la vida de habitantes y visitantes, donde se tardan hasta una hora para entrar en horas pico porque todo se revisa con el pretexto de una tranquilidad y seguridad que no saben que ya perdieron.
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viernes, 7 de junio de 2013
HAGAMOS COMO QUE HACEMOS
viernes, 31 de mayo de 2013
DIVERSIDAD POSMODERNA
La incomprensión produce miedo. En sociedades tan numerosas como las que estamos viviendo la diversidad se ve como algo indeseable, la respuesta es construir carriles para evitar ideas y comportamientos diferentes a una “normalidad” uniforme.
Los partidos políticos que nacieron en el corporativismo, en esa imposición de fuertes intereses aparentemente comunes que había que defender contra todo y contra todos, no entienden que la fragmentación social es algo con lo que hay que lidiar, negociar, trabajar puntos de acuerdo y avanzar. Tienen tanto miedo que criminalizan la protesta en lugar de esforzarse por entenderla.
El sociólogo francés Michel Maffesoli publica en 1985 el libro titulado El tiempo de las tribus, donde propone, porque así lo percibe, que dentro de la masificación de las grandes ciudades hay un movimiento contrario a la uniformidad absoluta: “Ya no hablamos de las grandes instituciones, que eran las instituciones del Estado sino que, por el contrario, hablamos de volver de alguna manera a la base, a lo que tiene que ver con la vida cotidiana. Mi intuición se verificó porque hemos visto desarrollarse esos pequeños grupos de afinidades. Y actualmente sigo pensando que es la gran tendencia del funcionamiento de las sociedades posmodernas donde cada vez más van a constituirse esos micro-grupitos. Entonces, mi definición, si actualmente tuviera que dar una definición de la tribu, sería una definición muy básica, muy simple: compartir un gusto: un gusto sexual, musical, deportivo, religioso –digo “gusto” para demostrar que es en el fondo algo muy simple–. Y que nuestras sociedades van a ser en cierto modo una especie de mosaico de esas pequeñas tribus y que se va a participar en varias tribus. En función de mi gusto sexual, musical o religioso, yo voy a estar hoy acá, mañana en otra tribu, pasado mañana en otra”.
Contrario a lo visto por Maffesoli, nuestros gobernantes insisten en caer en la tentación de construir o regresar a las instituciones del Estado para garantizar su permanencia. Todo lo concentran en grandes membretes, en comisiones, consejos y programas que ellos deciden, que ellos integran, que ellos presentan como la única manera de enfrentar cualquier problema, la lucha contra el hambre, contra la inseguridad, por una educación de calidad, por la prevención de desastres naturales o humanos, por la productividad, contra los monopolios, para encontrar a los “desaparecidos”, o cualquier otra “causa” coyuntural que justifique la solución rápida dentro de los cauces que ellos definen como “institucionales”, porque fuera de esas instituciones, dicen, solo reina el caos y la perdición.
La “política de aparador”, como la nombró la politóloga Denise Dresser no es únicamente el uso hasta la náusea de los medios de comunicación para hacer a los gobernantes omnipresentes; aunque no hagan nada importante tienen que salir en las primeras planas, acaparar las ocho columnas, estar en la fotografía de la portada. Que no exista evento político, social, deportivo, cultural que resista su beatífico visto bueno, su irresistible sonrisa, su agudo comentario.
La ciudad de Querétaro ya rebasó al millón de habitantes, ya tiene características que la ubican dentro de la categoría de las megalópolis y su diversidad cotidiana ya se percibe como una amenaza para algunos, y esos algunos reaccionan creando campañas contra los supuestos “extraños”, esos “otros” que rompen con unas aparentes paz y moral provincianas fundadas más en el ocultamiento que en la verdadera falta de conflictos.
Por eso, por decreto, los delincuentes, los indeseables, los diferentes siempre vienen de fuera, sus vehículos portan placas de otros estados, sus documentos de identidad los marcan como ajenos a las “buenas conciencias” ─dijera Carlos Fuentes─, son abusivos, son prepotentes, no entienden la idiosincrasia local y por tanto hay que rechazarlos; y quizás lo que está pasando es que el espejo nos está regresando nuestra propia imagen. Otra vez Maffesoli ─Revista Ñ 04 de febrero del 2013─: “Yo mostré que asistíamos al fin de esas instituciones y que veíamos el surgimiento, el retorno de pequeños grupos emocionales, instituciones racionales-tribus emocionales. Donde, de alguna manera, los afectos, los sentimientos, las pasiones volvían al centro de la escena, recuperaban la importancia. Y fue por eso que propuse la imagen de la tribu. Los etnólogos, los antropólogos nos han mostrado que en la selva, la tribu era una manera de sobrevivir, para luchar contra la adversidad de los animales, de la naturaleza, etcétera. Para expresar el luchar contra la adversidad, en francés decimos serrer les coudes (estrechar filas), o sea hacerse favores, desarrollar formas de solidaridad. Y la tribu tenía esa función. Entonces yo dije: en la selva de piedra, que son las grandes megalópolis de millones de habitantes, en San Pablo, Buenos Aires, Nueva York, Tokio, etcétera, las tribus son también formas de organización de solidaridades. Esa es la idea.”
Pero contra eso se utiliza toda la maquinaria del Estado, lo que queda de él que no es poco se alinea para ofrecer el mismo discurso. Por ejemplo, todas las instituciones deben quedar dentro del programa Soluciones, las escuelas, los centros de salud, las colonias y barrios, cualquier instancia debe tener su comité que concentre la dinámica social propia, ahogándola, mutilándola, metiéndola en el laberinto burocrático y obstaculizando cualquier intento por actuar fuera de esa férrea institucionalidad. Como si no existiera otra cosa, otra solución, otra forma de pensar, de sentir y de actuar.
Pero ese anacronismo (incongruencia que consiste en situar en una época lo que pertenece a otra, según el diccionario de la RAE), no puede sostenerse por mucho tiempo, termina por cansar, por agotarse, y viene lo más indeseable, para ellos, la veleidad democrática.
domingo, 26 de mayo de 2013
PLANEANDO LA HISTORIA
viernes, 17 de mayo de 2013
POR OBVIAS RAZONES
viernes, 10 de mayo de 2013
QUERETANIDAD REMODELADA
sábado, 4 de mayo de 2013
NO HAY FINAL FELIZ
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