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sábado, 27 de octubre de 2018

LOS CACEROLAZOS

Joaquín Córdova Rivas La inercia es canija, nos sigue arrastrando aunque queramos cambiar de rumbo, torcer nuestro destino hacia derroteros menos dolorosos, acumular karma positivo para salir de la mala racha, elija la versión que más le guste o de plano dese por vencido y proclame que es culpa del maligno que sigue acumulando fieles seguidores. Hacer que un país se mueva hacia nuevas coordenadas exige que se deshaga de sus lastres al tiempo que se da tiempo para acordar la nueva dirección, aunque si seguimos con la metáfora marinera, resulta frustrante quererse enfilar hacia horizontes, menos tormentosos, con la misma tripulación y sus tendencias suicidas porque sabe que tiene asegurado su lugar en la única balsa salvavidas existente. Al presidente electo y su variopinto equipo se le reprocha desde ahorita, antes de que tome las riendas del poder, que las cosas no solo no mejoren, sino que estén empeorando. Aunque si somos mínimamente críticos podemos cuestionar si esa tendencia es cierta o es que los medios de comunicación se quitaron la venda y están dejando saber lo que antes, por pura conveniencia y complicidad, ocultaban. Hay quienes se declaran defraudados porque se pospongan o cancelen encuentros con víctimas de la violencia irracional, de la que provoca un crimen organizado desde arriba y que está desbocado ante la perplejidad de quienes les jalaban un poquito las riendas; o que los encuentros con organizaciones magisteriales se hayan degradado a peleas campales culpando a los convocantes y no a los asistentes. Es como el infantil gamberro maleducado que llega a la fiesta de cumpleaños del compañero de escuela golpeando, destruyendo lo que encuentra a su paso y los padres, en lugar de ponerlo en paz y enseñarle cómo convivir con los demás, les echan la culpa a los anfitriones porque “si ya saben cómo es, para qué lo invitan”. Se nota, cada vez más, la carencia de una organización política que rebase lo coyuntural y que dé cauce a esos agravios ancestrales y recientes, que los eleve de lo dolorosamente circunstancial y los convierta en movimientos permanentes que eviten los retrocesos, que proponga soluciones factibles y duraderas, que rebase lo inmediato para convertirse en política de Estado, ahora sí con mayúsculas. Ya no podemos seguir siendo el país de las buenas intenciones con fracasos continuados, ni tampoco el de las ocurrencias que se desinflan apenas se anuncian, ni el de las simulaciones que solo sirven para la foto en la prensa matutina o el bombardeo en las redes sociales. Necesitamos, además de esperanza colectiva, resultados firmes, aunque no sean espectaculares, de esos que se arraigan en la subjetividad de las personas y en la conciencia colectiva. Dicen que en política los vacíos no existen, si un lugar parece desocupado alguien lo llenará con su presencia. Si lo vemos como texto, si nosotros no escribimos nuestra historia alguien querrá hacerlo a su conveniencia. Por eso urge construir una narrativa del cambio por el que votamos el primero de julio pasado, antes de que la victoria se convierta en una frustración más. Cuando la voluntad popular se queda en puras ganas, en vanas intenciones, aparecen las cacerolas, ese remedo de manifestación popular que busca revertir los cambios, infundir el miedo, meter la reversa cueste lo que cueste, sin advertir que es su propia inseguridad y egoísmo lo que está detrás de los llamados conservadores, que buscan ganar con el terror y el escándalo lo que perdieron en las urnas. Apenas se anuncian los privilegios que pueden perder y ya activaron campañas en las redes sociales contra todo: contra el feminismo y sus derechos ganados al machismo recalcitrante —¿habrá de otro?—, contra la posible despenalización del aborto porque hay mujeres encarceladas acusadas, falsamente, de haberse provocado tal evento cuando muchas veces fue circunstancial o causado por una atención deficiente o ausente, o las que fueron víctimas de violación y no encuentran el apoyo institucional para hacer valer su derecho, o las que prefieren decidir sobre su cuerpo y futuro en lugar de dejar que el gobierno decida por ellas; contra la diversidad sexual y sus manifestaciones afectivas; contra las madres que amamantan en lugares públicos queriendo arrinconarlas como si fuera algo censurable o morboso —esa calentura que existe en sus mentes, no en los demás—; contra el consumo de ciertas sustancias que provocan menos daño que el alcohol y el tabaco; contra las marchas y manifestaciones, contra las pintas, contra la reconciliación y el perdón pero a favor de la venganza contra los jodidos mal portados —según ellos desde sus torres de moralidad convenciera—, contra todo lo que les parece indebido pero que se guardan para sí mismos, cuando saquen sus cacerolas para hacer escándalo basados en mentiras, en un falso sentimentalismo hipócrita, en esa doble moral que tanto les gusta. Muchos intereses pueden ser afectados, las ultras de ambos extremos se sienten desplazadas y no quieren ceder ni un centímetro frente a la voluntad popular expresada por muchos medios, no solo el electoral. Tienen recursos y hasta quienes pueden financiarlos, del otro lado prevalece una mezcla valiosa, pero con capacidad de reacción poco articulada y más tardada. Ni modo, la diversidad a veces es más difícil que la falsa unanimidad alrededor de intereses muy concretos y egoístas. Foto: Mariana Córdova

sábado, 17 de marzo de 2018

LAS ESTRELLAS Y EL TIEMPO

Joaquín Córdova Rivas Nuestros sabios antepasados, esos de los pueblos originarios que, desde un eurocentrismo miope y abusivo se calificara de ignorantes, observaban la bóveda celeste y además de maravillarse con los astros y las estrellas, buscaban relaciones con su vida cotidiana, con las estaciones del año, con lluvias y tormentas, con la siembra y la cosecha, con su ubicación terrestre en un mundo que, al ras del suelo, ofrecía pocas referencias. Después, observarlas con los instrumentos que incrementaban el alcance de la vista fue considerado peligroso, porque, decían algunos, podían cuestionar lo escrito en textos sagrados que se interpretaban a gusto de los gobernantes civiles y religiosos en turno. Pero la técnica siguió avanzando y la curiosidad también. Las ciencias comenzaron a querer explicar lo que algunos consideraban resuelto e inmutable. Como ahora sabemos, aunque solemos olvidar, los sentidos no son nada sin la interpretación que de los datos hace nuestro intelecto. Por eso fue posible que desde una tecnologizada silla de ruedas, alguien que no podía moverse ni para articular palabra, se comunicara y conociera las estrellas y el universo mejor que nadie. No se trata de montarse oportunistamente en la noticia de su muerte, para nuestra generación el físico teórico Stephen Hawking fue un referente que le daba significado a parte de nuestra forma de pensar y disfrutar lo que nos rodea, por muy lejano o próximo que esté. Pero la tecnología desvela algunas cosas a la vez que oculta otras. Podemos maravillarnos con los grandes avances que permiten que dentro de una pequeña pieza de plástico y metal se guarde gran cantidad de información, o se tenga acceso a casi cualquier persona, lugar o conocimiento disponible. Pero esa “disponibilidad” afecta la manera en que nos relacionamos con los otros, con nuestro trabajo, con todo lo que nos rodea. Hemos perdido la capacidad de asombro cuando todo lo damos por hecho, como si no supiéramos que lo que ignoramos sigue siendo la mayor parte, nuestra subjetividad pierde rutinas, horarios, se modifican las costumbres y creemos que seguimos siendo libres cuando somos más esclavos que antes, y hasta interiorizamos la violencia que ese proceso lleva consigo. El filósofo surcoreano, profesor de la Universidad de la Artes de Berlín Byung-Chui-Han, en su ensayo Topología de la Violencia, trata de explicar lo que nos está haciendo este capitalismo posmoderno, como él lo llama. Si usted es de los que está atado a lo que le llegue por su celular, tablet, computadora o televisión supuestamente inteligente, si cree que es más productivo porque alarga su tiempo laboral hasta abarcar lo que antes eran tiempos de descanso, de sueño, de reflexión, de convivencia y cree que es porque así lo decide, parece que sufrirá una decepción. Sin meternos en honduras he aquí algo de lo que escribe y explica: «El sujeto de rendimiento de la Modernidad tardía no está sometido a nadie. De hecho, ya no es un sujeto, pues ha dejado de serle inherente cualquier tipo de sujeción (subject to, sujét à). Se positiviza, se libra a un proyecto. La transformación de sujeto a proyecto no hace que la violencia desaparezca. En lugar de una coacción externa aparece una coacción interna, que se ofrece como libertad. Este desarrollo está estrechamente relacionado con el modo de producción capitalista. Porque a partir de cierto nivel de producción, la autoexplotación es mucho más eficiente, mucho más potente que la explotación del otro, porque va aparejada con el sentimiento de libertad. La sociedad del rendimiento es la sociedad de la autoexplotación. El sujeto de rendimiento se explota hasta quedar abrasado (burnout). Se desarrolla una autoagresividad, que no en pocas ocasiones se agudiza y acaba en la violencia del suicidio. El proyecto se revela un proyectil, que el sujeto de rendimiento dirige contra sí mismo.» Es cierto, terminamos “fundidos” creyendo que somos más productivos cuando solo nos ahogamos en lo superficial, en lo aparentemente urgente que parece importante, aunque al final sea una bobada que no vale la pena el esfuerzo y el desgaste. Nos mantenemos hiperconectados “por si pasa algo” y sí, pasan muchas cosas, demasiadas para digerirlas mentalmente, para jerarquizarlas y entonces queremos responder compulsivamente a todo, nos violentamos creyendo estar ejerciendo una libertad que no existe. «En el nivel psicológico profundo, el capitalismo tiene mucho que ver con la muerte y el miedo a la muerte. También ahí reside su dimensión arcaica. La histeria de la acumulación y del crecimiento y el miedo a la muerte se condicionan mutuamente. El capital se puede interpretar como tiempo condensado, pues el dinero permite hacer que otros trabajen para uno. El capital infinito genera la ilusión de un tiempo infinito. La acumulación del capital trabaja contra la muerte, contra la falta absoluta de tiempo. En vistas al tiempo limitado de vida, uno acumula tiempo de capital. La economía capitalista absolutiza la supervivencia. Su preocupación no es la buena vida. Se alimenta de la ilusión de que el incremento de capital genera más vida, más capacidad para la vida.» Dejamos “la buena vida” por la ilusión vana de “más vida” porque parece que exprimimos el tiempo todo lo posible, hasta que nos ganamos una muerte prematura.

sábado, 12 de marzo de 2016

FRUSTRACIÓN APRENDIDA

Todo apunta en la misma dirección pero no se hace caso. Prácticamente no existe institución, pública o privada, en este país, que funcione como debe o se supone que debe de funcionar. En muchos casos los esfuerzos por hacer las cosas bien se estrellan con los imponderables de la corrupción, la inseguridad, la incertidumbre de no saber qué pasa cuando alguien sale de su casa o se queda en ella, cuando hay que circular por calles, avenidas, carreteras o autopistas esclerotizadas o a merced del más imprudente, más bestia o más pesado. O cuando se solicita un servicio que se cobra y nunca se proporciona; cuando se nos da gato por liebre en los litros de gasolina, en los kilogramos de lo que sea, en la confianza que se traiciona, en la buena fe que se toma por estupidez, en el supuesto amor que se transforma en violencia. En este México azotado por múltiples crisis que casi todos sentimos, pero que unos pocos se empeñan en negar, hasta al principal jerarca católico se le enmienda la plana. Todos estamos equivocados menos nuestra autista clase política, que incluye a las cúpulas partidistas, empresariales y religiosas. Cualquier región del mundo estaría sujeta a procedimientos anticorrupción radicales, allí están como ejemplos: Guatemala, Brasil, España, y casi cualquier país que tenga, todavía, una mínima capacidad de reacción y corrección, hasta la FIFA tiene que fingir que hace por algo por enmendarse. Pero aquí no. Será porque surtimos de mano de obra barata y dócil a la primera potencia económica del mundo, nuestro incómodo vecino del norte, que interesadamente decide quién sí y quién no, debe de corregir su descarado actuar. Prácticamente no hay organización, nacional o internacional, de promoción y protección a los derechos humanos que no esté denunciando, en todos los tonos y por todos los medios, lo que aquí padecemos cotidianamente. Afortunadamente no perdemos la capacidad de indignarnos, pero eso de poco sirve si no hay resultados. «Según cifras oficiales, de diciembre de 2006 a noviembre de 2012 se cometieron 102.696 homicidios en el país y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas hizo referencia a 151.233 hasta agosto de 2015. Aunque la cantidad anual de estos delitos se ha reducido desde 2013, la cifra sigue siendo alta. Al 30 de septiembre de 2015, el Estado mexicano reportaba 26.798 personas “no localizadas” o desaparecidas a nivel nacional, y en algunas entidades federativas existe una tendencia a la alza. […] Las falencias en las investigaciones sobre desapariciones son graves y múltiples. La actual crisis de graves violaciones de derechos humanos que atraviesa México es en parte consecuencia de la impunidad que persiste desde la “Guerra Sucia” y que ha propiciado su repetición hasta hoy en día. Muchos casos de desaparición no se denuncian debido a la desconfianza de los familiares en la capacidad de respuesta del Estado o su temor a sufrir represalias, y en los casos donde sí hay denuncia, la respuesta de las autoridades presenta graves deficiencias. En este contexto, en todos los lugares que la CIDH visitó durante su visita se reunió con víctimas, familiares y defensores, quienes describieron los obstáculos que han encontrado en su búsqueda de justicia y su desconfianza en las autoridades. Estas informaciones son consistentes con las investigaciones hechas por la CIDH en los últimos meses en México, así como con diversas fuentes nacionales e internacionales. Los hallazgos por los familiares de fosas con decenas de cadáveres resaltan que son ellos quienes ante la inoperancia del Estado, han asumido la búsqueda de sus seres queridos, mientras que las autoridades no cumplen con su deber de investigar, encontrar, identificar y entregar a las víctimas con debida diligencia como corresponde.» Situación de los derechos humanos en México. Comisión Interamericana de Derechos Humanos. http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/Mexico2016-es.pdf La desvergüenza se exhibe en los medios no domesticados, que gracias al internet y las redes sociales, son cada vez más y mejor informados. Pero la “verdad oficial” insiste en imponerse, en cercar a las voces disidentes, en señalarlas como alarmistas y falsas, en armar costosas campañas de desprestigio, en justificar los excesos y las corruptelas, en utilizar la “justicia” para victimizar, una y otra vez, a los que disienten y siguen señalando que nuestra situación no tiene nada de “normal”. No se tientan el corazón para utilizar toda la fuerza de este maltrecho Estado para reprimir y crear un ambiente de miedo, porque saben que el miedo paraliza, hasta que las cosas estallan: «Por otro lado, la práctica de la tortura es alarmante en México. El Estado mexicano informó que la Procuraduría General de la República (PGR) contaba, al mes de abril de 2015, con 2.420 investigaciones en trámite sobre tortura, y que existen sólo 15 sentencias condenatorias por este delito a nivel federal. La Comisión coincide con otros organismos internacionales al señalar que en México la tortura es generalizada, y se presenta frecuentemente entre el momento de una detención— que suele ser arbitraria—y antes de que la persona detenida sea puesta a disposición de un juez. La CIDH observa que incluso en la investigación de los hechos ocurridos en Iguala, uno de los asuntos de mayor perfil en materia de derechos humanos en los últimos años, el 77% de las personas investigadas mostraban lesiones corporales, un indicio, por lo menos, de la existencia de apremios ilegales y posibles torturas perpetradas en su contra. La Comisión ha constatado en terreno niveles críticos de impunidad y una atención inadecuada e insuficiente a las víctimas y familiares. La falta de acceso a la justicia ha creado una situación de impunidad de carácter estructural que tiene el efecto de perpetuar y en ciertos casos impulsar la repetición de las graves violaciones a los derechos humanos. Las amenazas, hostigamientos, asesinatos y desapariciones de personas que buscan verdad y justicia han generado un amedrentamiento en la sociedad mexicana, el cual la CIDH constató en reiterados testimonios de personas que no denuncian estas violaciones ante las autoridades por temor a represalias, generando un problema grave de sub-registro en las cifras oficiales. Las barreras en el acceso a la justicia, y la inoperancia en muchos casos con la impunidad resultante, han debilitado el Estado de Derecho y constituyen desafíos urgentes.» Hay muchos mexicanos que no caen en el letargo o están saliendo de él. Que no se “acostumbran” a ser siempre las víctimas de todas y cada una de las pequeñas o grandes cosas que no funcionan. Que saben que la solución no pasa por fugarse de una realidad apabullante, que no se cansan de exigir, denunciar, poner el ejemplo; que no pierden la esperanza y construyen espacios disfrutables, gratificantes, de confianza y certidumbre, a esos hay que apoyarlos, a los otros, condenarlos a cualquiera de los inframundos del desprecio y a la aplicación, tarde que temprano, de la justicia de a de veras. Estamos aprendiendo, otra vez, a dejar de ser los eternos frustrados.

domingo, 5 de julio de 2015

PERDER EL MIEDO

Semana de movilizaciones magisteriales, por fin los maestros queretanos se sacudieron el miedo y salieron a las calles, denunciaron y dejaron en claro que la mal llamada “reforma educativa” se está haciendo sin su participación, que están hartos de las campañas de desprestigio intencionadamente dirigidas desde las poderosas organizaciones empresariales que sólo buscan su particular beneficio, que ese rollo de utilizar el derecho de los niños a una educación de calidad es eso, puro rollo, puesto que ni siquiera saben dar una definición de “calidad” en la educación. Hay que insistir, lo que nuestro país necesita es una “revolución educativa”, que destine recursos a donde más se necesita para empezar a ser equitativa, que no vea como gasto susceptible de recortes continuos el acercamiento de las escuelas a las comunidades, que permita la diversidad de enfoques atendiendo al contexto sociocultural de los estudiantes, que considere un proyecto de país que no legitime y perpetúe las desigualdades sociales, que trabaje para hacer realidad los 58 derechos humanos considerados por la ONU a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y los convenios internacionales firmados por la mayoría de los países que lo integran. ¿Por qué no se educa de esa manera? Quizás la razón se encuentre en que de esos 58 derechos humanos, en México no se respetan 44 de ellos, y esa omisión está trabajando a favor de la desigualdad, de un sistema político y económico que concentra la riqueza despojando a millones del producto de su trabajo. Una educación que haga evidente lo anterior no conviene a nuestros políticos y empresarios. No es un invento, los datos de la desigualdad se encuentran en nuestras calles, en nuestras familias, en nuestras escuelas: “Nuestro país está inmerso en un ciclo vicioso de desigualdad, falta de crecimiento económico y pobreza. Siendo la decimocuarta economía del mundo, hay 53.3 millones de personas viviendo la pobreza. La desigualdad ha frenado el potencial del capital físico, social y humano de México; haciendo que en un país rico sigan persistiendo millones de pobres. ¿En dónde está esa riqueza mexicana? En términos de renta y capital, se encuentra concentrada en un grupo selecto de personas que se han beneficiado del poco crecimiento económico del que ha gozado México en las últimas dos décadas. Así, mientras el PIB per cápita crece a menos del 1% anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco.” Desigualdad Extrema en México. Concentración de poder económico y político, en www.oxfammexico.org La reforma educativa tan defendida por Mexicanos Primero oculta esa realidad. ¿Cómo tener una educación estandarizada y esperar los mismos resultados en el aprendizaje de nuestros niños y jóvenes en esas condiciones extremas? Lo primero es desviar la atención, denigrar a los maestros, decir que son flojos, no idóneos, faltistas, revoltosos, vándalos; en la misma línea hacer que los profesores se desquiten con sus alumnos, tacharlos de desinteresados, desmotivados, flojos, tramposos; seguir con los padres de familia y responsabilizarlos de no atender a sus hijos por preferir salir a trabajar que cuidarlos, atender que hagan tareas, que no salgan a las calles a adquirir vicios. Todos tenemos la culpa menos los gobernantes y legisladores que propician ese brutal desequilibrio en el reparto de la riqueza que producimos todos, como país. ¿De qué tamaño es el desastre provocado por la política económica que defiende nuestro gobierno, con el Pacto por México como mecanismo principal, con las cúpulas de los partidos políticos y los legisladores de por medio? Difícil calcularlo, la opacidad es una regla que siguen escrupulosamente, pero algo de lo mucho que tienen se alcanza a ver: “La obtención de datos oficiales de lo que ocurre en las clases más altas es cuasi imposible, de ahí que se recurra, por ejemplo, a las declaraciones fiscales. Así, de manera indirecta y por medio de métodos estadísticos, autores como Campos, Esquivel y Chávez (2014, 2015) han obtenido estimaciones de lo que sucede en ese México, podríamos decir, desconocido: al 1% más rico le corresponde un 21% de los ingresos totales de la nación. El Global Wealth Report 2014 señala, por su parte, que el 10% más rico de México concentra el 64.4% de toda la riqueza del país. Otro reporte de Wealth Insight afirma que la riqueza de los millonarios mexicanos excede y por mucho a las fortunas de otros en el resto del mundo. La cantidad de millonarios en México creció en 32% entre 2007 y 2012. En el resto del mundo y en ese mismo periodo, disminuyó un 0.3%.” El informe de Oxfam es abundante en datos, en cifras, en investigaciones; los resultados son atroces e indignantes: “El número de multimillonarios en México, no ha crecido mucho en los últimos años. Al día de hoy son sólo 16. Lo que sí ha aumentado y de qué forma es la importancia y la magnitud de sus riquezas. En 1996 equivalían a $25,600 millones de dólares; hoy esa cifra es de $142, 900 millones de dólares [...] Ésta es una realidad: en 2002, la riqueza de 4 mexicanos representaba el 2% del PIB; entre 2003 y 2014 ese porcentaje subió al 9%. Se trata de un tercio del ingreso acumulado por casi 20 millones de mexicanos [...] Para darnos una idea de la magnitud de la brecha en México veamos este ejemplo: para el año 2014, los cuatro principales multimillonarios mexicanos podrían haber contratado hasta 3 millones de trabajadores mexicanos pagándoles el equivalente a un salario mínimo, sin perder un solo peso de su riqueza [...] Las implicaciones de lo anterior no son sólo de índole social. Carlos Slim en la telefonía, Germán Larrea y Alberto Bailleres en la industria minera y Ricardo Salinas Pliego en TV Azteca, Iusacell y Banco Azteca. Los cuatro han hecho sus fortunas a partir de sectores privados, concesionados y/o regulados por el sector público. Estas élites han capturado al Estado mexicano, sea por falta de regulación o por un exceso de privilegios fiscales.” Ese es el retrato, incompleto, de un país que presume un conjunto de reformas que buscan apuntalar los privilegios de unos poquitos a costa de todos los demás. No buscan el desarrollo de todo el país, de todos los mexicanos, están detrás de lo que les falta por explotar, por despojar, por concentrar para seguir teniendo fortunas que no se pueden gastar en toda su vida ni en varias generaciones. Aquí es donde se desarrolla la batalla por una reforma educativa que oculte los efectos perversos de las desigualdades o que las denuncie y cierre la brecha entre los superricos y los mexicanos en pobreza extrema. Aquí está la pugna por una evaluación que haga que el estado se deshaga de sus responsabilidades con cientos de miles de trabajadores de la educación, que tenga pretextos para despedir sin respetar antigüedad, experiencia, jubilaciones y pensiones; o una evaluación de veras formativa que, sin temer a la diversidad de enfoques, priorice esos 58 derechos humanos que no pueden ser respetados con las desigualdades señaladas. Habría que aprovechar los datos disponibles para remediar lo retorcido. Como dice el prólogo del informe mencionado: “Es hora de cambiar las reglas del juego, tanto económicas como políticas, que benefician a unos cuantos. La desigualdad se puede revertir a partir de la colaboración entre actores políticos, sociedad civil y sector privado. México necesita un gran pacto nacional por la IGUALDAD en donde la acción de la ciudadanía es clave para la construcción de un Estado más eficaz. México necesita un Estado que trabaje para los muchos y no para los pocos, en donde se gaste con sentido en educación, salud y servicios básicos. Que impulse políticas para que las personas no trabajen para seguir siendo pobres, para que paguen más los que más tienen y para hacer un Estado más transparente […] Reducir la desigualdad en México tiene sentido para garantizar el futuro de todos.” Por eso los maestros, los médicos, los trabajadores siderúrgicos, los padres y familiares de los desaparecidos, los ciudadanos interesados están saliendo a las calles. Hay que perder el miedo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

EL MIEDO

“Se trata de perseverar en la vida, y el conservarse vuelca la potencia a las cirugías, los remedios, los leviatanes. Un incidente prominente puede volver a la gente más temerosa de lo justificado; la concentración de la atención en el caso resonante puede desplazar la atención por algo peor, descuidando la probabilidad, ya que el compromiso emotivo desplaza la investigación de la magnitud real del riesgo. […] El miedo se filtra, húmedo y ondulatorio, se disemina polvoriento, se corporiza en espectros, trasciende a la velocidad de la luz; el miedo une, crece y se hace creencia y sacramento, ya religión que hace a la polaridad grupal. Es lo inverso de un ágape insumiso. Los grupos, con más miedo que los individuos, se sumen en la liturgia de las tinieblas”. Claudio Martyniuk. FACTORES DE RIESGO. Un análisis desde la filosofía del derecho.

El miedo es canijo, paraliza, se incrementa, se vuelve irracional. El miedo tiene miedo de sentirse solo y convoca a otros peores que él, se socializa, impide pensar con claridad, apela a los instintos y, en el último de los casos, a las respuestas violentas.

El caso del secuestro más prominente del año, por la importancia del personaje involucrado, incrementó el miedo entre quienes se sienten naturalmente inmunes al riesgo, por el poder que concentran, por las seguridades que compran, por las lealtades que subordinan. Así es como se entienden las reacciones viscerales que mostraron los voceros oficiosos a las declaraciones del recién liberado, atribuyendo algunas razones ideológicas a su secuestro. Lo impensable estaba sucediendo, el camino sin retorno, la política sin alternativas, el modelo económico ineludible, el único mundo posible estaba siendo cuestionado en transmisión nacional; el miedo se incrementó según se comenzó a filtrar, en algunos medios de comunicación, el texto titulado “Epílogo de una desaparición” que intenta dar una explicación, desde dentro del grupo de secuestradores, a la elección de su víctima en turno; peor cuando se mencionan otros nombres. Entonces sí se desató la histeria hasta llegar a la ramita más alta de Los Pinos: es puro rollo, declaró su fugaz ocupante.

Los intentos por alcanzar una explicación no pueden comenzar por la descalificación a bote pronto, eso está bien para los grandes públicos, para los ciudadanos que no se percatan de que están siendo manipulados para que tengan las mismas reacciones de rechazo irracional de quienes sienten en peligro sus creencias más arraigadas en la conveniencia coyuntural. Lo que está pasando no tiene nada de novedoso, un grupo de secuestradores que pretende rebasar ese nivel y darle una base de inconformidad social a su comportamiento, o quizás sea al revés, de todas formas se apela a una forma diferente de ver y organizar el mundo para el hipotético beneficio de otros que no son los actuales poderosos. Allí reside su peligrosidad. Si en realidad ese grupo organizado pretende ser congruente con lo que declara es otra cosa que no depende más que de ellos. Lo que no sirve de nada, si en realidad queremos entender lo que pasa, es la reacción fácil y apanicada

Pensar que hay otras formas de organización social más justas, equitativas, plurales y tolerantes tampoco es novedoso, el riesgo es la utilización de métodos que exceden los cálculos de quienes concentran los beneficios de la actual. Mientras, lo que puede estar pasando, es que haya grupos organizados que piensen que no hay otra alternativa para darle una salida pacífica a sus reclamos, a sus necesidades, a sus pretendidas solidaridades; que estén llegando a pensar que el diseño institucional no sirve y no cambia para darle salida a los problemas personales, familiares y generacionales de millones de mexicanos. Si el sistema, por temor, termina cerrándose más, promoverá la aparición de este tipo de grupos que sumados a los problemas de inequidad, corrupción e impunidad que han hecho posible al neoliberalismo, condenarán a la pobreza a más millones de mexicanos.

¿Cómo entender la complejidad social si despreciamos las ciencias dedicadas a explicar y promover el entendimiento humano? No se puede, y sin embargo la tendencia a desaparecer el estudio de “las humanidades” está presente en nuestros centros de enseñanza. El analista Silva-Herzog Márquéz nos remite a una severa llamada de atención que otro investigador, inglés, Terry Eagleton, publicó el 17 de este mes en un artículo en The Guardian sobre este tema. Al autor le parece impensable que existan universidades que excluyan a las humanidades y las artes de sus programas de estudio en todas las carreras y disciplinas, pero así como el miedo se filtra, algunas nefastas ideas también, por ejemplo: “Los hombres de a deveras estudian leyes e ingeniería, mientras el estudio de los valores y las ideas son para afeminados… (pero) Las humanidades deben constituir el corazón de cualquier universidad que se precie de tener tal nombre. El estudio de la historia y filosofía, acompañadas de conocimientos en arte y literatura, deben ser también para abogados e ingenieros, así como para aquellos que estudian en facultades dedicadas a las artes”. ¿qué diría Eagleton si supiera del invento mexicano de las “universidades tecnológicas”. Por eso somos tan fácilmente manipulables.