Despacio que llevo prisa. Quién sabe quién lo diría, pero no erraba en advertir que a las cosas que urgen también hay que darles tiempo para que maduren, que cuando algo se hace al aventón, con el pretexto de la premura, se tardan más porque, frecuentemente, hay que regresarse para corregirlas. Pero no solo se pierde tiempo, hay que agregar la desconfianza que produce algo mal hecho, la pérdida de energía, el desencanto.
Así está nuestra manoseada reforma educativa. Y es que en principio se “olvidó” el detalle más importante, que cualquier cambio de ese tamaño necesariamente involucra al verbo convencer.
Nadie se ha tomado la molestia de convencer a los maestros de la pertinencia de los cambios propuestos, no solo en los contenidos de las materias, en su organización, en su fallida integración en un nivel ─el de educación básica─ y en el amontonamiento de programas, en la implementación de la obligatoriedad de la educación media superior ─preparatoria o bachillerato─, también en la elección del modelo de “competencias”, que muestra graves carencias teóricas y que se presume, falsamente, como ideológicamente neutro. Y no es que los maestros se resistan nada más por molestar, si no que la falta de convicción lleva a “traducir” lo nuevo para meterlo en los moldes viejos. Es decir, cambia en algo el lenguaje pedagógico, pero las prácticas en el aula siguen siendo las mismas y hasta peor, terminan revolcadas. Lo que sí se incrementa hasta la asfixia es el trabajo administrativo con el pretexto de medirlo todo, controlarlo todo, de asegurar una “calidad” importada del lenguaje empresarial y que poco tiene que ver con un contexto educativo.
La uniformidad es otro factor que se quiere hacer pasar como deseable. Al contrario de lo que recomiendan otras reformas educativas aparentemente exitosas, que buscan alimentarse de la diversidad y que la promueven, aquí buscamos que todos los maestros hagan lo mismo, vean los mismos contenidos, en el mismo orden, evalúen de la misma forma y propongan las mismas actividades obteniendo los mismos resultados. Por eso el afán de estandarizar las planeaciones, para facilitar, de rebote, el control de directivos que carecen de conocimiento pedagógico y de contenido de las materias, pero que son buenos para “palomear” listas de cotejo.
Esta esquizofrenia educativa se resuelve fácilmente mediante el uso abusivo de libros de texto que, como complejas recetas, pretenden elaborar productos de alta cocina sin más ingredientes, recursos ni conocimientos que las hojas en que están impresos. Un negociazo para los nuevos mercaderes de la educación y una manera subrepticia de privatizarla.
Y aquí reside otro problema mayor, no solo educa la escuela, también los medios de comunicación, también las familias integradas o no, también las cúpulas eclesiásticas y empresariales, también los partidos políticos y las instituciones públicas. Pero la reforma solo se refiere a la escuela, exentando de responsabilidad al resto de los personajes.
Lo publicó Fabrizio Andraella ─http://www.jornada.unam.mx/2013/02/10/sem-fabrizio.html─ apenas el pasado 10 de febrero: “A lo largo de la historia, los sujetos encargados de educar a las nuevas generaciones han sido los padres, los sabios, los gurús, los eclesiásticos, los filósofos y los preceptores. Ahora, los maestros son reemplazados por los programas televisivos y los sitios web. Esta aseveración aparentemente exagerada e inverosímil se sustenta en el simple hecho de que el único conocimiento que nos moldea y nos acompaña por mucho tiempo es el conocimiento que nos fascina. Por eso el maestro verdadero es quien sabe despertar y alimentar la pasión. El conocimiento se filtra en el alma solamente a través de la seducción, y hoy en día el adolescente encuentra al seductor de su intelecto más en las tardes frente a las pantallas que en las mañanas frente a las pizarras”.
Es que las palabras pasión y seducción están prohibidas en nuestras aulas, pareciera que el aprendizaje no tiene nada que ver con los sentimientos y emociones, con la curiosidad y la fascinación. Ya no somos educadores, nos hemos quedado como simples administradores de programas y contenidos que nos son completamente ajenos y peor, nos son indiferentes. Y eso lo están aprovechando unos medios de comunicación que producen telebasura.
No es teoría, es la constatación cotidiana de una devastación mental: “No es difícil imaginar cuál es el papel de la televisión en esta envilecida desviación de la curiosidad hacia lo inútil. Puedo afirmarlo con amarga certeza, ya que tengo frente a los ojos las ruinas morales y los escombros antropológicos de veinte años de televisión italiana sometida al dominador de la política de mi país. Los italianos hemos comido felizmente la basura mediática vomitada en nuestros hogares: barata, alegre, sexy, americanizada. Así, los valores inyectados en nuestro cerebro han destruido todos los elementos comunitarios, depositando en los corazones y en las cabezas solamente aspiraciones individuales”. Nuestro duopolio televisivo y sus tentáculos en el resto de los medios de comunicación no se salvan, ni tantito, de esa crítica, por eso buscan desviar la atención hacia temas que son importantes, pero no los únicos, ya hasta se ampararon a nombre de un interés general del que carecen pero pretenden enarbolar. Todo para que nadie se fije en las distorsiones educativas que producen, intencionalmente o no.
No es mala idea presionar para que la reforma educativa, una en serio, incluyente y convincente, incluya a los medios de comunicación, finalmente son concesionarios que deben cumplir con un fin social que insisten en ignorar, para privilegiar sus intereses.
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viernes, 15 de febrero de 2013
EDUCACIÓN FRUSTRADA
Despacio que llevo prisa. Quién sabe quién lo diría, pero no erraba en advertir que a las cosas que urgen también hay que darles tiempo para que maduren, que cuando algo se hace al aventón, con el pretexto de la premura, se tardan más porque, frecuentemente, hay que regresarse para corregirlas. Pero no solo se pierde tiempo, hay que agregar la desconfianza que produce algo mal hecho, la pérdida de energía, el desencanto.
Así está nuestra manoseada reforma educativa. Y es que en principio se “olvidó” el detalle más importante, que cualquier cambio de ese tamaño necesariamente involucra al verbo convencer.
Nadie se ha tomado la molestia de convencer a los maestros de la pertinencia de los cambios propuestos, no solo en los contenidos de las materias, en su organización, en su fallida integración en un nivel ─el de educación básica─ y en el amontonamiento de programas, en la implementación de la obligatoriedad de la educación media superior ─preparatoria o bachillerato─, también en la elección del modelo de “competencias”, que muestra graves carencias teóricas y que se presume, falsamente, como ideológicamente neutro. Y no es que los maestros se resistan nada más por molestar, si no que la falta de convicción lleva a “traducir” lo nuevo para meterlo en los moldes viejos. Es decir, cambia en algo el lenguaje pedagógico, pero las prácticas en el aula siguen siendo las mismas y hasta peor, terminan revolcadas. Lo que sí se incrementa hasta la asfixia es el trabajo administrativo con el pretexto de medirlo todo, controlarlo todo, de asegurar una “calidad” importada del lenguaje empresarial y que poco tiene que ver con un contexto educativo.
La uniformidad es otro factor que se quiere hacer pasar como deseable. Al contrario de lo que recomiendan otras reformas educativas aparentemente exitosas, que buscan alimentarse de la diversidad y que la promueven, aquí buscamos que todos los maestros hagan lo mismo, vean los mismos contenidos, en el mismo orden, evalúen de la misma forma y propongan las mismas actividades obteniendo los mismos resultados. Por eso el afán de estandarizar las planeaciones, para facilitar, de rebote, el control de directivos que carecen de conocimiento pedagógico y de contenido de las materias, pero que son buenos para “palomear” listas de cotejo.
Esta esquizofrenia educativa se resuelve fácilmente mediante el uso abusivo de libros de texto que, como complejas recetas, pretenden elaborar productos de alta cocina sin más ingredientes, recursos ni conocimientos que las hojas en que están impresos. Un negociazo para los nuevos mercaderes de la educación y una manera subrepticia de privatizarla.
Y aquí reside otro problema mayor, no solo educa la escuela, también los medios de comunicación, también las familias integradas o no, también las cúpulas eclesiásticas y empresariales, también los partidos políticos y las instituciones públicas. Pero la reforma solo se refiere a la escuela, exentando de responsabilidad al resto de los personajes.
Lo publicó Fabrizio Andraella ─http://www.jornada.unam.mx/2013/02/10/sem-fabrizio.html─ apenas el pasado 10 de febrero: “A lo largo de la historia, los sujetos encargados de educar a las nuevas generaciones han sido los padres, los sabios, los gurús, los eclesiásticos, los filósofos y los preceptores. Ahora, los maestros son reemplazados por los programas televisivos y los sitios web. Esta aseveración aparentemente exagerada e inverosímil se sustenta en el simple hecho de que el único conocimiento que nos moldea y nos acompaña por mucho tiempo es el conocimiento que nos fascina. Por eso el maestro verdadero es quien sabe despertar y alimentar la pasión. El conocimiento se filtra en el alma solamente a través de la seducción, y hoy en día el adolescente encuentra al seductor de su intelecto más en las tardes frente a las pantallas que en las mañanas frente a las pizarras”.
Es que las palabras pasión y seducción están prohibidas en nuestras aulas, pareciera que el aprendizaje no tiene nada que ver con los sentimientos y emociones, con la curiosidad y la fascinación. Ya no somos educadores, nos hemos quedado como simples administradores de programas y contenidos que nos son completamente ajenos y peor, nos son indiferentes. Y eso lo están aprovechando unos medios de comunicación que producen telebasura.
No es teoría, es la constatación cotidiana de una devastación mental: “No es difícil imaginar cuál es el papel de la televisión en esta envilecida desviación de la curiosidad hacia lo inútil. Puedo afirmarlo con amarga certeza, ya que tengo frente a los ojos las ruinas morales y los escombros antropológicos de veinte años de televisión italiana sometida al dominador de la política de mi país. Los italianos hemos comido felizmente la basura mediática vomitada en nuestros hogares: barata, alegre, sexy, americanizada. Así, los valores inyectados en nuestro cerebro han destruido todos los elementos comunitarios, depositando en los corazones y en las cabezas solamente aspiraciones individuales”. Nuestro duopolio televisivo y sus tentáculos en el resto de los medios de comunicación no se salvan, ni tantito, de esa crítica, por eso buscan desviar la atención hacia temas que son importantes, pero no los únicos, ya hasta se ampararon a nombre de un interés general del que carecen pero pretenden enarbolar. Todo para que nadie se fije en las distorsiones educativas que producen, intencionalmente o no.
No es mala idea presionar para que la reforma educativa, una en serio, incluyente y convincente, incluya a los medios de comunicación, finalmente son concesionarios que deben cumplir con un fin social que insisten en ignorar, para privilegiar sus intereses.
viernes, 25 de noviembre de 2011
CONSTRUIR CIUDADANÍA
“… educar es construir ciudadanía. Es perseguir la utopía de siempre. La utopía de la libertad y del combate a la desigualdad y la injusticia. La del respeto y el aprecio por los demás. La del servicio a los otros, en particular a los que menos tienen y más requieren. La de la dignidad humana que cubra a todos.” José Narro Robles, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, 17 de Noviembre del 2011.
Encontrar una forma de interpretar los sucesos no es fácil. Explicarse lo sucedido en la elección de Rector en la Universidad Autónoma de Querétaro cuyo proceso evitó en último momento el desbarrancamiento; entender lo que pasa en la definición de las candidaturas presidenciales de los partidos políticos con miras el 2012; hurgar el motivo detrás de la tendencia penalizadora y no preventiva de los delitos que priva en el poder ejecutivo queretano, con la sumisión correspondiente del legislativo; evitar que sucedan cosas como el conflicto del consejero electoral Juaristi del Instituto Electoral de Querétaro; saber lo que ocurre detrás de la debacle educativa mexicana y de los fallidos intentos reformistas con su cauda de reprobados, desertores y ninis; descifrar la locochona propuesta de la república amorosa. Todo ese enredo y más se podría descifrar si fuéramos verdaderos ciudadanos y no simples portadores de une credencial de elector y de opiniones fragmentadas y superficiales.
Por eso, como dice el rector de la UNAM, nos falta construir ciudadanía, trascender la simple asistencia a unas aulas abarrotadas y más o menos equipadas, capacitar a profesores que han permitido se les expropie su papel de líderes comunitarios para convertirse en servidores de maquinarias electorales perversas, o en simples correas de transmisión de saberes simulados y “competencias” meramente instrumentales y carentes de contenido teórico que les den congruencia y futuro.
La educación sigue siendo prioridad, pero no cualquier educación, no la consumista que promueven los medios de comunicación, no la que se disfraza de crítica y reflexiva para promover el conformismo y la pasividad, no la que privilegia los resultados estadísticos en lugar de los contenidos éticos. De la misma UNAM, el Instituto de Investigaciones Filológicas revela que: “Aunque es difícil hacer un cálculo preciso sobre la cantidad (de palabras que conoce y utiliza) un estudiante de nivel medio, contamos con datos que fluctúan entre 300 y mil 500 palabras, aunque hay que distinguir entre el número de voces que se emplean y el conocimiento pasivo de las mismas. En el caso de hablantes cultos, por ejemplo, los trabajos tradicionales de léxico señalan que suelen emplear alrededor de cinco mil vocablos, aunque su conocimiento pasivo sea de 10 mil ó 12 mil”, lo que revela que los programas de promoción de la lectura en realidad la desalientan, parece que se trata de que los mismos niños y jóvenes renuncien a sus capacidad para comprender el universo simbólico que hemos construido, este mismo texto está constituido por símbolos que muchos logran “leer” pero no comprenden.
Lo “cientificista”, que no científico, le ha estado ganando terreno a las otras formas de entender el mundo, de aprehenderlo y aprenderlo, por eso resulta conveniente conocer puntos de vista como los del Dr. José Narro o de investigadoras como Laura Frade (Los nudos existentes en la evaluación por competencias desde una visión del pensamiento complejo. Antología - 5º Congreso Nacional de Educación http://www.snte.org.mx/?P=articulo&Article=1343), del primero podemos rescatar otra cita: “La auténtica función de las universidades trasciende a la de transmitir y generar conocimiento. El verdadero propósito tiene que ver con la vida en sociedad. Con la creación de modelos al respecto. Con la formación de ciudadanos libres, con conciencia colectiva, capaces de valorar principios éticos y la vida en sociedad. Atentos al cumplimiento de los marcos legales y de sus propias obligaciones. Aptos para la democracia, respetuosos de los derechos de los demás y competentes para exigir el cumplimiento de los propios”; de la segunda: “…una competencia no es sólo un acto racional es también un acto afectivo puesto que hoy se sabe que la emoción es la base del pensamiento y del comportamiento, aquel que puede responder frente a las demandas o problemas que enfrentamos y a su vez los resuelve, incluye un proceso que inicia por el interés y la motivación en los que regula los sentimientos que emergen durante el proceso de ejecución hasta llegar a la meta deseada. Más aún, la falta de emoción en la resolución de demandas es tan dañina para el sujeto como el exceso de ellas al actuar, así si la persona no se emociona por lo que observa, pues no lo hace, no se interesa o su participación disminuye, pero también si sigue sus impulsos sin control puede llegar a matar a alguien”, o robar, o extorsionar, o secuestrar, o justificar todo lo anterior. Pero también se necesita “un criterio de adecuación entre lo que hace el sujeto para resolver lo que enfrenta y lo que la sociedad y su cultura necesita y acepta como éticamente válido. Es decir que no todo lo que se hace resulta en un comportamiento competente por más que el sujeto que lo despliegue logre los resultados a los que aspira, de ahí que la competencia también sea un asunto cultural”.
En resumen, no basta con atenerse a los contenidos académicos de un plan de estudios o al diseño perfecto de proyectos a realizar en el aula, el alma educativa está también en las motivaciones, en las actitudes, en los valores, en la construcción de una ciudadanía plena que no evada lo emotivo y ético, que no acepte simulaciones, que no olvide las utopías.
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