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domingo, 18 de abril de 2021

ESTÚPIDA OBEDIENCIA

 


ESTÚPIDA OBEDIENCIA

Joaquín Córdova Rivas

 

La pandemia ha dejado salir lo mejor y lo peor de lo que somos. Los medios de comunicación masiva se han dado vuelo mostrando lo que, a su pobre juicio, dictado más por la búsqueda de audiencia que por lo ejemplificante del caso, creen que es lo que debiera ser públicamente imitado o condenado.

 

Y vuelven viral la excepción y no la regla, los cantantes de ópera en los balcones de alguna ciudad italiana como si todo el país estuviera cantando, o las multitudes chinas o japonesas que están casi condenados a usar el cubrebocas para no respirar tanta porquería que flota en el ambiente de sus contaminadas urbes, como si fuera muestra de la disciplina que hay que imitar para sacarle la vuelta al coronavirus. O los elogios a la aplastante e invasiva cyber vigilancia que en esos y otros países lleva a saber dónde y en qué momento está cada ciudadano.

 

Pero lo peor es esa aparente conformidad para seguir reglamentos, medidas aparentemente legales, ocurrencias de gobernantes ignorantes, pero con muchas ganas de hacerse notar y obedecer. Y allí está el problema: nos acostumbramos a obedecer sin cuestionar, anulando el sentido común, lo aprendido en milenios de historia, lo que nos ha dejado la academia y la experiencia ancestral, para seguir instrucciones aplicadas por aparatos “de seguridad” que no tienen absolutamente nada que ver con el control, contención o solución de un problema global como muchos de los que padecemos.

 

Y hacemos caso y hasta justificamos los “filtros sanitarios” en las carreteras, que violan flagrantemente la libertad de tránsito, sin ninguna manera de demostrar su efectividad más que contando el número de vehículos revisados, o los que se impidieron seguir en su viaje, como si eso limitara los contagios. Llegamos a la tontera de dejar pasar a quienes muestran un código de reservación de un hotel o restaurante, como si los contagios tuvieran relación directa con la capacidad económica de los viajantes. Aquí valdría la pena recordar el repudio que provocara esa propuesta hecha por el infumable gobernador de Guanajuato y el presidente municipal de su capital que se lamentaba del turismo que “no gasta” y solo abarrota las calles y las ensucia, en su pobre visión del “turismo” que ellos mismos promueven. Pues bien, ese repudio pronto se olvidó y ahora se justifica para impedir el libre tránsito por carreteras estatales o federales basados en una campaña de miedo que paraliza las neuronas ciudadanas.

 

¿Cómo se mide la capacidad de afluencia a una playa, a un bosque, a una plaza pública, a un centro comercial? A capricho, no hay de otra. ¿A poco aplican un “coeficiente” para dividir el número de metros cuadrados entre el volumen medio que ocupa un mexicano obeso, típico producto de la mala alimentación impuesta por la industria de la chatarra ultraprocesada? ¿O consideran la marea y la fase lunar en el caso de las playas? ¿Miden también el espacio que ocupa la mercancía en un supermercado, tienda de conveniencia o changarro cualquiera? Claro que no, mandan a alguien que “a ojo de buen cubero” dicta el número de clientes permitidos en cualquier espacio que se le ponga enfrente, con la sabiduría que le da una credencial plastificada, quizás un chaleco mugroso por exceso de uso y falta de lavado y la presencia de algún policía malencarado y harto de seguirle la corriente a esos dictadorcitos que refuerzan la discrecionalidad y abuso de sus meros jefes. Esos que admiran en secreto, porque en público es políticamente incorrecto, a los Franco, Pinochet, Videla, Plutarco Elías Calles o cualquiera que se les parezca sin importar tiempo, lugar o daño histórico.

 

No se les olvida, es que ignoran que cualquier actividad humana implica la presencia social de otros semejantes, hasta el consumo tiene que ver con rituales de comunicación, de vanidad, de comparación, de opinión. De tristeza y estupidez ver librerías vacías que impiden la entrada de dos personas que, con sus propios gustos, expectativas y carteras, que practican el arte de buscar y dejarse conquistar por autores, temas o libros que les llamen la atención, con la absurda regla de no dejar entrar más que una persona por grupo o familia; y en lugar de orientar sobre su materia se contratan “vigilantes” destinados a impedir la compra, la recomendación, el compartir expectativas. Las librerías y espacios culturales convertidos en una ampliación de la absurda lógica reglamentaria que anula el criterio propio, que convierte a empleados en responsables privados del seguimiento ciego de medidas que no sirven para nada ante una pandemia que han logrado que provoque más terror que ganas de indagar, investigar, cuestionar y superar de manera sana y socialmente responsable.

 

Esos grandes espacios comerciales, a veces al aire libre, que se han convertido en lugares de segregación en donde, con un aparato de sonido permanentemente conectado, repiten incansablemente las absurdas “disposiciones oficiales”, ante los oídos torturados de guardianes y público en general, como si la simple repetición incitara a la estúpida obediencia dictada por legisladores y reglamentadores que parece que nunca pasaron por el bachillerato o alguna universidad que los educara sobre lo elemental de los virus y lo complejo de la genética humana. Pero que quieren justificar su ignorancia y falta de empatía con sus representados o gobernados imponiendo reglas sin sentido y que solo provocan lo contrario de lo que dicen evitar.

 

Ya se está volviendo costumbre observar solitarios automovilistas con las ventanas cerradas y el cubrebocas puesto, o ciclistas y corredores al aire libre con el mismo trapo colgado de las orejas, que se ha convertido en un fetiche más, en algo que por el simple gesto de llevarlo —aunque sea mal puesto, esté sucio o muy usado— impide el contagio de algo que puede ser mortal pero que sigue sin comprenderse. Y nuestros gobernantes abonan esa ignorancia para sembrar miedo, para justificar arbitrariedades, medidas que atentan contra los más elementales derechos humanos.

 

Hay que cuestionar, informarse de fuentes confiables, recordar lo que aprendimos en la escuela, consultar a nuestros viejos, hacer uso de la memoria ancestral, inconformarnos ante el abuso, la mala información y la estupidez.

lunes, 8 de febrero de 2021

INTER-CONTAGIADOS


 INTER-CONTAGIADOS

Joaquín Córdova Rivas

 

La cohetería de varias celebraciones de coartada religiosa en La Cañada y El Marqués durante varias madrugadas seguidas a principios de este diciembre, dan cuenta de un carácter festivo que no se apaga ni con las tragedias. Incluso puede que se avive como necesidad de aferrarse a un pasado cercano menos volátil y doloroso. Convivencias necesariamente multitudinarias que dejan espacio para el olvido de precauciones con consecuencias intangibles hasta que la enfermedad o la muerte aparece tocando a la puerta.

 

Pero el virus biológico no es la única amenaza, existen “noticias” que se transmiten a mayor velocidad y son igual o más dañinas. Desde el mes de abril se advertía la propagación de información excesiva y falsa sobre la pandemia:

 

«Además de enfrentar la pandemia de COVID-19, México vive la propagación de noticias falsas que circulan en las redes sociales y algunos medios de comunicación tradicionales, generando un impacto adverso para enfrentar la situación, afirmó Luis Ángel Hurtado, profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM. Las también llamadas fake news tienen efecto directo en el estado de ánimo y éste poco a poco evoluciona hasta generar pánico. “En algunas partes del mundo se han presentado situaciones que derivaron en cuadros de histeria colectiva; este fenómeno es preocupante”.» Boletín UNAM-DGCS-318.  9 de abril de 2020.

 

Los grupos interesados en difundir información falsa no se limitan al tema pandémico, ahora abarcan todo lo que pueden con tal de desprestigiar, insultar, o socavar la credibilidad de políticas públicas (educativas, laborales, de seguridad), de gobiernos, de medidas sanitarias y, ahora, de los esfuerzos por terminar con las muertes, el confinamiento, el distanciamiento social que demoniza las manifestaciones de afecto y la expresión no verbal de emociones (con los cubrebocas ocultando más de la mitad del rostro), a través de la indispensable campaña de vacunación. Noten la tendenciosa difusión de “noticias” promovidas por las farmacéuticas que se disputan un mercado de miles de millones de vacunas que urgen.

 

El uso de la interconectividad, de las redes sociales para provocar miedo y dinamitar la confianza y la solidaridad, a llegado a tal grado que hasta existe una página electrónica —que debiera ser más difundida y consultada— para exhibir algunas de las informaciones falsas de mayor impacto o más “compartidas”: infodemia.mx

 

Ningún gobierno ni sistema de salud, público o privado, estaba preparado para lo que se nos vino encima, menos una economía depredadora y que basa su “éxito” en las desigualdades sociales y la pobreza de la mayoría. Por eso urge un cambio de rumbo que no se dará en automático, aunque parezca increíble y antihumano, existen quienes se benefician de la destrucción del planeta y la explotación bárbara de sus prójimos.

 

El convencimiento y no la represión, es el camino para lograr que la población se autoregule y se moderen —porque no se acabarán hasta que la mayoría sea inmune—los contagios, esos gobernadores panistas que presumen el castigo y la obligación de usar el cubrebocas hasta en espacios públicos sin importarles la sana distancia, muestran su raíz autoritaria y su carencia de autoridad moral para que sus ciudadanos les hagan caso.

 

Quizás por eso fue poco conmemorado el día internacional contra la corrupción. En un mensaje tibio pero indispensable, se recordó —por si hiciera falta—:

 

«Mensaje del Secretario General con motivo del Día Internacional contra la Corrupción. Nueva York, 9 de diciembre de 2020.  

        En los últimos años se han producido estallidos de ira y frustración contra líderes y gobiernos corruptos. En algunos países la gente ha salido a la calle para exigir justicia social y rendición de cuentas.

        Por su parte, la crisis de la COVID-19 ha creado oportunidades adicionales para la corrupción, lo que se suma a esas graves preocupaciones. Los gobiernos están gastando rápidamente para volver a encarrilar la economía, prestar apoyo de emergencia y adquirir suministros médicos. La supervisión en esas circunstancias puede ser más débil, y el desarrollo de vacunas y tratamientos aumenta el riesgo de sobornos y especulación.

        La corrupción priva de recursos a las personas que los necesitan, socava la confianza en las instituciones, exacerba las grandes desigualdades expuestas por el virus y crea obstáculos para una recuperación sólida. No podemos permitir que se malversen los fondos destinado a estimular la economía ni los recursos vitales para hacer frente a la emergencia.

        La recuperación de la pandemia debe incluir medidas para prevenir y combatir la corrupción y los sobornos. Debemos forjar alianzas amplias para fortalecer la supervisión, la rendición de cuentas y la transparencia, aprovechando los instrumentos mundiales de lucha contra la corrupción que nos ofrece la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción.

        Las medidas contra la corrupción deben formar parte de las reformas e iniciativas de carácter más amplio adoptadas a nivel nacional e internacional para fortalecer la buena gobernanza, eliminar los flujos financieros ilícitos y los paraísos fiscales y devolver los activos robados, de conformidad con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Debemos aprovechar la oportunidad que nos brinda el primer período extraordinario de sesiones de la Asamblea General contra la corrupción, que se celebrará el próximo año, para proponer reformas e iniciativas ambiciosas en ese sentido.

        En el Día Internacional contra la Corrupción, todos nosotros (los gobiernos, las empresas, la sociedad civil y todas las partes interesadas) debemos comprometernos a trabajar juntos para promover la rendición de cuentas y poner fin a la corrupción y los sobornos a fin de crear un mundo más justo e igualitario.» ONU México » Mensaje
del Secretario General con motivo del Día Internacional contra la Corrupción

 

Múltiples contagios, unos —la inmensa mayoría— nos sirven para preparar y fortalecer nuestro sistema inmunitario — «es el conjunto de elementos y procesos biológicos en el interior de un organismo que le permite mantener la homeostasis o equilibrio interno frente a agresiones externas, ya sean de naturaleza biológica (agentes patógenos) o físico-químicas (como contaminantes o radiaciones), e internas (por ejemplo, células cancerosas). Reconoce lo dañino y reacciona frente a ello (ya sea agresión externa o interna)» wikipedia— y poder vivir en un equilibrio siempre cambiante en el único planeta que todavía nos soporta. Otros, socavan nuestra confianza, la credibilidad, la esperanza, y esos los provocamos, los creemos, los compartimos —contagiamos— sin que existan defensas suficientes para resguardarnos y permitirnos vivir digna y pacíficamente; las noticias falsas y la corrupción son buen ejemplo de estos.

jueves, 15 de octubre de 2020

LOS NIÑOS DE LA PANDEMIA

 


LOS NIÑOS DE LA PANDEMIA

Joaquín Córdova Rivas

 

Los niños de la pandemia, esos nacidos a fines del año pasado y principios de este 2020, esos que no conocen a sus parientes cercanos mas que a través de una pantalla, a través de la ventana de un auto o en persona, pero de lejecitos. Esos que no interactúan con niños de su edad porque los parques y jardines públicos, los centros de desarrollo infantil, las escuelas preescolares han estado cerrados.

 

O los más grandecitos que han sido impedidos de conocer a otros de su edad, pero con la diversidad y diferencias que dan siglos de cambios y evolución. Los niños que no saben que hay otras formas de ser, de verse, de quererse; los que no saben jugar en grupo, los que no toleran más reglas que sus caprichos, los que quedaron a merced de un núcleo familiar desintegrado o disfuncional y han crecido creyendo que eso es lo normal y deseable. O peor, los que son sometidos a abusos y son maltratados por no ser deseados, ni planeados, los que “aprenden” en ambientes donde la violencia, el alcoholismo, el machismo, la discriminación por cualquier cosa son el pan de cada día.

 

Si antes del confinamiento sanitario había la esperanza de que el sistema educativo público alcanzara a suplir algunas de las desigualdades sociales, a compensar las deficiencias de los padres o del núcleo familiar cualquiera que sea, porque falta recordar que muchas familias son monoparentales o que los niños están a cargo de alguno de los abuelos o tíos, unos cansados por el paso del tiempo y el desgaste de trabajar y vivir muchos años, los otros que tienen sus propias familias o que ni siquiera alcanzan la mayoría de edad y ya se les hace responsables de los hermanitos o sobrinos. Esa esperanza se desvaneció con la supuesta educación a distancia, precisamente en las etapas de desarrollo donde se requiere estar en contacto con otros humanos que sirvan de ejemplo para ser, también, cada vez mejores seres humanos. Además, se rompió la burbuja de creer que el acceso a la tecnología, a las redes de comunicaciones era cosa fácil y al alcance de todos.

 

De por sí la educación escolarizada estaba en crisis por el rebase de una tecnología en las comunicaciones que no atiende a una ética mínima y esta enfocada en la concentración de riqueza en cada vez menos manos, al menos tenía la ventaja de educar en la diversidad social y en el respeto mínimo a unos derechos humanos que, en la teoría, siguen avanzando, pero en la práctica se atoran en una enferma cotidianidad. Pero existía el espacio social para practicar la empatía, la solidaridad, la convivencia con los otros que son diferentes a uno, el conocer otras manera de relacionarse afectivamente, de poder denunciar los abusos o siquiera ser escuchados para no sentirse más solos en una sociedad que ahora prescribe la caricia, el abrazo, el apapacho, el beso, la simple cercanía y hasta el ver los gestos de los que logran vencer el miedo.

 

Dicen los que saben que más del noventa por ciento de nuestra comunicación es no verbal, es decir, las palabras no nos alcanzan para decir lo que queremos transmitir, recurrimos a los gestos, a la forma de caminar, de acercarnos o alejarnos, al parpadeo, a la mirada, a la sonrisa, al tono y volumen de la voz, a las pausas, a los silencios. Casi todo eso está impedido o queda muy mocho con el uso de cubrebocas, peor con las pantallas de los celulares, de las computadoras, que no logran siquiera simular la experiencia de la cercanía física. El texto escrito en cualquiera de las redes sociales, los emoticones, no son suficientes para saber si quien nos “habla” está bromeando, usa la ironía o la contradicción juguetona, y nos quedamos sin entender lo que nos dicen o, peor, lo malinterpretamos y adjudicamos falsas intenciones a quien nos manda un mensaje.

 

Primero nos dijeron que las medidas sanitarias eran para proteger nuestra salud física, que había que proteger la vida casi a cualquier costo, pero ese costo se negocia por motivos económicos y los otros se olvidan. Este capitalismo neoliberal, ya en franco proceso de destrucción planetaria, no aguanta más días de inactividad, de falsa inactividad deberíamos decir, ya que las maquiladoras en gran parte del mundo nunca detuvieron su marcha, y esas medidas sanitarias quedaron en pura apariencia a contentillo del político de la comarca, aunque lo que se impusiera fuera francamente absurdo.

 

Pero nadie quiere hablar de los otros costos de la pandemia, de la salud emocional francamente deteriorada de gran parte de la población sumida en el miedo y en los cambios con una convivencia forzada que agudizó sus carencias y distorsiones. Tampoco de los muertos provocados por falta de atención médica adecuada porque todo el sistema de salud se volcó a atender a enfermos que todavía no llegaban, ocultando también que los graves y necesitados de respiradores mecánicos tienen una sobrevivencia de apenas el 30 por ciento. O de las más de 600 mil intervenciones quirúrgicas que, solo en nuestro país, se han pospuesto alegando lo mismo.

 

Mientras, nos entretienen con “noticias” sobre el virus, sus innumerables formas de transmisión —ahora resulta que es omnipresente y omnipotente como cualquier dios—, sus posibles secuelas y efectos secundarios, los otros costos se ocultan, el problema es que ignorarlos no sirve, de todas formas, habrá que pagarlos.

viernes, 14 de agosto de 2020

LA ESCUELA AUSENTE

LA ESCUELA AUSENTE

Joaquín Córdova Rivas

 

«La sensación que en este momento tenemos estudiantes y docentes es que hemos perdido la escuela, perdimos las aulas.» Ángel Díaz Barriga en: iisue (2020), Educación y pandemia. Una visión académica, México, unam, <http://www.iisue.unam.iisue/covid/educacion-y-pandemia>, consultado el 25 de mayo, 2020.

 

A bote pronto porque la situación lo exige, existen investigaciones y reflexiones sobre el significado de cerrar los centros educativos en sus diferentes modalidades, pero la “sensación” es esa “perdimos las aulas” no como simple espacio físico, sino por todo lo que significan.

 

Ya sabemos que este modelo de educación pública, gratuita y obligatoria nació con el despotismo ilustrado en la Prusia del siglo XVIII, que se adaptó y adoptó exitosamente con el modelo productivo de la Revolución Industrial, que tiene ese sesgo ideológico, pero que aun así, tiene y puede tener características rescatables.

 

Como corresponde, el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, publica la opinión de sus académicos sobre lo que está pasando y puede ocurrir con la abrupta situación que padecemos.

 

De entrada, la cruda realidad que impide el simple traslado de un modelo presencial a uno virtual, van cifras oficiales de hace 5 años que no han cambiado significativamente: «de un total de 173,000 establecimientos de educación básica, 125,552 escuelas (82.1 por ciento) no cuentan con servicios telefónicos; 76,383 (48 por ciento) carecen de computadoras o no funcionan, y 123,511 (80.8 por ciento) no tienen acceso a internet.» Hugo Casanova Cardiel. Ídem.

 

Esas increíbles carencias están siendo subsanadas por los docentes y sus recursos propios, sus líneas telefónicas, sus teléfonos celulares, tabletas o computadoras portátiles o de escritorio, por el acceso a internet pagado de su bolsillo, por su tiempo fuera de horario laboral, por su medio de transporte, por su capacitación a las carreras, pero con muchas ganas, por la expectativa y esperanza de que sus estudiantes aprendan en un entorno que dista mucho de ser el ideal. Y aún así nunca se les consultó cómo hacer para que la escuela en casa fuera posible.

 

«La profesión docente quedó reducida al técnico que elige materiales para trabajar con sus estudiantes. No se analizaron las condiciones del profesorado ni de las familias. En una encuesta aplicada por la sección 9 del snte/cnte a docentes de la Ciudad de México, 58 por ciento respondió que cuenta con una formación digital básica, 16 por ciento afirmó que sólo tiene un teléfono inteligente para acceso a plataformas digitales, y únicamente 1.7 por ciento está en condiciones de manejar programas de diseño. En la misma encuesta, los profesores manifestaron que sólo 25 por ciento de sus alumnos tiene una computadora conectada a internet en su casa, y que 75 por ciento de sus padres o madres tienen que salir a trabajar fuera del hogar. […] En este panorama, el programa de educación digital es un amplio ejemplo de promoción de la desigualdad social. […] En mi opinión se ha desaprovechado una oportunidad muy importante para abrir una reflexión sólida sobre lo que significa la escuela como un espacio perdido, tema que se podría interpretar desde dos vertientes: por un lado, la pérdida de los estudiantes de su espacio de encuentro, de intercambio y de socialización, y por otro, la pérdida de rumbo de la educación, que ha quedado atrapada en el formalismo del currículo, del aprendizaje, de la eficiencia y de la evaluación; la escuela que se ha olvidado que su tarea es educar y formar»  La escuela ausente, la necesidad de replantear su significado. Ángel Díaz Barriga. Ídem.

 

Mientras, el planeta sigue su curso indiferente a nuestro destino: «Somos los humanos quienes, aterrados por una muerte invisible y viral, hemos detenido nuestras relaciones, encerrándonos en unidades cada vez más pequeñas: el Estado-nación, la ciudad, la comunidad, la casa, la soledad. También quedaron otras cosas, como la depresión, la angustia, la desigualdad y la miseria. […] El modelo casi universal de escuela cumple funciones básicas en la regulación social. Señala los usos de los tiempos a lo largo del día; marca algunos periodos vacacionales […] cuida a los niños y niñas para que sus padres, madres o tutores puedan acceder al mercado laboral; otorga credenciales, y da sustento a millones de personas. Además, determina ciclos vitales etarios, organizando la sociedad con base en la edad. Mucho de esto reproduce las condiciones sociales inequitativas. Pero la escuela siempre tiene más de una cara. Estas mismas regulaciones posibilitan a las mujeres ingresar al mercado laboral y combatir, aunque sea un poco, a la sociedad patriarcal; da tiempo a los niños y las niñas para crear espacios propios, lejos y libres de sus padres, y esta congregación de niños, adolescentes y jóvenes en un solo espacio permite la democratización de cierto conocimiento y la interacción entre miembros de una misma generación. […] La pandemia producida por el coronavirus, al cerrar las instituciones educativas como espacios físicos, canceló su lado creativo; es decir, sus potencialidades liberadoras.» La pandemia en la escuela: entre la opresión y la esperanza. Sebastián Plá. Ídem.

 

En muchos textos anteriores hemos insistido en que los humanos aprendemos y nos formamos en contacto con otros humanos, diferentes, diversos a nuestro núcleo social inicial: la familia. Que el espacio escolar es mucho más que lo físico: «En hogares signados por la violencia, las estructuras familiares se vuelven inestables y poco propicias para favorecer el aprendizaje. Para los niños y las niñas que sufren de violencia en sus hogares, las escuelas no sólo son espacios para el aprendizaje, sino áreas de protección, contención y ternura.» El hogar y la escuela: lógicas en tensión ante la COVID-19. Gabriela de la Cruz Flores. Ídem.

 

Se acaba el espacio y faltan muchas ideas por procesar, por eso la recomendación de leer los textos completos, pero antes de cerrar este, algunas preguntas y propuestas sobre este modelo de escuela: «¿Está ayudando a reducir la ansiedad por el encierro y el temor a la muerte? ¿Qué está haciendo para mitigar, aunque sea mínimamente, la violencia familiar que encrudece el aislamiento y la pandemia? ¿Qué está haciendo para educar en salud? Pensar la escuela para la sociedad, no para la escuela. Dejaría de ser la competitividad la finalidad última y enfrentaría lo que fácilmente salta a la vista: una sociedad carcomida por la violencia y la desigualdad. De esta manera, trataría de enseñar perspectivas para contrarrestar la violencia de género, el mandato de masculinidad, la violencia que produce el racismo y la discriminación, la exclusión etaria y combatiría la pobreza y la violencia de clase. También rechazaría la violencia alimentaria producida por los productos ultraprocesados, que la propia escuela ha ejercido por décadas, vendiéndolos en su interior. También educaría para el trabajo colectivo, no competitivo. Este diagnóstico vería la importancia de limitar la escuela al tiempo escolar y que ese tiempo de los alumnos sea libre de padres y madres de familia, y de los grandes capitales informáticos. Una escuela que en vez de formar al líder del mañana, evite al macho del mañana.» Sebastián Plá. Ídem.

 

Y todo eso a pesar de prejuicios e intolerancias que se disfrazan detrás de términos como “violencia dogmática”, como si la humanidad fuera estática y no un proceso continuo de tolerancia, diversidad y aprendizaje de la libertad.

lunes, 1 de junio de 2020

EL TOBOGÁN


EL TOBOGÁN
Joaquín Córdova Rivas

Las lecciones que hemos aprendido en este tiempo condensado, desesperado, confinado, no terminan, y hay que ir haciendo un recuento para que no se olviden.

Primero, nos enfrentamos a un virus altamente contagioso, nuevo, digno de una humanidad hiperconectada con fronteras más imaginarias que reales, con efectos que se suman a padecimientos crónicos producto de una forma de vida que atenta contra sí misma. El virus desnuda y aprovecha las debilidades funcionales de cuerpos mal alimentados, nutridos con comida ultraprocesada, antinaturalmente sedentarios porque nuestro organismo requiere de moverse, del esfuerzo corporal. Se monta en la presión nerviosa inducida por un individualismo que tampoco es propio de nuestra naturaleza, un modo de vida que nos presiona para ser “productivos”, “exitosos”, aunque descubramos, tardíamente, que eso nos frustra y nos mata.

Segundo, que nuestros sistemas de salud públicos han sido saqueados, devastados irresponsablemente con el pretexto de que todo cuesta, hasta la salud, y hay que pagar por la atención médica, aunque la mitad del país esté en la pobreza. De hecho, la emergencia sanitaria, el brutal freno económico, el confinamiento domiciliario no hubieran tenido razón de ser con sistemas de salud suficientes y eficientes. Otra vez pagamos muy caro para que otros ganaran dinero fácilmente.

Tercero, que no podemos dejar en manos de epidemiólogos y matemáticos el manejo de una pandemia. Que no se trata de “curvas que hay que aplanar”, tampoco de ahogarnos en información que apenas descubre las incertidumbres. Hace mucho ya, sabemos que nuestro modelo de hacer ciencia está rebasado, que lo meramente técnico y superespecializado no puede suplir otras áreas del conocimiento humano y que somos seres complejos, diversos, que requerimos el contacto cercano a pesar de las pantallas y las redes sociales que todo quieren virtualizar, hasta los afectos; que no podemos estar encerrados durante mucho tiempo porque la vida no se mide en horas, días o “cuarentenas” sino también en convivencia, en expresión y manejo de los sentimientos y emociones, la calidad cuenta. Que atender o convocar a medidas socialmente precautorias, paliativas, necesitan del conocimiento y prestigio de las ciencias sociales. Necesitamos líderes que conozcan de sociología, psicología, pedagogía, filosofía, artes, nutrición, acondicionamiento físico, que tengan una visión transdisciplinar, un pensamiento complejo, que conozcan de las interacciones entre las diversas áreas de conocimiento para saber que hasta “quedarse en casa” tiene límites, porque eso que llamamos “hogar” dista de ser ese pequeño paraíso que a veces quisiéramos imaginar.

Cuarto, que debemos cambiar radicalmente de modelo económico. Lo que no logró ISIS, la yihad, el terrorismo, los ejércitos que todo invaden con el pretexto de defender la libertad y la democracia, o cualquier forma de violencia social o económica, lo logró un virus cuya principal efectividad fue develar todas nuestras enfermedades sociales: la destrucción del planeta, el cambio climático, la deforestación, la extinción de miles de especies, la destrucción de lo que nos permite sobrevivir, la pobreza, la desnutrición, la avaricia y corrupción, la carencia grave de una educación básica que nos permita entender lo que pasa y entendernos en ese contexto. Lo que no lograron los arsenales nucleares, los depredadores financieros, lo vino a causar un bicho que mide unos cuantos nanómetros: las calles vacías, las plazas desiertas, las escuelas abandonadas, las iglesias con dioses perplejos e impotentes, el colapso de una forma de vivir que está en crisis desde hace años, pero que nos resistíamos a verlo.

Y para ello se instaló el miedo. E hicimos compras de pánico de papel sanitario mientras ignoramos los complementos vitamínicos, la comida saludable, porque seguimos comprando bebidas azucaradas y comida chatarra, porque dejamos de ejercitarnos para fortalecer nuestro sistema inmunitario, porque nos regodeamos haciéndole caso a otros igual o más ignorantes con el poder de un micrófono, de un meme ofensivo, de una columna periodística, de un cargo público, confundiendo ignorancia y mala leche con información confiable; dictando reglas estúpidas para atentar contra los derechos humanos que no tienen nada que ver con la contención de una de las muchas pandemias que ha habido y seguirá habiendo. Parece concurso de quién es el más tonto pero lucidor, utilizando la fuerza pública y mediática para encubrir sus desatinos y corruptelas.

Hay que sacar a los monopolios de comida chatarra de las escuelas, hay que implementar precios justos y distribución vasta de alimentos nutritivos, hay que reforzar nuestro estado de bienestar que garantice instituciones públicas que nivelen las desigualdades sociales, hay que priorizar a las ciencias sociales y un nuevo modelo de ciencia que permita estudiar, conocer y transformar nuestra forma de vida como parte de un ambiente que incluye a otras que son necesarias.

Sin saberlo nos trepamos a un tobogán empinado y sin posibilidad de escape, como esos tubos resbalosos que nos despojan de toda voluntad, ni tiempo de pensar, de evaluar las consecuencias sociales que se suman a las que ya estábamos padeciendo, con una casta política internacional —porque de clase no tiene nada— que cayó en el pánico por verse desnudos con todas sus vergüenzas al aire, despojados de discursos coherentes, de liderazgos que solo existen en sus cabecitas. De los empresarios y demás fuerzas productivas agrupadas en pequeñas élites ni hablar, quedaron evidenciados en toda su mezquindad, aterrorizados, no por las pérdidas, sino por el recorte en sus enormes ganancias, buscando afanosamente la manera de aprovecharse del miedo y de la pérdida de libertades en aras de ofertar una falsa seguridad, arrebatándole la voz a los empresarios pequeños y medianos que sí se la están jugando y perdiendo el patrimonio esforzadamente conseguido.

Estamos perdiendo vidas y calidad de vida por un virus que solo sirvió como catalizador para acelerar y poner en evidencia que esta vida no es vida, que irresponsablemente hemos puesto en peligro a la generación presente y las pocas siguientes que tengan posibilidad de sobrevivir disputándose el agua potable, el aire respirable, los alimentos sanos, un sistema de salud suficiente y eficiente, una educación integral que nos enseñe a disfrutar, en comunidad, de la vida y no atentar contra ella. Hay que bajarse de ese maldito tobogán antes de que acabemos amontonados, atropellados, noqueados y enterrados vivos en una “normalidad” disfrazada de “nueva” para encubrir la deshumanización acelerada que sufrimos.

Ya sabemos cómo podemos terminar de seguir así, falta saber si tendremos el tiempo, la sabiduría, la voluntad de deshacernos de los que nos siguen empujando al tobogán, queriendo ser los últimos, para que los demás les sirvamos de colchoncito en el fregadazo final.

martes, 7 de abril de 2020

VIVIR EN LA CUEVA


VIVIR EN LA CUEVA
Joaquín Córdova Rivas

Ante el peligro regresamos a la cueva. No es que nos asusten igual que antes terremotos, huracanes, meteoritos, inundaciones, erupciones y plagas, tenemos la ventaja de haber avanzado algo en el conocimiento de lo que somos y lo que nos rodea. Ahora nos aterra lo que no vemos a simple vista pero que sabemos que están allí y no son fantasmas, sino los poco conocidos microorganismos. No dejamos de aprender y de asombrarnos. Por eso, ante la falsedad de que la tecnología y la ciencia nos darán todas las respuestas, se alzan las incertidumbres de la filosofía: entre más conocemos más ignoramos.

Tampoco es cualquier cueva, bueno, para algunos si, a veces hasta peor cuando todo se reduce a un cuarto de tembeleques pedazos de madera y láminas de cartón enchapopotado en el cauce de un drenaje a cielo abierto, o a la orilla de un barranco, o en un áspero terreno en espera de que alguien se lo adjudique y termine destruyendo lo poco que se tiene.

Mejor pensemos al menos en una vivienda de interés social con aspiraciones clasemedieras, una casa de tabique, con agua corriente, drenaje, baño mínimamente equipado, energía eléctrica y una o varias pantallas, que, como modernas ventanas, nos dejan ver lo lejano ignorando lo que tenemos más cerca. Esa cueva moderna quizás está conectada a un servidor de internet para escapar de la esclavitud de la televisión abierta y sus insoportables programas.

En esa cueva neoplatónica, las sombras de esa falsa realidad que se proyecta en las paredes es la de los noticieros y las redes sociales, esos fallidos oráculos que han desgastado y abusado tanto del tema de la pandemia, tratada como show de terror y escándalo mediático, que cuando necesitamos tomar decisiones colectivas basadas en información verás y bien organizada ya no creemos en nada.

A pesar de que sabemos, o deberíamos saberlo, que el virus que ahora nos aflige infectará a la mayor parte de la humanidad —algunos cálculos andan por el 70 por ciento— por la facilidad de propagación en este mundo hiperconectado y por la ausencia de una vacuna que tardará meses en producirse ya que requiere de largo tiempo de pruebas para que no resulte peor el remedio que la enfermedad, recordar el caso de la Talidomida, o el más cercano de la Ranitidina, no viene mal—, de lo que se trata es que nos infecte en etapas distribuidas a lo largo del mayor tiempo posible, porque de trancazo no hay cómo auxiliar a los más vulnerables y la mortalidad se eleva dolorosamente.

Mejor regresemos a lo principal de este texto. ¿Cómo le hacemos para construir una cotidianidad, una convivencia familiar o de pareja, que transite por la negociación pacífica dentro de nuestras modernas cuevas? Y no se trata solo de combatir el aburrimiento, porque en un país tan desigual como el nuestro esas desigualdades se cuelan por las puertas y ventanas reales y virtuales. No es necesario imaginar una familia promedio en la cual ninguno de sus integrantes está en algún sector prioritario laboral, y que ahora, sin preparación previa, tienen que trabajar “desde casa”, o en el peor de los casos se han quedado sin trabajo o sin ingresos seguros por un tiempo indeterminado, lo que aumenta los niveles de enojo y frustración más allá de lo “normal”, que además tienen que compartir casi 24/7 los mismos espacios que, según pasan los días, se sienten más pequeños.

Los feminicidios no van a parar, hay hasta el temor de que se incrementen, o que algunos hogares eleven la temperatura de su propio infierno. Esa “convivencia” forzosa entre abusadores y abusados puede precipitar tragedias que pueden tener efectos más duraderos que la pandemia.

Pero también puede suceder —eso esperamos— lo contrario. Que la empatía sirva para limar asperezas, para construir nuevos equilibrios que funcionen para todos los integrantes de quienes comparten el mismo espacio, que se construyan nuevos modelos de convivencia basados en una comunicación más afectiva, colaborativa, menos egoísta y salvaje. Que esta crisis nos sirva para resolver las otras crisis, esas que nos han dicho que no tienen solución o que cambiar es peor que quedarnos como estamos.

Mientras, habrá que construirse otros espacios de encuentro sin caer en la tentación de la pura virtualidad, nuestra sociabilidad es la que nos ha convertido en lo que somos, el encontrarnos frente a frente, el tocarnos, abrazarnos, mostrar amor requiere del contacto. Hay abundantes evidencias al respecto, no por nada el peor castigo es el aislamiento.

Regresamos a nuestras cuevas buscando algo de seguridad, tratando de no contagiarnos o de que exista alguien que nos cuide si somos víctimas de esta nueva calamidad. Pero, mientras eso pasa, hay que vivir, tolerar, respetar y aprender de los otros.

SABIDURÍA PARA PERVIVIR


SABIDURÍA PARA PERVIVIR
Joaquín Córdova Rivas

Una crisis dentro de la crisis. Los científicos sociales, conocedores de que deben opinar sobre lo que saben y han estudiado, no de lo que está fuera de su área de conocimiento como muchos otros que se volvieron expertos instantáneos en todo lo habido y por haber, parecen coincidir en algunos puntos, en otros de plano se contradicen, pero de eso se trata, de comparar y no cerrarse.

El sociólogo y doctor en Derecho, además de otros cargos académicos en universidades de Portugal y E.E.U.U., Boaventura de Sousa Santos lanza la primera provocación y cuestiona si en verdad estamos en una crisis planetaria o lo del Covid-19 es una manifestación más de una crisis permanente no resuelta.

«La pandemia actual no es una situación de crisis claramente opuesta a una situación de normalidad. Desde la década de 1980 (a medida que el neoliberalismo se fue imponiendo como la versión dominante del capitalismo y este se fue sometiendo cada vez más y más a la lógica del sector financiero), el mundo ha vivido en un estado permanente de crisis. Una situación doblemente anómala. Por un lado, la idea de crisis permanente es un oxímoron, ya que, en el sentido etimológico, la crisis es por naturaleza excepcional y pasajera y constituye una oportunidad para superarla y dar lugar a un estado de cosas mejor. Por otro lado, cuando la crisis es transitoria, debe ser explicada por los factores que la provocan. Sin embargo, cuando se vuelve permanente, la crisis se convierte en la causa que explica todo lo demás. Por ejemplo, la crisis financiera permanente se utiliza para explicar los recortes en las políticas sociales (salud, educación, bienestar social) o el deterioro de las condiciones salariales. Se impide, así, preguntar por las verdaderas causas de la crisis. El objetivo de la crisis permanente es que esta no se resuelva.» https://mamvas.blogspot.com/2020/03/coronavirus-todo-lo-solido-se-desvanece.html


En otros escritos, el estudioso, promovente de la decolonialización del saber, ha mantenido la idea de que la forma actual de hacer ciencia ya dio lo que podía dar, que la excesiva especialización científica, uno de los pilares de ese eurocentrismo que enseñamos en muestras escuelas a costa de otras formas de conocimiento y de relación con la naturaleza de la que formamos parte, provoca que no entendamos los problemas y que cualquiera imponga sus intereses y nos exija defenderlos como si fueran propios. Un ejemplo, parece haber coincidencia en que nuestros sistemas de salud no están preparados para emergencias como la actual debido a los recortes brutales, producto de un proceso de privatización que benefició a los grandes conglomerados privados a costa de la salud de las mayorías. Al menos eso señala el español Vicenç Navarro, quien examina a fondo el sistema de salud de su país, uno de los más golpeados por la pandemia:

«La expansión del neoliberalismo ha contribuido a que, desde los años ochenta, el mundo haya visto nada menos que cuatro grandes epidemias (ébola, SARS, MERS y ahora el COVID-19), siendo la aplicación de sus políticas (esto es, la desregulación de los mercados y su mundialización, así como las políticas de austeridad social) uno de los factores que más han contribuido a la expansión de tales enfermedades a los dos lados del Atlántico Norte (lo cual explica que adquirieran gran visibilidad mediática, pues ha habido también otras epidemias que, al no afectar a estos países y haberse limitado y contenido en los países subdesarrollados o en otros continentes, apenas han sido noticia). […] La otra intervención, perjudicial también para el bienestar de las clases populares, ha sido la reducción de servicios fundamentales para garantizar el bienestar de la población como los servicios sanitarios y los de salud pública, así como los servicios del cuarto pilar del bienestar como escuelas de infancia y servicios a las personas dependientes como los ancianos, que son imprescindibles para aminorar el enorme impacto negativo de la epidemia en la calidad de vida de las poblaciones.»

El mismo Navarro cita otros estudios hechos a la velocidad en que se propaga la pandemia: «En el artículo “We need strong public health care to contain the global corona pandemic”, escrito por Wim De Ceukelaire y Chiara Bodini, se señala que la privatización de los servicios que ha tenido lugar en muchos países europeos, como en Italia, junto con los recortes del gasto público sanitario, han dificultado la pronta resolución de la pandemia, convirtiéndose el caso italiano en el mejor ejemplo europeo de colapso del sistema sanitario. Los autores señalan en este aspecto que en “Italia, el país hasta ahora más afectado en Europa, la regionalización de la atención sanitaria –como parte de una política mucho más amplia de desmantelamiento y privatización progresivos del Servicio Nacional de Salud– ha retrasado significativamente la adopción de medidas coherentes para contener la enfermedad y reforzar el sistema sanitario. En la medida en que sus sistemas sanitarios no han sido capaces de coordinar las respuestas colectivas adecuadas, no debe sorprendernos que las medidas tomadas por los Gobiernos europeos se centren en las responsabilidades individuales de la gente. El distanciamiento social se ha transformado en la pieza principal de sus planes de mitigación del COVID-19".» https://mamvas.blogspot.com/2020/03/las-consecuencias-del-neoliberalismo-en.html

El filósofo de origen sudcoreano y radicado en Alemania, Byun Chul-Han, señala aspectos de la pandemia que se nos están quedando fuera del panorama:

«El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea. […] En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas. […] En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.
Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. […] En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la 
“Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados.» https://mamvas.blogspot.com/2020/03/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de.html

Por un lado, la implementación de políticas privatizadoras que debilitan los sistemas de protección social, por el otro la vigilancia extrema aprovechando los avances tecnológicos y la desaparición de buena parte de la vida privada de cualquier persona. Se antoja poner a trabajar la imaginación para orientar la tecnología en la prevención sin perder libertades tan trabajosamente ganadas, cambiar el modelo económico por disfuncional, corruptor e injusto. Hay otras amenazas, seguramente otras pandemias harán su aparición, ni modo, no somos los únicos habitantes del planeta ni los reyes de la creación.

lunes, 16 de marzo de 2020

PÁNICO INFORMADO


PÁNICO INFORMADO
Joaquín Córdova Rivas

Mejor vivir en el error y el pánico que buscar el conocimiento. Las páginas de instituciones científicas o de divulgación no son tan visitadas, ni siquiera para informarnos de qué es un virus, sus características, y lo que pueda sernos útil en momentos como este, que no son los primeros ni serán los últimos en que se presente una pandemia con el grado de enfermedad y mortalidad que le corresponda. En cambio, las páginas sensacionalistas que anuncian catástrofes basadas en la ignorancia y desinformación son millonarias en visitas.

Vamos por partes. No se ha podido rastrear el origen de los virus, hay varias teorías, pero solo coinciden en que están desde el principio de los tiempos conocidos, así que hemos convivido con ellos desde nuestro origen como especie y más allá.

Echando memoria de nuestras clases de biología para comprender la información: «Un virus es un agente infeccioso que está en el límite de lo que consideramos un organismo vivo. Es una partícula mucho más pequeña que una célula bacteriana, y consiste en un pequeño genoma de ADN o ARN rodeado por una cubierta proteica. Los virus entran en las células huésped y secuestran las enzimas y los materiales de dichas células huésped para producir más copias de sí mismos. Los virus causan una amplia variedad de enfermedades en plantas y animales, incluido el SIDA, el sarampión, la viruela y la poliomielitis. Los virus son submicroscópicos, lo que significa que no se pueden ver en el microscopio (óptico). […] Los virus son muy interesantes en cuanto que sólo pueden sobrevivir dentro de una célula viva. Necesitan una célula viva para poder sobrevivir y replicarse. Los antibióticos no son eficaces contra los virus, pero sí lo son las vacunas, así como algunos antivirales.» https://www.genome.gov/es/genetics-glossary/Virus

Esa dependencia de una célula viva para sobrevivir y replicarse es, en opinión de algunos estudiosos, la responsable de que los virus efectivos no “maten” a todos sus huéspedes, porque si lo hacen atentan contra ellos mismos y desaparecen. Por ello no es raro encontrar virus que sobreviven en gran número de especies, el problema con el covid-19, que pertenece al conjunto de coronavirus, es que parece haber “saltado” de portadores animales al humano, por tanto, este último carece de los mecanismos para defenderse o amortiguar los efectos y entonces el riesgo de propagación es muy alto, más en estos casos donde la vía de transmisión es aérea, se esparce con un simple estornudo o tos.

«Un amplio rango de animales pueden haber servido de "huésped" del virus, especialmente el murciélago, conocido por portar un número considerable de distintos coronavirus. De los excrementos de los murciélagos el virus puede haber pasado a los pangolines, cuya piel se usa para fines medicinales en China. Pero todavía no se sabe exactamente qué animal lo transmitió a las personas.» https://www.bbc.com/mundo/noticias-51469198

El conjunto completo de material genético de un organismo es su genoma, esto es importante porque los virus se vuelven inefectivos si crecen mucho en tamaño, como todos los organismos, tienen errores al momento de replicarse y por eso “mutan” y pueden evitar las defensas de sus huéspedes o la efectividad de una vacuna diseñada para un virus en específico.

«El tamaño del genoma varía mucho entre especies. […] Los virus ARN suelen tener genomas más pequeños que los virus ADN debido a una tasa de error más alta a la hora de replicarse, y tienen un límite superior de tamaño. Por encima de este límite, los errores en la replicación del genoma hacen que el virus sea inofensivo o incluso, incompetente. Para compensar esto, los virus ARN a menudo inician un proceso de segmentación en el que el genoma es separado en moléculas más pequeñas, reduciendo así las posibilidades de error. En cambio, los virus ADN tienen genomas mayores gracias a la elevada fidelidad de sus enzimas de replicación.» https://es.wikipedia.org/wiki/Virus

Si bien su capacidad de propagación depende de una gran cantidad de factores, hay cifras que contradicen el estado extremo de alarma manejado por medios de comunicación poco conocedores que prefieren la venta de información, aunque sea inexacta y hasta estúpida, que los datos duros y cercanos a una realidad cambiante.

«Todavía no se sabe cómo o cuándo el virus se volvió infeccioso para las personas. Pero sí se sabe que el virus se transmite de persona a persona. Según los científicos, cada persona infectada puede transmitir el virus a entre 1,4 y 2,5 personas, desde antes que los síntomas aparezcan. […] Según un informe publicado en la revista de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA, por sus siglas en inglés), la edad media de los pacientes en el actual brote es de entre 49 y 56 años. Los casos de niños son raros, dice el estudio. […] Otro estudio publicado en la revista médica británica Lancet sobre los datos de 99 pacientes infectados con el virus reveló que la edad media era de 55,5 años y que había infectados tres veces más hombres que mujeres.» https://www.bbc.com/mundo/noticias-51469198

Información apegada a los hechos hay mucha, solo hay que buscarla y dejar de acudir a sitios o fuentes poco serias o especializadas en provocar alarma. Es cierto que la probabilidad de una pandemia y los esfuerzos por controlarla aislando las fuentes de contagio provocará efectos económicos, por razones simples. China, donde se originó el primer contagio en humanos es el principal fabricante de y proveedor de productos que se han vuelto indispensables, como pantallas, computadoras, teléfonos celulares y demás artilugios tecnológicos, por ejemplo, los productos de Apple se manufacturan mayoritariamente en China y, asómbrese usted, el 80 por ciento de los vestidos de novia de diseñador, también se fabrican allá, así que vaya haciendo sus previsiones. De rebote «China es el mayor proveedor de turistas del mundo. Y el dinero que gastan supera a cualquier otra nacionalidad. Las cifras más recientes de la Academia de Turismo de China muestran que los turistas chinos hicieron casi 150 millones de viajes al extranjero en 2018. También gastaron más de US$270.000 millones, muy por delante de los US$ 144.200 millones que los turistas estadounidenses gastaron en el extranjero, según la Organización Mundial de Turismo de Naciones Unidas (OMT).» https://www.bbc.com/mundo/noticias-51645409

Mejor informarse que andar despavoridos haciendo compras de pánico de inefectivos cubrebocas o de cubetas completas de gel antibacterial, inútil contra los virus.