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sábado, 4 de mayo de 2019
EJEMPLOS CERCANOS
Joaquín Córdova Rivas
Los recuerdos no traicionan, si acaso los acomodamos a nuestra conveniencia, los actualizamos queriendo respetar su esencia o les ponemos una capa de olvido cuando nos lastiman y queremos callarlos. Dicen algunos estudiosos de la mente —esa cosa inatrapable que pretendemos conocer ignorándola cada vez más— que todo lo vivido se guarda, pero no todo se recuerda o vuelve consciente; que nuestra memoria es selectiva y podemos ejercer la capacidad de resignificar nuestro pasado para explicarnos el presente. Quizás eso sirva para entendernos, para deshacernos de la pesada carga de los errores, para traer lo necesario que nos permita vivir de forma satisfactoria y hasta con cierto grado de paz o felicidad.
En lo colectivo este proceso es más tardado y complejo, según lo que somos y queremos ser enfatizamos y engrandecemos ciertas partes de la historia, otras las condenamos al ostracismo o las ponemos como ejemplo de lo que no se debe de volver a hacer. En ese jaloneo estamos.
Unos insistiendo que la historia es lineal y tiene punto de llegada ineludible, ese “fin de la historia” que pregonara el neoliberalismo a través de Francis Fukuyama «Lo que podríamos estar presenciando no sólo es el fin de la guerra fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano.[...] porque el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas y de la conciencia, y su victoria todavía es incompleta en el mundo real o material. Pero hay razones importantes para creer que éste es el ideal que “a la larga” se impondrá en el mundo material.»
Otros, recuperando la historia propia en un intento de usarla como palanca de cambios que se vuelven inaplazables porque el actual estado de cosas ya reventó dejando millones de víctimas en su camino.
Con la crisis del sistema educativo escolarizado y los pésimos ejemplos y manipulaciones que durante décadas nos aplicó la educación informal —los privatizados medios de comunicación masiva, la “normalizada” relación perversa entre crimen y poder político y económico, el uso corrupto del lenguaje para encubrir que se hacía lo contrario de lo que se decía—, se ve cuesta arriba apelar a principios y valores de etapas históricas que se sienten lejanos e ignorados, como la Independencia, la Reforma y la Revolución.
Recordamos situaciones y personas, pretendemos evitar caer en lo que antes nos hizo sentir mal, también revivimos a quienes que nos sirven de guía ante situaciones cambiantes y el torrente de datos cotidianos —confusos y contradictorios— a los que estamos cada vez más expuestos.
Uno de esos personajes, imprescindibles para entender la historia de México, incluso la reciente, es el Ing. Heberto Castillo Martínez, de quien se recordó el 22 aniversario de su fallecimiento ocurrido el 5 de abril de 1997.
Según consignan investigadores como Ana Katia Cárdenas Gutiérrez/
Eusebio Cárdenas Gutiérrez: «En México, en sus propias palabras, su generación había recibido como herencia tres procesos revolucionarios fundamentales: el de la guerra de independencia de 1810, la guerra de reforma de 1857 y la revolución de 1910. No obstante los propósitos de justicia y equidad de las tres, sólo con Emiliano Zapata en la última de ellas, las clases más humildes del país son reivindicadas en sus aspiraciones y sólo también, en el régimen de Lázaro Cárdenas, estas reivindicaciones se vuelven gobierno. Sin embargo, después del general, los gobernantes practicaron una política contra las clases populares, en favor de los intereses extranjeros, donde la corrupción gubernamental se institucionalizó, así como la mediatización de las organizaciones de trabajadores que junto con la represión florecieron en todo el período posrevolucionario. Desde este momento se advierte la toma de posición de Castillo en favor de la población de menores recursos. Las revoluciones son vistas como movimientos surgidos de la necesidad de resolver las carencias de los más pobres y catalizadas por la participación de quienes como Hidalgo, Juárez, Madero entendían los mecanismos injustos del sistema y promovían su cambio. Aquí se prefigura la acción que a lo largo de su vida llevaría.» https://www.ensayistas.org/critica/generales/C-H/mexico/castillo.htm
Allí ya estaban las tres transformaciones del discurso lopezobradorista, como muestra de que la Historia —con mayúsculas— necesita de rompimientos para avanzar a otra etapa.
Hace dos años escribimos: «el 5 de abril de hace veinte años, moría, a los 68 años, el ingeniero Heberto Castillo Martínez, inventor, dirigente magisterial universitario, catedrático de la UNAM, creador, junto con personajes destacados como Carlos Fuentes, Luis Villoro, Octavio Paz, Demetrio Vallejo, Eduardo Valle “el Búho” y otros dirigentes del movimiento estudiantil del 68, el Partido Mexicano de los Trabajadores. Algunos persistieron toda su vida en tratar de organizar una fuerza política que se opusiera a las trapacerías del PRI y del sistema de complicidades que le dan origen y razón de ser. Heberto lo hizo desde la academia, a nivel de calle —durmiendo en el piso de plazas o centrales de autobuses cuando no había todavía simpatizantes que cedieran un espacio en algún cuarto o aula de escuela—, con su participación como articulista en diversos medios de comunicación, en el Congreso desde la tribuna o la comisión de ciencia y tecnología que se fundara por su insistencia, o como integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación que se integrara para conocer y proponer sobre la rebelión zapatista de 1994.»
Es Heberto uno de los ejemplos que podemos recuperar, evitar que la historia oficial lo condene al olvido puesto que sus ideas y luchas siguen vigentes e inconclusas; si se habla de personajes incorruptibles y multifacéticos, aquí hay mucho de quien aprender.
sábado, 20 de mayo de 2017
HACER LLOVER EN EL DESIERTO
Joaquín Córdova Rivas
Hay generaciones que acarician sus utopías, que sienten que las tienen al alcance de la mano y se empeñan en vivir de acuerdo con las mismas, hay otras que simplemente renuncian a sus sueños y se van al carajo.
Nuestra llamada “generación del 68” ha sido la última de las primeras que mencionamos, al menos algunos de sus dirigentes más conocidos lo fueron por ser congruentes, por hacer y decir lo que pensaban y deseaban para ellos y para todos, por eso conviene recordar —que, como decía Eduardo Galeano, es volver a pasar por el corazón— que el 5 de abril de hace veinte años, moría, a los 68 años de edad, el ingeniero Heberto Castillo Martínez, inventor, dirigente magisterial universitario, catedrático de la UNAM, creador, junto con personajes destacados como Carlos Fuentes, Luis Villoro, Octavio Paz, Demetrio Vallejo, Eduardo Valle “el Búho” y otros dirigentes del movimiento estudiantil del 68, el Partido Mexicano de los Trabajadores. Algunos persistieron toda su vida en tratar de organizar una fuerza política que se opusiera a las trapacerías del PRI y del sistema de complicidades que le dan origen y razón de ser. Heberto lo hizo desde la academia, a nivel de calle —durmiendo en el piso de plazas o centrales de autobuses cuando no había todavía simpatizantes que cedieran un espacio en algún cuarto o aula de escuela—, con su participación como articulista en diversos medios de comunicación, en el Congreso desde la tribuna o la comisión de ciencia y tecnología que se fundara por su insistencia, o como integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación que se integrara para conocer y proponer sobre la rebelión zapatista de 1994.
Inventó la tridilosa: «Su objetivo era utilizar la menor cantidad de material posible para la construcción de losas. Al conjuntar un racionado diseño de construcción con estructuras tridimensionales de acero y concreto, ahorró un aproximado de 66% de material que se utilizaba para rellenar las losas. Sólo recubrió de cemento la zona de tensión y la capa superior de las losas obteniendo la misma resistencia, pero más barata y ligera.»
«La tridilosa sirve no sólo para hacer techos y puentes ultralivianos, sino también muelles flotantes y hasta pangas, como las 40 que navegan desde hace años en Campeche. En Nicaragua, Heberto Castillo construyó un puente por el que pasan camiones y que, sin embargo, puede ser levantado por dos hombres, uno a cada extremo.»
«La invención fue utilizada en más de 200 puentes en México, en el World Trade Center del Distrito Federal, la Torre Chapultepec, Centro Médico Siglo XXI, Plaza Cuauhtémoc, Plaza Tabasco 2000, Hotel Morelia Misión y en el edificio Biosfera 2 (Arizona, EE. UU.). En México hay casi un millón de metros cuadrados construidos con el invento de Heberto Castillo, según datos del Colegio de Ingenieros Arquitectos del Estado de Hidalgo.» http://conacytprensa.mx/index.php/anecdotas-cientificas/473-heberto-castillo-martinez-la-tridilosa-y-un-camion-de-50-toneladas
La muerte lo sorprendió imaginando y trabajando por un país diferente, así se opuso con argumentos técnicos a la falsa separación entre petroquímica básica y secundaria, introducida mañosamente en la constitución para permitir las privatizaciones y el debilitamiento de PEMEX, a la vez que exhibía a su corrupta dirigencia sindical: «el debate sobre cuáles productos deben ser considerados petroquímicos básicos y cuáles secundarios, es un debate falso. La decisión “técnica” depende del criterio político-económico del presidente de la República en turno. Es natural, entonces, que en una era de gobiernos privatizados o neoliberales, no haya productos básicos y se llegue al absurdo de considerar petroquímicos a las materias primas. Es equivalente a considerar como muebles a los árboles y como edificios al acero, el cemento, la arena y la grava. El debate que no dieron los diputados y que debe darse en el Senado y en el país es si la privatización de 49 de las plantas petroquímicas existentes y de 100 en las que pueden establecerse en el futuro lastiman o no la soberanía nacional.» http://web.archive.org/web/20160730062447/http://heberto.org/Contenido/PDF/Petroquimica%20y%20soberania.pdf
Sostenía que el petróleo no debía utilizarse como combustible, sino como base para su transformación en una gran cantidad de productos que ahora utilizamos y de los que también dependemos del exterior. Las plantas petroquímicas no solo producen gasolinas, con los sucesivos avances tecnológicos los derivados de ese petróleo están presentes en casi cualquier cosa que consumimos cotidianamente y que son base de otras industrias, toda esa capacidad la hemos entregado a cambio de prebendas que han servido para corromper o crear otros monopolios ligados a nuestra casta política y empresarial: «De la Madrid presidente y Carlos Salinas secretario de Programación y Presupuesto implementaron una política de entrega de las empresas de la nación a la iniciativa privada. Entiéndase, de entrega, no de venta. Por ello se hicieron las operaciones tan sucias como las que afloran en estos días. Carlos Salinas entró a la Presidencia a saco, a fuerza, porque tenía que terminar la obra emprendida en el sexenio de Miguel de la Madrid. La venta de las empresas de la nación se dio de la manera más sucia que imaginarse pueda el más pillo de los negociantes. Por ello las enormes fortunas que amasaron los hermanos Salinas, todos ellos, y sus amigos cercanos, a quienes habrá que investigar fiscalmente...»
La última vez que Heberto Castillo estuvo en Querétaro, tuvo que suspender abruptamente una conferencia de prensa y posponer un encuentro con simpatizantes; en la comisión de ciencia y tecnología del Senado, del que formaba parte, estaba por decidirse, en su ausencia, el minúsculo financiamiento para conocer y llevar a cabo algunos experimentos en territorio nacional para lograr lo que todavía para imposible: hacer llover en el desierto. Sabiendo ahora que la mayoría de nuestro territorio nacional está en crisis hídrica, entercarse en el tema hubiera sido más que refrescante.
Muchos soñadores incorruptibles de esa generación ya no están entre nosotros, no se vale olvidarlos, porque representan esa realidad que se nos escapa a través de la brutalidad y estupidez cotidiana, demostraron que es posible cambiar sin traicionarse, sin olvidar los principios, sin vender la conciencia a cualquiera que la quiera comprar o acallar. Esos ejemplos hacen falta.
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