domingo, 19 de mayo de 2019

NOS LO DIJO EL PROFE

Joaquín Córdova Rivas Nos lo dijo el Profe Murillo y se me quedó grabado en la memoria, las circunstancias es más difícil precisarlas, creo que alguien cuestionó qué se necesitaba para ser maestro frente a grupo, la respuesta no tardó en llegar y no fue solo verbal, fue toda una demostración en teoría y práctica «ser maestro es transformarse frente al grupo, frente a los estudiantes», es dejar de ser uno para adoptar un papel que no se representa en otros lugares ni frente a otras personas. Es reflejar la pasión por saber lo que antes se ignoraba, sabiendo, al mismo tiempo, que faltan muchas cosas por asombrarse y seguir conociendo. Es la capacidad de concentrar atención y esfuerzo de esos otros que nos rodean, para aprender, hasta memorizar, contenidos necesarios en ese momento para entender e interpretar esa realidad que nos apabulla con su crudeza, dotarla de sentimientos que le den sentido personal y colectivo, que nos identifique con los demás y cargarla de emociones que nos hagan tratar de cambiarla. Obvio que no dijo todo eso, o no lo recuerdo como tal porque me quedé atrapado en la frase entrecomillada, lo demás es parafraseo, es recuperar algo de las experiencias propias y de otros compañeros de escuela o colegas actuales. Me lo dijo y escribió el Profe Carmelo en la primaria cuando me acerqué con mi anuario —el librote ese donde aparecían las fotografías de todos los estudiantes, maestros y trabajadores de la escuela, en plan serio y bien peinados; y otras en actividades que alguien juzgaba dignas de recordarse muchos años después— para pedirle que me firmara y pusiera una dedicatoria, volteó a verme, sonrió y escribió «para el desapercibido», después agregó, verbalmente, algo que me dio a entender que mi principal característica era no llamar la atención, camuflarme dentro del grupo para no resaltar, para que los demás no notaran mi presencia, pero no como algo que tuviera que ver con la modestia o humildad, sino con el temor, con la actitud de esconderse como suele pasar con muchos niños y jóvenes que evitan cualquier acción para evitar que los compañeros los molesten o los profesores los identifiquen con el nombre. De esos que prefieren ser un número más en una lista de asistencia que una persona con nombre y apellidos. Desde esos tiempos me repele el anonimato. Prefiero que lo que soy y lo que hago lleve nombre y apellido que pasar desapercibido entre la masa que se vuelve impersonal e irresponsable. Antes se daba reconocimiento por todo, acumulé los de puntualidad y asistencia porque era parte de la disciplina familiar, no me gusta que los impuntuales me hagan perder el tiempo mientras yo respeto el de los demás. La palabra de uno debe tener valor, se debe cumplir lo que se dice hasta en fijar una hora para encontrarse o llegar a algún lugar. Los reconocimientos por aprovechamiento en las distintas materias no fueron abundantes, más bien escasos, como que ese rollo de competir y demostrarle a los demás lo que se sabe o se ignora no me llamaba la atención. Gracias al ejemplo del abuelo paterno, indispensable maestro informal —el materno murió antes de lo que yo y él hubiéramos querido— mi primer y pertinaz vicio es la lectura. Hasta que estuve en sexto de primaria la escuela tuvo biblioteca abierta a los alumnos y con una encargada que no solo sabía clasificarlos y acomodarlos, sino que propiciaba clubes de lectura y talleres de promoción lectora. Al acervo familiar, que no estaba pensado para mi edad, se agregó el escolar, ese sí con lecturas y autores más atractivos para esa etapa. Lo dijo el Profe Domínguez y su amor a la naturaleza, ese que organizaba excursiones a playas y bosques para demostrarnos que fuera del núcleo familiar —muchas veces sobreprotector— podíamos sobrevivir, escalar para salir del cañón de algún río, construir puentes con cuerdas y con los mástiles de las pesadísimas lonas de las tiendas de campaña para doce personas y atravesar arroyos u otros accidentes geográficos. Aprendimos a encender fogatas para cocer la comida sin provocar incendios forestales, le perdimos el miedo a las olas y las corrientes marinas, a medir el peligro y enfrentarlo. Supimos que éramos diversos, que cada quien tenía virtudes que no todos compartíamos, aprendimos a respetarnos pese a nuestros defectos. Lo dijeron los Profes Cabrera y Correa y su pasión por la filosofía y el arte, uno desde la lógica y ética, el otro desde la psicología; no tiene sentido saber mucho si uno sigue siendo un patán, un ratero, un sinvergüenza, un corrupto. Lo dijeron muchos otros que dejaron huella en nuestras vidas. Posiblemente no recordemos nada de lo aprendido en las clases de cálculo integral y diferencial, pero la imagen de ese maestro impecablemente vestido, con su bastón por haberse hecho trizas la rodilla practicando su deporte preferido, con ese humor corrosivo para ver la vida sin perder la formalidad, nos enseñó que la vida hay que aprovecharla a pesar o gracias a los buenos o malos momentos. O ese otro de matemáticas a quien le decíamos polvorón porque borraba la tiza del pizarrón con la manga del desgastado saco, que llegaba diario en su bicicleta de panadero. O el de física con su aula llena de sorpresas, con sus poleas, balanzas, con sus tres pizarrones que se iban desplegando hacia el alto techo según iba mostrando cómo se calculaba la velocidad, la aceleración, la fricción y todo lo que implicara el movimiento de cualquier cosa, y que solo perdiera la compostura en la clase siguiente a la muerte de su madre. Tiene razón ese otro gran maestro, Fernando Savater, cuando advierte que los seres humanos aprendemos de los otros de nuestra misma especie, que dedicarse a la docencia es diferente a otras profesiones porque formamos ciudadanos, porque modelamos valores que no se mencionan en los planes de estudio, porque la solidaridad, la empatía, la ética, la honestidad, la frugalidad no se enseñan repitiendo oraciones o leyendo y resolviendo libros de texto. Nos dicen, los profes, que para ser mejores seres humanos hay que aprenderlo de otros que son como nosotros, que hay que transformarnos para contagiar la pasión, el asombro, las ganas de aprender.

SOBRE RUINAS

Joaquín Córdova Rivas De diciembre a principios de mayo. No sienten lo duro sino lo tupido. Los que descalificaban las marchas salen a marchar. Los que pregonaban la resignación ante los resultados electorales ahora se rebelan contra ellos. Los que decían que todos los votos eran iguales ahora “descubren” votos sin cabeza o con medio cerebro. Los que defendían una igualdad que los protegía de la mayoría ahora la descalifican, porque una cosa es querer ser iguales y otra serlo. Los que se adaptaron al lenguaje políticamente correcto, ahora lo mal utilizan porque ni siquiera saben redactar una consigna que no resulte autodenigratoria. Los defensores de la decencia y la nacencia caen en el insulto, en la discriminación por cualquier motivo, en el desprecio por el otro al que pretenden inferior. Habrá que recordarles que los treinta millones de votos no fueron simple coincidencia, que no son fruto de la ignorancia, más bien al contrario, que revelan un sufrido aprendizaje generacional que no se desaparece de la noche a la mañana, que ha soportado toda clase de trampas, de subterfugios, de desplantes, de mentiras, de agresiones, de ignorancia intencional. Hay crónicas que intentaron captar la eclosión del primero de diciembre del 2018, de ese zócalo que se convirtió en espejo de esos millones de almas que eligieron la paciencia y la no violencia para expresar las décadas de frustración y enojo. Una de ellas pertenece a Fabrizio Mejía. Crónica de la victoria. Editorial Planeta Mexicana. Temas de Hoy. México 2018. «Sobre ruinas izamos el alma. Hay algo de final de partida, de esperanza trágica. No de optimismo, que es la boba creencia, de que todo será, porque sí, mejor. Ese vano optimismo fue del año 2000, cuando la llegada de Acción Nacional pareció, para algunos, el paso a una etapa sin PRI. No ocurrió así. Esta es una esperanza trágica, la de la última salida, la de que es posible que haya quedado algo después del naufragio y, con esas ruinas en los puños, empezar a reconstruir. La última salida fue protegida por cada uno de los treinta millones de votantes: no se permitieron repartir sus votos entre partidos, no quisieron arriesgarse a que les quisieran hacer fraude, hicieron una tregua con las críticas: —Hay que ver si lo dejan ganar y, luego, lo discutimos.» Administrar un país en ruinas no es nada fácil, más cuando los responsables no se hacen cargo de sus actos ni las consecuencias, y entonces quieren achacárselos a sus víctimas directas, para ellos —los llamados fifís o conservadores— los dejados tienen que seguir siéndolo, es el papel que se les asigna en la historia neoliberal; pueden ejercer sus “libertades” pero sin atentar contra el orden establecido desde las cúpulas político-religioso-empresariales, deben respetar la ley aunque esta solo beneficie a unos cuantos, no se vale que cuestionen la forma “natural” de ser y hacer las cosas. Si alguien se enriquece es por visionario y trabajador no porque trafique con influencias, se aproveche de corruptelas, expropie la riqueza producida por los otros. Si alguien se empobrece es por flojo, por ignorante, porque no sabe hacer nada productivo, por prieto y feo. Todo se disuelve en un individualismo que en el caso de la corrupción se organiza hasta en delincuencia normalizada o legalizada, mientras, los que sí trabajan pierden derechos colectivos ganados con sangre y sufrimiento. Pero esa es la historia que nos quieren vender, la que quieren escribir para que los otros la vivamos porque ni siquiera, para ellos, tenemos el derecho de escribir nuestra propia historia, intervenir en nuestro destino. Otra vez Fabricio Mejía: «Somos los que supimos desde niños que nos iría peor que a nuestros papás. Somos a quienes llaman “chairos”, “ajolotes”, “indignados”. Somos los que ya no decimos “Sonríe, vamos a ganar”, porque luego el Programa de Resultados nos derrotaba durante la madrugada. Somos a los que les decían en cada elección: “Acepten la derrota. En la democracia se gana por un voto”. Somos los que nos asombramos con el ascenso de Salinas, el de Fox y el de Calderón. Somos los que nunca entendimos por qué la gente no se indignó cuando Peña Nieto les quitó el petróleo y la educación pública. Somos los que descreímos como nadie. Somos tus vecinos que ponen a todo volumen a Carmen Aristegui para que se enteren. Somos el país que vive entre las fosas sin nombre y las Casas Blancas. Somos los que creemos en una Patria que son todos los demás. Somos a quienes el miedo les queda mucho más cerca que “Venezuela”. Somos los que nunca pensaremos como debemos pensar. Somos a los que, si vienes al Zócalo, verás.» Les duelen las acciones anticorrupción, les duele la austeridad que sienten como miseria propia y antes era pobreza ajena. No entienden que la riqueza generada por todos debe alcanzar para todos. No distinguen la legalidad conveniente y a modo de la ética o moralidad. «El problema es que la corrupción es sobre la ilegitimidad de alguien o de una acción. No sólo es si se puede legalmente hacer, sino si se debe hacer. Es un asunto de moralidad. Eso lo entendió Andrés Manuel y propuso otro ángulo, mucho más cercano a los ciudadanos, en el tema de la corrupción: no es sólo de leyes, fiscalías independientes, organismos de revisión, sino de integridad. Quien roba dinero público no lo hace por necesidad ni porque la ley que lo castiga no sea lo suficientemente dura y costosa. No importa si la riqueza de la corrupción es legal, es ilegítima.»

sábado, 4 de mayo de 2019

PÚBLICA, GRATUITA Y OBLIGATORIA

Joaquín Córdova Rivas Contra los pronósticos, se volvió a atorar la reforma educativa, ahora correspondió a una extraña coincidencia entre los partidos conservadores y los representantes de la CNTE. Lo obvio, quienes tienen más oportunidad de influir, en algo, en la implementación de esa reforma, a través de las leyes y reglamentos resultantes de los cambios constitucionales, es la última, puesto que apenas faltó un voto para pasar en el Senado. Parece de lo más normal, como si existiera desde el principio de los tiempos, o al menos desde que el homo se convirtió en sapiens. Pero no es cierto. Esa “escuela” a la que se reincorporan millones de niños, jóvenes y adultos —porque con esa moda de los posgrados ya pocos escolapios viejos se salvan de ella—, se inventó en algún momento reciente de la historia de esta sufrida humanidad. Nuestro sistema educativo, estandarizado con el de muchos países que aspiran a una modernidad que ya se nos pasó, tiene tres características que lo definen y lo igualan con todos lo demás: es público, gratuito y obligatorio. Eso solo se puede cumplir si cada Estado, cada país, toma por su cuenta, a cargo de las finanzas públicas —de los impuestos y cobro de servicios— y con un plan mínimo común basado en ciertos “valores”, ideas y conocimientos que deben compartir todos sus integrantes, la tarea de “educar” a sus gobernados. Esa educación escolarizada data de fines del siglo XVIII y principios del XIX según se fue extendiendo el modelo prusiano de escuela pública, que nació como respuesta a los movimientos sociales que pusieron en duda, y derrocaron en muchas ocasiones, a las monarquías gobernantes de la vieja Europa, por la vía de exigir una serie de derechos incompatibles con esa forma de ejercer el poder despótico —libertad, igualdad, fraternidad, los tres principios de la revolución francesa—, aunque esa “educación” terminó, en muchos casos, inoculando contra esos principios, separándolos y neutralizándolos. O como sintetiza y aclara Tzvetan Todorov «Sucedió que, bajo el efecto traumático de la Revolución, las dos fuerzas adversas debieron moderarse. “La fe humanista, para acoplarse a lo real, disminuyó buena parte de su optimismo”, las esperanzas demasiado próximas fueron reemplazadas por un culto a un ideal mucho más lejano. En el otro extremo, aquellos que pretendían restaurar las antiguas creencias absorbieron a su vez los valores nuevos». En esa tensión nace la escuela que hoy conocemos y cuyo modelo permanece. Ese modelo de escuela ha ido envejeciendo aceleradamente, esa organización interna, basada en el modelo fabril de producción de cosas —no de desarrollo de personas o de ciudadanos—, donde cada profesor es responsable de un pedacito de saber — sin conocer el proceso y los contenidos completos—, que se “transmite” —se enseña—, basado en represión y castigos, choca con esos nuevos derechos y aspiraciones que hemos ido descubriendo. O con la influencia creciente de otros agentes educativos ajenos a la escuela y que frecuentemente le juegan la contra, como los medios de comunicación, las redes sociales, nuestras instituciones y quienes las representan, las leyes y sus incongruencias, los grupos de poder y demás. Para resolver esa contradicción, la educación escolarizada se nos vende como la oportunidad principal para aspirar a una sociedad equitativa, donde la discriminación por raza, origen social, creencia religiosa, preferencia sexual o afectiva, o cualquier otra desigualdad o discapacidad, sea superada por una estandarización de valores y saberes que tendría que cristalizar en equidad al momento de aspirar a un empleo con salario digno, a formar una familia sana e integrada, a participar en una sociedad democrática y con acceso a la información y todos los demás que podamos anhelar colectiva e individualmente. La reforma educativa mexicana que supuestamente deroga a las “neoliberal” del 2013, sigue teniendo muchas de las características de su predecesora, pero quizás eso tenga que ser así. Otra vez Todorov «se puede observar una característica curiosa de los conflictos ideológicos. Éstos desembocan más a menudo en una victoria pírrica: el vencedor se ve obligado a renunciar parcialmente a su identidad y, más específicamente, a adoptar un buen número de rasgos del vencido». Tzvetan Todorov. Prólogo a La escuela del desencanto de Paul Bénichou. FCE 2017. México. En lo constitucional podemos incluir —hasta de forma abusiva— todos los conceptos o derechos que se nos ocurran para desarrollar en nuestra población escolar, y aun allí aparecerá esa tensión entre lo nuevo y lo que se niega a morir; de forma corrida, para ahorrar espacio, solo los 8 primeros párrafos como se propusieron en el dictamen respectivo —sin los incisos que también se agregan y que son importantes—, y que se puede consultar, completo, en http://insurgenciamagisterial.com/dictamen-de-abrogacion-de-la-reforma-educativa-version-filtrada/ «Artículo 3o. Toda persona tiene derecho a la educación. El Estado -Federación, Estados, Ciudad de México y Municipios- impartirá y garantizará la educación inicial, preescolar, primaria, secundaria, media superior y superior. La educación preescolar, primaria y secundaria, conforman la educación básica; ésta y la media superior serán obligatorias, la educación superior lo será en términos de la fracción X del presente artículo. Corresponde al Estado la rectoría de la educación, la impartida por éste, además de obligatoria, será universal, inclusiva, pública, gratuita y laica. La educación se basará en el respeto irrestricto de la dignidad de las personas, un enfoque de derechos humanos y de igualdad sustantiva. Tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano y fomentará en él, a la vez, el amor a la Patria, el respeto a todos los derechos, las libertades, la cultura de paz y la conciencia de la solidaridad internacional, en la independencia y en la justicia; promoverá la honestidad, los valores y la mejora continua del proceso de enseñanza aprendizaje. El Estado priorizará el interés superior de niñas, niños, adolescentes y jóvenes en el acceso, permanencia y participación en los servicios educativos. Las maestras y los maestros son agentes fundamentales del proceso educativo y, por tanto, se reconoce su contribución a la transformación social. Tendrán derecho de acceder a un sistema integral de formación, de capacitación y de actualización retroalimentado por evaluaciones diagnósticas, para cumplir los objetivos y propósitos del Sistema Educativo Nacional. La ley establecerá las disposiciones del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros en sus funciones docente, directiva o de supervisión. Corresponderá a la Federación su rectoría y, en coordinación con las entidades federativas, su implementación, conforme a los criterios de la educación previstos en este artículo. La admisión, promoción y reconocimiento del personal que ejerza la función docente, directiva o de supervisión, se realizará a través de procesos de selección a los que concurran los aspirantes en igualdad de condiciones, los cuales serán públicos, transparentes, equitativos e imparciales y considerarán los conocimientos, aptitudes y experiencia necesarios para el aprendizaje y el desarrollo integral de los educandos. Los nombramientos derivados de estos procesos sólo se otorgarán en términos de la ley. Lo dispuesto en este párrafo en ningún caso afectará la permanencia de las maestras y los maestros en el servicio. A las instituciones referidas en la fracción VII de este artículo no les serán aplicables estas disposiciones.» Así las cosas.

PRENSA FIFÍ

Joaquín Córdova Rivas Siguen siendo hegemónicos, monopólicos, pontificadores porque no hay más verdad que la suya, siguen hablando en coro queriendo hacernos creer que son muchos, que son hasta mayoría, que representan los intereses de todos ocultando que solo defienden los propios. Hablan de conciliar en aras a un objetivo con mayúsculas: trabajar por el desarrollo de México, cuando durante décadas ocultaron la corrupción y la impunidad de los más poderosos, pero exhibieron y se horrorizaron con la conducta “impropia” de los más débiles. Podríamos recuperar toda la teoría que sobre ideología existe, abundante y esclarecedora; también de su relación con los medios de comunicación a raíz de la aparición de estos. Ya en su conferencia mañanera, que está haciendo naufragar a los noticieros de radio y televisión tradicionales y privados, el presidente de la república recordó el papel que jugaron en el asesinato de Madero y su hermano, pero bien pudo irse unos cuantos años más allá, cuando Porfirio Díaz y sus fifís —llamados “científicos” porque ocultaban sus tendencias ideológicas con cifras y análisis que deberían ser incontrovertibles, a la moda de los actuales “técnicos” neoliberales que cambiaron todo para beneficiarse en exclusiva, ahora convertidos en conservadores para que nada cambie y conserven sus beneficios— “descubrió” que podía maicear o chayotear a los propietarios de los periódicos de la época para que publicaran sus logros y acallaran los efectos sociales de los mismos. De forma por demás precaria, por la persecución gubernamental, también existió la prensa revolucionaria, valiente, denunciante, promovente de una visión de país radicalmente diferente. Un sistema corrupto requiere que sus diferentes partes operen en sincronía para prevalecer por muchos años e impedir disensos, los medios de comunicación masiva, privatizados, sirvieron a sus fines: ocultaron cuanto y cuando pudieron, distrajeron banalizando lo que se lograba filtrar —las redes sociales y su multiplicidad de voces lograron, en algo, romper con el monopolio informativo e ideológico— o convirtieron en espectáculo cualquier bobada. Impidieron, amedrentaron, desprestigiaron el desarrollo del periodismo crítico y de investigación, convirtieron la profesión en simple talacha de actos oficiales o reproducción de boletines oficiales que anunciaban grandes programas que apenas sobrevivían a su inauguración, precarizaron el trabajo de reporteros y periodistas que veían, impotentes, cómo la realidad se iba por el drenaje de la censura. Puede que exista o veamos como natural esa tensión entre ofrecer información verificada, de importancia social, jerarquizada, organizada de manera que le sirva a la audiencia para formarse una opinión y criterio sustentados en hechos, que le sea útil para tomar decisiones importantes en el corto y largo plazo, y la tentación de que el medio o sus dueños se conviertan en noticia imponiendo descaradamente sus intereses comerciales o políticos disfrazándolos de bien común o alardeando de unas buenas intenciones de las que carecen. Nos llenamos de empresarios o políticos dueños de medios de comunicación masiva, sin formación alguna en las ciencias de la comunicación, que imponen su línea editorial sin más sustento que sus caprichos o intereses personales, sin importar el derecho de su público a tener acceso a información lo más objetiva posible. Así como dicen que se hacía en la Operación Berlín tan señalada recientemente, donde ciertos intelectuales orgánicos de ese conservadurismo, llamado fifí, ordenaban maquilar notas que parecieran periodísticas torciendo las interpretaciones de algunos hechos o de plano prescindiendo de los mismos: las “fake news” que popularizara nuestro anaranjado vecino del norte. Si la transformación de la vida pública del país va en serio y tiene tiempo para cuajar, la labor reporteril cotidiana, el periodismo de investigación, la multiplicidad de puntos de vista producto de ver los mismos hechos desde diferentes ópticas, se prestigiarán y volverán indispensables, tendrán un desarrollo como no hemos visto en las últimas décadas, quizás desde la revolución, que tendrá que incluir certeza laboral, respeto profesional, ingresos dignos y actualización permanente. Y vaya que hace falta.

LOS AÑOS Y LOS DÍAS

Joaquín Córdova Rivas A veces hay que dejar pasar algunas conmemoraciones para que los temas se “enfríen” tantito, no porque dejen de tener importancia o se intente disminuir su impacto cotidiano, sino porque también hay que evaluar las reacciones —muchas irreflexivas, en automático— y rescatar lo más valioso. Son 100 días no cien años. Así comenzaba un análisis de ese número de jornadas que como número mágico quién sabe de dónde salió. En días un sexenio tiene 2,190. ¿Por qué menos de una vigésima parte va a ser indicadora de algo que ni se sabe, que está perdido en un futuro incierto? Lo más rescatable y que había mencionado en un texto anterior, el “pegamento” de esas ideologías contradictorias que llevaron al poder al presidente es la lucha contra la corrupción, que, junto con un gobierno austero, serán suficientes para cambiar el rumbo del país, al menos esa es su premisa básica: recursos sí hay, pero se los robaban. La duda que surge es si el neoliberalismo es viable sin corrupción, yo creo que no, y esa confrontación queda pendiente. Las mujeres y su día internacional, la conmemoración que interpela a todos saltándose la frontera de los géneros. Mucho análisis y poca voluntad. Hay avances, eso es innegable, pero han costado mucho y las reacciones en contra se vuelven violentas, allí están los feminicidios, las mujeres son violentadas en el espacio que debiera ser más seguro: el refugio familiar, lugar de supuesta convivencia pacífica aislado, en algo, de los otros que por lo mismo se vuelven incontrolables. Son violentadas por sus parejas que las sienten como propiedad, sujetas a un poder patriarcal, machista, sustentado por siglos de dominación ejercida a través de instituciones que predican la comprensión y la piedad como coartada para hacer lo contrario. Los hombres también mueren, pero mayoritariamente en espacios públicos y víctimas de otros como él, por motivos que poco tienen que ver con esa afectividad enfermiza que convierte a una persona en propiedad de otra. Allí están los datos, refregándonos en la cara una realidad que ya no se puede ocultar: «...a diferencia de los mecanismos de defensa inherentes en el ser humano, la violencia se aprende, tiene una intencionalidad y está tan normalizada en la sociedad “que se encuentra inserta en la publicidad, en el humor, en los memes y en diversos productos y programas que forman parte de nuestro día a día”. [...] “En el caso de la violencia de género, sobre todo hacia las mujeres, sabemos que se asume cultural y socialmente que está condición sexuada es inferior en capacidades, en aporte a la humanidad y hay que dar cuenta que estas violencias pueden ocurrir en la calle y en el espacio privado, dentro del hogar. Y que parece que el motor detrás es controlar a las mujeres, suprimir la libertad de decisión y acción”. ONU Mujeres estimó que de las 87 mil mujeres asesinadas en 2017, más de la mitad de los homicidios fueron perpetrados por las parejas sentimentales o los familiares.» http://www.gaceta.unam.mx/la-violencia-no-es-natural-se-aprende/ Tania Rocha Sánchez, profesora de la Facultad de Psicología de la UNAM entrevistada por: Magali Espinosa / Damián Mendoza, Nayeli Manuel UNAM Global. Mar 4, 2019 «Este sistema es complejo y difícil de erradicar, y no ocurrirá sólo por medio de leyes y reglamentos o políticas públicas, se requiere además de cambios culturales en cuanto al significado que tiene lo femenino y lo masculino, y cómo se traduce en prácticas sociales. [...] Un rezago a superar es la división sexual del trabajo, porque ellas se incorporaron al empleo formal, pero los varones no se integraron a las tareas del hogar, del cuidado y responsabilidad familiares, “y ahí viene el concepto de la jornada doble y hasta triple para las mujeres”. [...] las labores que hacen ellas en sus casas supera el valor económico y es imposible valorizarlo en dinero, “porque no puede ponerse precio al cuidado de los hijos, al apoyo emocional, sentimental y de cuidados que dan”.» Pero el control se cuela hasta en lo más sensible y cotidiano «Patricia Castañeda Salgado, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH), indicó que los estereotipos de género son un tipo de violencia. En general se trata de “una imagen fija y al mismo tiempo prefijada; es una manipulación de la realidad que genera una idea que no se cuestiona”. Es un ideal aspiracional que, en el caso de ellas, consiste en ser delgadas, de cabellos largos y, de preferencia, blancas o rubias. Eso conduce a que, a veces, las personas que no responden a ese modelo sean violentadas o se violenten a sí mismas.» http://www.gaceta.unam.mx/persiste-la-desigualdad-entre-hombres-y-mujeres/ Laura Romero / Guadalupe Lugo. Mar 7, 2019 Parece que no hay para donde hacerse, además de la violencia en la familia, en el noviazgo, en las relaciones de pareja en general, la corrupción y el crimen organizado tienen como víctimas preferidas a las mujeres, la cosificación lleva a verlas como simples mercancías en un mercado que parece no tener límites, allí también la educación, escolarizada o informal, tiene mucho qué hacer: sin demanda la oferta se cae. Mientras, hay mecanismos alternos, con las becas para educarse y capacitarse muchas jóvenes podrán tener algo de independencia económica, por lo menos no ser percibidas como una carga a la economía familiar que no valora el trabajo doméstico ni el cuidado de los demás, su permanencia en la escuela y su avance académico servirá para empoderarlas en un contexto sensible a ese tipo de argumentos. Hay muchas cosas por hacer y por cambiar, el entorno parece favorable a pesar de la resurrección de grupos conservadores que, hipócritamente, llaman a la paz utilizando la violencia.

EJEMPLOS CERCANOS

Joaquín Córdova Rivas Los recuerdos no traicionan, si acaso los acomodamos a nuestra conveniencia, los actualizamos queriendo respetar su esencia o les ponemos una capa de olvido cuando nos lastiman y queremos callarlos. Dicen algunos estudiosos de la mente —esa cosa inatrapable que pretendemos conocer ignorándola cada vez más— que todo lo vivido se guarda, pero no todo se recuerda o vuelve consciente; que nuestra memoria es selectiva y podemos ejercer la capacidad de resignificar nuestro pasado para explicarnos el presente. Quizás eso sirva para entendernos, para deshacernos de la pesada carga de los errores, para traer lo necesario que nos permita vivir de forma satisfactoria y hasta con cierto grado de paz o felicidad. En lo colectivo este proceso es más tardado y complejo, según lo que somos y queremos ser enfatizamos y engrandecemos ciertas partes de la historia, otras las condenamos al ostracismo o las ponemos como ejemplo de lo que no se debe de volver a hacer. En ese jaloneo estamos. Unos insistiendo que la historia es lineal y tiene punto de llegada ineludible, ese “fin de la historia” que pregonara el neoliberalismo a través de Francis Fukuyama «Lo que podríamos estar presenciando no sólo es el fin de la guerra fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano.[...] porque el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas y de la conciencia, y su victoria todavía es incompleta en el mundo real o material. Pero hay razones importantes para creer que éste es el ideal que “a la larga” se impondrá en el mundo material.» Otros, recuperando la historia propia en un intento de usarla como palanca de cambios que se vuelven inaplazables porque el actual estado de cosas ya reventó dejando millones de víctimas en su camino. Con la crisis del sistema educativo escolarizado y los pésimos ejemplos y manipulaciones que durante décadas nos aplicó la educación informal —los privatizados medios de comunicación masiva, la “normalizada” relación perversa entre crimen y poder político y económico, el uso corrupto del lenguaje para encubrir que se hacía lo contrario de lo que se decía—, se ve cuesta arriba apelar a principios y valores de etapas históricas que se sienten lejanos e ignorados, como la Independencia, la Reforma y la Revolución. Recordamos situaciones y personas, pretendemos evitar caer en lo que antes nos hizo sentir mal, también revivimos a quienes que nos sirven de guía ante situaciones cambiantes y el torrente de datos cotidianos —confusos y contradictorios— a los que estamos cada vez más expuestos. Uno de esos personajes, imprescindibles para entender la historia de México, incluso la reciente, es el Ing. Heberto Castillo Martínez, de quien se recordó el 22 aniversario de su fallecimiento ocurrido el 5 de abril de 1997. Según consignan investigadores como Ana Katia Cárdenas Gutiérrez/ Eusebio Cárdenas Gutiérrez: «En México, en sus propias palabras, su generación había recibido como herencia tres procesos revolucionarios fundamentales: el de la guerra de independencia de 1810, la guerra de reforma de 1857 y la revolución de 1910. No obstante los propósitos de justicia y equidad de las tres, sólo con Emiliano Zapata en la última de ellas, las clases más humildes del país son reivindicadas en sus aspiraciones y sólo también, en el régimen de Lázaro Cárdenas, estas reivindicaciones se vuelven gobierno. Sin embargo, después del general, los gobernantes practicaron una política contra las clases populares, en favor de los intereses extranjeros, donde la corrupción gubernamental se institucionalizó, así como la mediatización de las organizaciones de trabajadores que junto con la represión florecieron en todo el período posrevolucionario. Desde este momento se advierte la toma de posición de Castillo en favor de la población de menores recursos. Las revoluciones son vistas como movimientos surgidos de la necesidad de resolver las carencias de los más pobres y catalizadas por la participación de quienes como Hidalgo, Juárez, Madero entendían los mecanismos injustos del sistema y promovían su cambio. Aquí se prefigura la acción que a lo largo de su vida llevaría.» https://www.ensayistas.org/critica/generales/C-H/mexico/castillo.htm Allí ya estaban las tres transformaciones del discurso lopezobradorista, como muestra de que la Historia —con mayúsculas— necesita de rompimientos para avanzar a otra etapa. Hace dos años escribimos: «el 5 de abril de hace veinte años, moría, a los 68 años, el ingeniero Heberto Castillo Martínez, inventor, dirigente magisterial universitario, catedrático de la UNAM, creador, junto con personajes destacados como Carlos Fuentes, Luis Villoro, Octavio Paz, Demetrio Vallejo, Eduardo Valle “el Búho” y otros dirigentes del movimiento estudiantil del 68, el Partido Mexicano de los Trabajadores. Algunos persistieron toda su vida en tratar de organizar una fuerza política que se opusiera a las trapacerías del PRI y del sistema de complicidades que le dan origen y razón de ser. Heberto lo hizo desde la academia, a nivel de calle —durmiendo en el piso de plazas o centrales de autobuses cuando no había todavía simpatizantes que cedieran un espacio en algún cuarto o aula de escuela—, con su participación como articulista en diversos medios de comunicación, en el Congreso desde la tribuna o la comisión de ciencia y tecnología que se fundara por su insistencia, o como integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación que se integrara para conocer y proponer sobre la rebelión zapatista de 1994.» Es Heberto uno de los ejemplos que podemos recuperar, evitar que la historia oficial lo condene al olvido puesto que sus ideas y luchas siguen vigentes e inconclusas; si se habla de personajes incorruptibles y multifacéticos, aquí hay mucho de quien aprender.

CALIFICANDO ANDO

CALIFICANDO ANDO Joaquín Córdova Rivas Anuncian el apocalipsis financiero cuando este ya ocurrió y se hicieron tarugos. Aun así, conviene saber quiénes son los que tan insistentemente quieren “calificar” a las empresas y, peor aún, a los países para determinar si son sujetos de crédito y a qué tasas de interés. Supongamos que a cualquiera le sobra el dinero suficiente como para “invertir” en algo que le dé ganancias en un plazo razonable, porque eso de tener el dinero debajo del colchón, o escondido en una maceta, o debajo de un frondoso árbol de la huerta familiar, ya no es costumbre desde el sitio de Querétaro en 1867 donde, cuentan las leyendas, se “perdieron” cuantiosas cantidades de metales preciosos, joyas, monedas y demás, que fueran “recuperadas” años más tarde con el pretexto de la modernización o urbanización del centro histórico de la capital del estado. Pero nos estamos perdiendo, esas cantidades que manejan los simples mortales no se comparan con lo que manejan las empresas inversoras que mueven miles de millones de dólares —cuya existencia y valor es más virtual que real— con la tecla de una computadora, y que para “vender” títulos o deuda requieren que “alguien”, supuestamente independiente y con una metodología a prueba de riesgos, “califique” a quien está pidiendo un préstamo hipotecario, o conseguir capital para seguir creciendo o para cualquier actividad supuestamente productiva. Con ese pretexto y después de la experiencia reconstructora de las dos guerras mundiales, nacen las “calificadoras de riesgo”. Esas empresas que construyen un “rating” que va de AAA a la E para guiar las inversiones de los grandes capitales que quieren invertir con las mayores ganancias posibles minimizando los riesgos de una falta de pago. «Las calificadoras de riesgo son sociedades anónimas constituidas con el objetivo exclusivo de calificar valores mobiliarios y otros riesgos (bonos soberanos, empresas, etc.) Esta figura se introdujo en el mercado de capitales con el objetivo de facilitar la toma de decisiones por parte de los inversores. Una degradación del rating suele suponer una disminución de la confianza de los inversores y, por tanto, se traduce en un incremento de los costes financieros: es decir aumentará tanto la rentabilidad que exige el mercado para colocar una emisión de deuda como el interés a pagar en el caso de solicitar un crédito.» http://www.enqueinvertir.com/calificadoras-de-riesgo.php Hasta aquí la teoría. En la realidad esas “calificadoras” se sienten como necesarias por que nuestros vecinos del norte aprovecharon las guerras para “prestar” miles de millones de dólares que no tenían respaldo en oro como se hacía antes —es decir, prestaron dólares que solo valían lo que el papel en que estaban impresos—, por lo que ahora todo depende de fórmulas matemáticas que buscan lo imposible: adivinar el futuro y determinar si alguien que recibe un préstamo tendrá la capacidad de pagarlo en el tiempo estipulado a la vez que cumple con los intereses generados durante el plazo de la deuda. Pero ni eso hacen bien porque las calificadoras tienen sus consentidos, aunque estos, ni apegándose a la más estricta lógica financiera neoliberal, puedan pagar sus deudas y siguen pidiendo préstamos para, apenas, solventar los intereses, por ejemplo «Japón y Estados Unidos son países clave para entender la extorsión financiera. Ambos países tienen deudas mayores a los de su PIB nominal. Japón (274% de su PIB) y Estados Unidos (108% de su PIB). Sin embargo, por razones de geopolítica financiera, tienen las más altas calificaciones aun cuando no pueden honrar sus compromisos externos. La hipocresía en este sentido nunca está en riesgo de default. [...] Cuando Estados Unidos cayó en recesión durante 2008, las acciones inmobiliarias de Lehman Brothers tenían calificación AAA. Durante la corrida bancaria se demostró que dichas acciones eran activos basura, no valían nada en la economía real. Pura especulación bancaria. Ese dato histórico y económico desacreditó aún más las actividades de estas agencias, las cuales revalorizan activos del corretaje malsano e irracional con el único objetivo de fortalecer un prestigio ilusorio de las potencias económicas que se encuentran en profunda debacle. La manipulación tiene calificación AAA.» http://misionverdad.com/trama-global/que-son-las-calificadoras-de-riesgo Ni qué decir de países que buscan un modelo económico diferente, menos inequitativo, corrupto y depredador, esos, aunque sean buenos pagadores porque nunca han caído en moratoria y tienen recursos más que suficientes para pagar si se les ocurriera pedir un préstamo, son “castigados” con calificaciones bajas en su “rating”, como Bolivia, Venezuela y ahora México, que ya anunció que evitando las increíbles pérdidas por corrupción no buscará seguirse endeudando y solo pagará lo ya contratado. ¿Datos? «Bolivia desde que Evo es presidente ha aplicado un plan de nacionalizaciones y expropiaciones en el ámbito bancario y estratégico. La expansión de estas ramas productivas aumenta, obviamente, los apetitos transnacionales de inversión y financiación de dichos proyectos. Las calificadoras de riesgo, en aras de implantar temor en las transnacionales, le han colocado a este país calificación de CCC donde los activos nacionales son altamente especulativos y hay poca probabilidad de pago. Es parte de la guerra global por conseguir forzosamente contracciones económicas en países antiimperialistas. [...] Venezuela ha tenido, a lo largo de estos 15 años, un sostenido flujo de divisas. Posee una deuda muy inferior al total de su PIB (42%) y cumple al pie de la letra todos sus compromisos internacionales (importaciones, pagos de bonos emitidos por la República, etc.). Tiene también un gasto interno que le permite mantener un crecimiento económico sostenido. Sin embargo, las calificadoras de riesgo dotan a Venezuela de calificación CC, es decir, riesgo económico de no pagar lo que debe.» Contradictorio si se considera que tiene las reservas de petróleo más grandes del planeta. En fin, para justificar las metidas de pata o los simples resbalones ideológicos con que funcionan estas agencias disque independientes, se argumenta que no investigan ni castigan la corrupción y por eso otorgaban calificaciones altas en los sexenios anteriores, ahora que esta tendrá que bajar para liberar recursos para el desarrollo, no les gusta que no se pidan más préstamos y se ponen a amenazar aprovechando la ignorancia que existe sobre su funcionamiento e intención. Habría que preguntarles ¿cuál es su calidad ética para pretender calificar a empresas y países ajenos a los suyos? Porque es conocido que «No sólo el FMI y el Banco Mundial son los estamentos que rigen a las calificadoras, sino también una asociación de banqueros y de fondos de inversión de alto riesgo están detrás de estas agencias. Goldman Sachs, Deutsche Bank, JP Morgan, Bank of America, Citizens Financial Group, Citi Group, son grandes bancos asociados a las calificadoras, así como los fondos de inversión SAC Capital Advisors y Soros Fund Management.» http://misionverdad.com/trama-global/que-son-las-calificadoras-de-riesgo