La incomprensión produce miedo. En sociedades tan numerosas como las que estamos viviendo la diversidad se ve como algo indeseable, la respuesta es construir carriles para evitar ideas y comportamientos diferentes a una “normalidad” uniforme.
Los partidos políticos que nacieron en el corporativismo, en esa imposición de fuertes intereses aparentemente comunes que había que defender contra todo y contra todos, no entienden que la fragmentación social es algo con lo que hay que lidiar, negociar, trabajar puntos de acuerdo y avanzar. Tienen tanto miedo que criminalizan la protesta en lugar de esforzarse por entenderla.
El sociólogo francés Michel Maffesoli publica en 1985 el libro titulado El tiempo de las tribus, donde propone, porque así lo percibe, que dentro de la masificación de las grandes ciudades hay un movimiento contrario a la uniformidad absoluta: “Ya no hablamos de las grandes instituciones, que eran las instituciones del Estado sino que, por el contrario, hablamos de volver de alguna manera a la base, a lo que tiene que ver con la vida cotidiana. Mi intuición se verificó porque hemos visto desarrollarse esos pequeños grupos de afinidades. Y actualmente sigo pensando que es la gran tendencia del funcionamiento de las sociedades posmodernas donde cada vez más van a constituirse esos micro-grupitos. Entonces, mi definición, si actualmente tuviera que dar una definición de la tribu, sería una definición muy básica, muy simple: compartir un gusto: un gusto sexual, musical, deportivo, religioso –digo “gusto” para demostrar que es en el fondo algo muy simple–. Y que nuestras sociedades van a ser en cierto modo una especie de mosaico de esas pequeñas tribus y que se va a participar en varias tribus. En función de mi gusto sexual, musical o religioso, yo voy a estar hoy acá, mañana en otra tribu, pasado mañana en otra”.
Contrario a lo visto por Maffesoli, nuestros gobernantes insisten en caer en la tentación de construir o regresar a las instituciones del Estado para garantizar su permanencia. Todo lo concentran en grandes membretes, en comisiones, consejos y programas que ellos deciden, que ellos integran, que ellos presentan como la única manera de enfrentar cualquier problema, la lucha contra el hambre, contra la inseguridad, por una educación de calidad, por la prevención de desastres naturales o humanos, por la productividad, contra los monopolios, para encontrar a los “desaparecidos”, o cualquier otra “causa” coyuntural que justifique la solución rápida dentro de los cauces que ellos definen como “institucionales”, porque fuera de esas instituciones, dicen, solo reina el caos y la perdición.
La “política de aparador”, como la nombró la politóloga Denise Dresser no es únicamente el uso hasta la náusea de los medios de comunicación para hacer a los gobernantes omnipresentes; aunque no hagan nada importante tienen que salir en las primeras planas, acaparar las ocho columnas, estar en la fotografía de la portada. Que no exista evento político, social, deportivo, cultural que resista su beatífico visto bueno, su irresistible sonrisa, su agudo comentario.
La ciudad de Querétaro ya rebasó al millón de habitantes, ya tiene características que la ubican dentro de la categoría de las megalópolis y su diversidad cotidiana ya se percibe como una amenaza para algunos, y esos algunos reaccionan creando campañas contra los supuestos “extraños”, esos “otros” que rompen con unas aparentes paz y moral provincianas fundadas más en el ocultamiento que en la verdadera falta de conflictos.
Por eso, por decreto, los delincuentes, los indeseables, los diferentes siempre vienen de fuera, sus vehículos portan placas de otros estados, sus documentos de identidad los marcan como ajenos a las “buenas conciencias” ─dijera Carlos Fuentes─, son abusivos, son prepotentes, no entienden la idiosincrasia local y por tanto hay que rechazarlos; y quizás lo que está pasando es que el espejo nos está regresando nuestra propia imagen. Otra vez Maffesoli ─Revista Ñ 04 de febrero del 2013─: “Yo mostré que asistíamos al fin de esas instituciones y que veíamos el surgimiento, el retorno de pequeños grupos emocionales, instituciones racionales-tribus emocionales. Donde, de alguna manera, los afectos, los sentimientos, las pasiones volvían al centro de la escena, recuperaban la importancia. Y fue por eso que propuse la imagen de la tribu. Los etnólogos, los antropólogos nos han mostrado que en la selva, la tribu era una manera de sobrevivir, para luchar contra la adversidad de los animales, de la naturaleza, etcétera. Para expresar el luchar contra la adversidad, en francés decimos serrer les coudes (estrechar filas), o sea hacerse favores, desarrollar formas de solidaridad. Y la tribu tenía esa función. Entonces yo dije: en la selva de piedra, que son las grandes megalópolis de millones de habitantes, en San Pablo, Buenos Aires, Nueva York, Tokio, etcétera, las tribus son también formas de organización de solidaridades. Esa es la idea.”
Pero contra eso se utiliza toda la maquinaria del Estado, lo que queda de él que no es poco se alinea para ofrecer el mismo discurso. Por ejemplo, todas las instituciones deben quedar dentro del programa Soluciones, las escuelas, los centros de salud, las colonias y barrios, cualquier instancia debe tener su comité que concentre la dinámica social propia, ahogándola, mutilándola, metiéndola en el laberinto burocrático y obstaculizando cualquier intento por actuar fuera de esa férrea institucionalidad. Como si no existiera otra cosa, otra solución, otra forma de pensar, de sentir y de actuar.
Pero ese anacronismo (incongruencia que consiste en situar en una época lo que pertenece a otra, según el diccionario de la RAE), no puede sostenerse por mucho tiempo, termina por cansar, por agotarse, y viene lo más indeseable, para ellos, la veleidad democrática.
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viernes, 31 de mayo de 2013
DIVERSIDAD POSMODERNA
La incomprensión produce miedo. En sociedades tan numerosas como las que estamos viviendo la diversidad se ve como algo indeseable, la respuesta es construir carriles para evitar ideas y comportamientos diferentes a una “normalidad” uniforme.
Los partidos políticos que nacieron en el corporativismo, en esa imposición de fuertes intereses aparentemente comunes que había que defender contra todo y contra todos, no entienden que la fragmentación social es algo con lo que hay que lidiar, negociar, trabajar puntos de acuerdo y avanzar. Tienen tanto miedo que criminalizan la protesta en lugar de esforzarse por entenderla.
El sociólogo francés Michel Maffesoli publica en 1985 el libro titulado El tiempo de las tribus, donde propone, porque así lo percibe, que dentro de la masificación de las grandes ciudades hay un movimiento contrario a la uniformidad absoluta: “Ya no hablamos de las grandes instituciones, que eran las instituciones del Estado sino que, por el contrario, hablamos de volver de alguna manera a la base, a lo que tiene que ver con la vida cotidiana. Mi intuición se verificó porque hemos visto desarrollarse esos pequeños grupos de afinidades. Y actualmente sigo pensando que es la gran tendencia del funcionamiento de las sociedades posmodernas donde cada vez más van a constituirse esos micro-grupitos. Entonces, mi definición, si actualmente tuviera que dar una definición de la tribu, sería una definición muy básica, muy simple: compartir un gusto: un gusto sexual, musical, deportivo, religioso –digo “gusto” para demostrar que es en el fondo algo muy simple–. Y que nuestras sociedades van a ser en cierto modo una especie de mosaico de esas pequeñas tribus y que se va a participar en varias tribus. En función de mi gusto sexual, musical o religioso, yo voy a estar hoy acá, mañana en otra tribu, pasado mañana en otra”.
Contrario a lo visto por Maffesoli, nuestros gobernantes insisten en caer en la tentación de construir o regresar a las instituciones del Estado para garantizar su permanencia. Todo lo concentran en grandes membretes, en comisiones, consejos y programas que ellos deciden, que ellos integran, que ellos presentan como la única manera de enfrentar cualquier problema, la lucha contra el hambre, contra la inseguridad, por una educación de calidad, por la prevención de desastres naturales o humanos, por la productividad, contra los monopolios, para encontrar a los “desaparecidos”, o cualquier otra “causa” coyuntural que justifique la solución rápida dentro de los cauces que ellos definen como “institucionales”, porque fuera de esas instituciones, dicen, solo reina el caos y la perdición.
La “política de aparador”, como la nombró la politóloga Denise Dresser no es únicamente el uso hasta la náusea de los medios de comunicación para hacer a los gobernantes omnipresentes; aunque no hagan nada importante tienen que salir en las primeras planas, acaparar las ocho columnas, estar en la fotografía de la portada. Que no exista evento político, social, deportivo, cultural que resista su beatífico visto bueno, su irresistible sonrisa, su agudo comentario.
La ciudad de Querétaro ya rebasó al millón de habitantes, ya tiene características que la ubican dentro de la categoría de las megalópolis y su diversidad cotidiana ya se percibe como una amenaza para algunos, y esos algunos reaccionan creando campañas contra los supuestos “extraños”, esos “otros” que rompen con unas aparentes paz y moral provincianas fundadas más en el ocultamiento que en la verdadera falta de conflictos.
Por eso, por decreto, los delincuentes, los indeseables, los diferentes siempre vienen de fuera, sus vehículos portan placas de otros estados, sus documentos de identidad los marcan como ajenos a las “buenas conciencias” ─dijera Carlos Fuentes─, son abusivos, son prepotentes, no entienden la idiosincrasia local y por tanto hay que rechazarlos; y quizás lo que está pasando es que el espejo nos está regresando nuestra propia imagen. Otra vez Maffesoli ─Revista Ñ 04 de febrero del 2013─: “Yo mostré que asistíamos al fin de esas instituciones y que veíamos el surgimiento, el retorno de pequeños grupos emocionales, instituciones racionales-tribus emocionales. Donde, de alguna manera, los afectos, los sentimientos, las pasiones volvían al centro de la escena, recuperaban la importancia. Y fue por eso que propuse la imagen de la tribu. Los etnólogos, los antropólogos nos han mostrado que en la selva, la tribu era una manera de sobrevivir, para luchar contra la adversidad de los animales, de la naturaleza, etcétera. Para expresar el luchar contra la adversidad, en francés decimos serrer les coudes (estrechar filas), o sea hacerse favores, desarrollar formas de solidaridad. Y la tribu tenía esa función. Entonces yo dije: en la selva de piedra, que son las grandes megalópolis de millones de habitantes, en San Pablo, Buenos Aires, Nueva York, Tokio, etcétera, las tribus son también formas de organización de solidaridades. Esa es la idea.”
Pero contra eso se utiliza toda la maquinaria del Estado, lo que queda de él que no es poco se alinea para ofrecer el mismo discurso. Por ejemplo, todas las instituciones deben quedar dentro del programa Soluciones, las escuelas, los centros de salud, las colonias y barrios, cualquier instancia debe tener su comité que concentre la dinámica social propia, ahogándola, mutilándola, metiéndola en el laberinto burocrático y obstaculizando cualquier intento por actuar fuera de esa férrea institucionalidad. Como si no existiera otra cosa, otra solución, otra forma de pensar, de sentir y de actuar.
Pero ese anacronismo (incongruencia que consiste en situar en una época lo que pertenece a otra, según el diccionario de la RAE), no puede sostenerse por mucho tiempo, termina por cansar, por agotarse, y viene lo más indeseable, para ellos, la veleidad democrática.
viernes, 24 de agosto de 2012
DIVERSIDAD CREATIVA
Si algo ha provocado el sistema económico impuesto desde la década de los 80 del siglo pasado, es la increíble variedad en que los grupos sociales han intentado resistirlo, entenderlo y denunciarlo. Los zapatistas mexicanos, el 15M español, el occupy estadounidense, los piqueteros argentinos, los indígenas y campesinos bolivianos, el yosoy#132, los estudiantes chilenos, los indignados griegos, italianos, ingleses; la primavera árabe y ese largo etcétera que estamos viendo y viviendo tienen un origen común, pero como eso posee innumerables tentáculos, a cada quien lo acogota desde ángulos diferentes.
Esos muy diversos movimientos sociales, aún estando desarticulados entre sí, tienen un efecto común, o al menos eso piensan analistas como el sociólogo irlandés y catedrático en la Universidad Autónoma de Puebla en México John Holloway, quien lo explica de manera gráfica: “…podemos entender la idea de las grietas imaginando un lago congelado: estamos intentando romper el hielo, arrojando piedras al lago. Se crean agujeros y grietas, rajaduras, ¿no es cierto? Y del otro lado también están arrojando piedras y por otro lado también, que es un poco lo que está pasando hoy. Va formándose una multiplicidad de grietas que a veces se expanden y otras veces se regeneran, de manera que el agujero puede congelarse otra vez. Pero si las grietas se juntan, se hacen mayores, más potentes. A veces se juntan, se separan otras veces. Yo pienso el movimiento de las grietas como un proceso que incluye coincidencias, pero que no deben ser impuestas a partir de una perspectiva particular. Si yo estoy aquí desde este lado del lago arrojando piedras y veo que usted está haciendo lo mismo de su lado, no tiene ningún sentido que le diga que debería estar aquí conmigo. Es necesario reconocer que las personas están intentando romper el hielo del capitalismo de muchas formas diferentes y tengo que respetar que usted esté ahí. Y respetar implica criticar, una confluencia es importantísima, el diálogo.” (John Holloway entrevistado por Gabriela Moncau y Julio Delmanto. Revista brasileña Caros Amigos de marzo del 2011.)
Pareciera decir que esa desarticulación es real pero no por eso desafortunada, que hace falta dialogar desde cada resistencia, desde cada contexto y experiencia, a final de cuentas se está golpeando y afectando lo mismo. El politólogo y sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid Marcos Roitman Roisennman (Revista Ñ, 06 de agosto del 2012), desde su perspectiva, parece mostrar alguna coincidencia: “El movimiento iniciado en la Universidad Iberoamericana por los estudiantes criticando el control mediático de Televisa en favor del candidato del PRI, Peña Nieto, conocido como yosoy#132, en México, no guarda relación con la toma de Wall Street ni con el 15M. Lo genérico, ser hijos de una crisis profunda del capitalismo y su proyecto neoliberal, no debe hacer perder la perspectiva. Cada uno de ellos hunde sus raíces en las estructuras sociales y de poder que le dan vida y explican. No son espontáneos ni surgen de la nada. ¿Cómo sino explicar los piqueteros en Argentina, sin ir más lejos?”
Las críticas al sistema educativo promovido por ese neoliberalismo depredador también son muestras de resistencia desde diferentes perspectivas, allí está el documental Educación Prohibida, al que nos referimos la semana pasada en este espacio. La multiplicidad de análisis refleja esa diversidad de síntomas, pero la causa es la misma, un sistema económico que destruye todo lo que encuentra a su paso, sin visión alguna de futuro, sin solidaridad, sin ética ni moral. Pero que también se defiende y esas defensas apuntan a la uniformidad. Le molesta la pluralidad de pensamiento y de manifestación, todo lo quiere encuadrar en unas nuevas buenas costumbres, en la construcción de falsas buenas conciencias que se escandalicen por el “desorden”, por el “poco respeto a la autoridad”, que promueven el respeto a un marco legal amañado en su aplicación e interpretación; con la intolerancia hacia formas diferentes de expresar y practicar la convivencia social, las preferencias sexuales; que promueve las desigualdades sociales y se escuda en el altruismo corporativo, mientras no le cueste.
Nuestro problema principal es que se encuentra metido en nuestras prácticas cotidianas y en nuestro pensamiento; sin percatarnos lo promovemos y lo defendemos, y terminamos por enfrentarnos. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman es más pesimista: “Toda mi vida, y he tenido una larga existencia, siempre he tenido la impresión de que las jóvenes generaciones si se aplicaban al estudio y obtenían buenos niveles de educación, les aguardaba una larga carrera. Las nuevas generaciones comenzaban donde habían terminado las anteriores. Se daba por sentado. Es la primera vez en que la generación más joven tienen las mejores expectativas ─obviamente se refiere a la europea─ (buena educación, idiomas) y ningún futuro. La juventud está cerca de acabar en la cuneta, corre el riesgo de ser redundante […] Como estamos padeciendo una crisis detrás de otra, no prestamos atención a lo que es definitivo: no podemos seguir viviendo como vivíamos, no podemos consumir como antes. Y eso es un hecho. Hay que olvidar de una vez que la felicidad esté relacionada con la adquisición de bienes”. Y parte de ese consumo desmedido y descontrolado está en el mercado de armas, de narcóticos, de seres humanos.
Tenemos que preguntarnos, cuestionarnos, romper con formas de pensar que creemos “seguras” y hasta “trascendentes” cuando son lo contrario, precarios refugios de un egoísmo mal entendido y peor llevado. Comenzamos por uniformar las apariencias, terminamos por querer estandarizar el pensamiento, y eso no se puede. Por lo menos por ahora.
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