“Se trata de perseverar en la vida, y el conservarse vuelca la potencia a las cirugías, los remedios, los leviatanes. Un incidente prominente puede volver a la gente más temerosa de lo justificado; la concentración de la atención en el caso resonante puede desplazar la atención por algo peor, descuidando la probabilidad, ya que el compromiso emotivo desplaza la investigación de la magnitud real del riesgo. […] El miedo se filtra, húmedo y ondulatorio, se disemina polvoriento, se corporiza en espectros, trasciende a la velocidad de la luz; el miedo une, crece y se hace creencia y sacramento, ya religión que hace a la polaridad grupal. Es lo inverso de un ágape insumiso. Los grupos, con más miedo que los individuos, se sumen en la liturgia de las tinieblas”. Claudio Martyniuk. FACTORES DE RIESGO. Un análisis desde la filosofía del derecho.
El miedo es canijo, paraliza, se incrementa, se vuelve irracional. El miedo tiene miedo de sentirse solo y convoca a otros peores que él, se socializa, impide pensar con claridad, apela a los instintos y, en el último de los casos, a las respuestas violentas.
El caso del secuestro más prominente del año, por la importancia del personaje involucrado, incrementó el miedo entre quienes se sienten naturalmente inmunes al riesgo, por el poder que concentran, por las seguridades que compran, por las lealtades que subordinan. Así es como se entienden las reacciones viscerales que mostraron los voceros oficiosos a las declaraciones del recién liberado, atribuyendo algunas razones ideológicas a su secuestro. Lo impensable estaba sucediendo, el camino sin retorno, la política sin alternativas, el modelo económico ineludible, el único mundo posible estaba siendo cuestionado en transmisión nacional; el miedo se incrementó según se comenzó a filtrar, en algunos medios de comunicación, el texto titulado “Epílogo de una desaparición” que intenta dar una explicación, desde dentro del grupo de secuestradores, a la elección de su víctima en turno; peor cuando se mencionan otros nombres. Entonces sí se desató la histeria hasta llegar a la ramita más alta de Los Pinos: es puro rollo, declaró su fugaz ocupante.
Los intentos por alcanzar una explicación no pueden comenzar por la descalificación a bote pronto, eso está bien para los grandes públicos, para los ciudadanos que no se percatan de que están siendo manipulados para que tengan las mismas reacciones de rechazo irracional de quienes sienten en peligro sus creencias más arraigadas en la conveniencia coyuntural. Lo que está pasando no tiene nada de novedoso, un grupo de secuestradores que pretende rebasar ese nivel y darle una base de inconformidad social a su comportamiento, o quizás sea al revés, de todas formas se apela a una forma diferente de ver y organizar el mundo para el hipotético beneficio de otros que no son los actuales poderosos. Allí reside su peligrosidad. Si en realidad ese grupo organizado pretende ser congruente con lo que declara es otra cosa que no depende más que de ellos. Lo que no sirve de nada, si en realidad queremos entender lo que pasa, es la reacción fácil y apanicada
Pensar que hay otras formas de organización social más justas, equitativas, plurales y tolerantes tampoco es novedoso, el riesgo es la utilización de métodos que exceden los cálculos de quienes concentran los beneficios de la actual. Mientras, lo que puede estar pasando, es que haya grupos organizados que piensen que no hay otra alternativa para darle una salida pacífica a sus reclamos, a sus necesidades, a sus pretendidas solidaridades; que estén llegando a pensar que el diseño institucional no sirve y no cambia para darle salida a los problemas personales, familiares y generacionales de millones de mexicanos. Si el sistema, por temor, termina cerrándose más, promoverá la aparición de este tipo de grupos que sumados a los problemas de inequidad, corrupción e impunidad que han hecho posible al neoliberalismo, condenarán a la pobreza a más millones de mexicanos.
¿Cómo entender la complejidad social si despreciamos las ciencias dedicadas a explicar y promover el entendimiento humano? No se puede, y sin embargo la tendencia a desaparecer el estudio de “las humanidades” está presente en nuestros centros de enseñanza. El analista Silva-Herzog Márquéz nos remite a una severa llamada de atención que otro investigador, inglés, Terry Eagleton, publicó el 17 de este mes en un artículo en The Guardian sobre este tema. Al autor le parece impensable que existan universidades que excluyan a las humanidades y las artes de sus programas de estudio en todas las carreras y disciplinas, pero así como el miedo se filtra, algunas nefastas ideas también, por ejemplo: “Los hombres de a deveras estudian leyes e ingeniería, mientras el estudio de los valores y las ideas son para afeminados… (pero) Las humanidades deben constituir el corazón de cualquier universidad que se precie de tener tal nombre. El estudio de la historia y filosofía, acompañadas de conocimientos en arte y literatura, deben ser también para abogados e ingenieros, así como para aquellos que estudian en facultades dedicadas a las artes”. ¿qué diría Eagleton si supiera del invento mexicano de las “universidades tecnológicas”. Por eso somos tan fácilmente manipulables.
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jueves, 23 de diciembre de 2010
viernes, 5 de noviembre de 2010
CHANTAJE Y ADAPTACIÓN
La raíz del capitalismo no es el robo: es el chantaje. Gerard Allan Cohen en Rescatando la Justicia y la Igualdad.
Cohen, el gran pensador canadiense que muriera este año, llega a esa conclusión después de haber examinado las raíces y consecuencias de la crisis económica de la que supuestamente, según el discurso oficial, ya nos estamos recuperando. A todos se nos ha hecho creer que privilegiar a los ricos debe tener consecuencias benéficas para todos, incluidos los más pobres. Las reformas neoliberales que incluyen el desmantelamiento del Estado de bienestar y su entrega a las grandes corporaciones empresariales, se basan en un argumento simple y al mismo tiempo falso, tan es así que tuvo que ser construido y promovido durante años hasta su aplicación con Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en los Estados Unidos: “El argumento para la reforma se basaba, precisamente, en la mecánica de los incentivos: el enriquecimiento de unos conduciría a la mejora de todos, incluso de los más pobres”. Es algo así como la teoría de la “mancha de aceite” que quedó en una metáfora desafortunada, se decía que la sociedad de un país era algo así como una servilleta, que la riqueza que se concentraba en un punto sería como una mancha de aceite que entre más se concentraba más se extendía hasta que, a final de cuentas y de forma “natural”, toda la servilleta quedaría empapada. Las manchas de aceite serían esa riqueza social, producida por todos, concentrada en pocas manos que las fuerzas del mercado (la porosidad de la servilleta), harían que se fueran extendiendo hacia todos los demás. Con lo que esta teoría no contó, por lo menos en su versión para el gran público, es que el sistema neoliberal sí provoca la acumulación de riqueza, pero no su reparto, porque esos ricos se alimentan del resto de la sociedad a la que supuestamente deben servir.
Para Cohen: “la lógica del incentivo es perversa. Si quieres el beneficio de los pobres, permite y alienta el enriquecimiento de los más ricos. Bajo la carátula del interés común, el beneficio de unos pocos.”
El colmo es estar viendo cómo ese neoliberalismo tramposo sigue engañándonos con todo y sus terribles resultados, por ejemplo, el francés Robert Castel propone que lo único que hay que hacer es adaptarse sin discutir, con claridad alcanza a ver que lo que está ocurriendo con la liberalización de las condiciones laborales y el ataque a los sindicatos es que: “En lugar de una transición hacia el empleo duradero con frecuencia se observa el pasaje de una pasantía a otra o de un contrato asistido hacia otro contrato asistido o un empleo de duración limitada, con el intervalo de períodos más o menos largos de inactividad, soportados gracias a un poco de ayuda social, un poco de ayuda familiar cuando existe, y a veces también algunas actividades delictivas". Sin embargo, al sociólogo francés parece que se le olvida algo que para otros, como a Ismael Bermúdez en la Revista Ñ, es evidente: “los Estados llamados a cumplir este rol no sólo no fueron ajenos a la enorme degradación social que describe sino sus promotores, luego de haberse devorado los fondos que debían servir para financiar el Estado de Bienestar. Ahora esos Estados están en bancarrota fiscal por los niveles de endeudamiento que debieron asumir para rescatar a los grandes grupos económicos y al sistema financiero, al mismo tiempo que pretenden descargar esos déficits achicando salarios y jubilaciones, elevando la edad jubilatoria, mientras el desempleo vuelve a trepar a tasas de dos dígitos”.
Con todo, en los medios de comunicación sigue ganando terreno la idea de que es mejor seguir con un proceso de reforma que provoca lo contrario de lo que ofrece, así, la culpa del cierre de empresas como Mexicana no es de una administración ineficiente y tramposa, sino de los trabajadores porque “ganan mucho”; por eso también, la decisión de no rescatar a los mineros de Pasta de Conchos no tuvo que ver con cuestiones de humanitarismo y solidaridad elementales, sino por los costos para la empresa que se presumían cuantiosos aunque nada comparables a sus ganancias. Lo mismo está sucediendo con la reforma laboral impulsada por el presidente francés Sarkozy, que así como lo hizo ya el derechista régimen mexicano, pretende incrementar la edad de jubilación de obreros y trabajadores para mantener intocados los privilegios de sus grupos empresariales.
En fin, dos puntos de vista diametralmente opuestos, Cohen en el rescate de esa solidaridad, la justicia y por una sociedad menos desigual, Castel por la simple adaptación a un sistema económico irracional. La polémica está viva en nuestros medios de comunicación y en la opinión pública que inducen.
Cohen, el gran pensador canadiense que muriera este año, llega a esa conclusión después de haber examinado las raíces y consecuencias de la crisis económica de la que supuestamente, según el discurso oficial, ya nos estamos recuperando. A todos se nos ha hecho creer que privilegiar a los ricos debe tener consecuencias benéficas para todos, incluidos los más pobres. Las reformas neoliberales que incluyen el desmantelamiento del Estado de bienestar y su entrega a las grandes corporaciones empresariales, se basan en un argumento simple y al mismo tiempo falso, tan es así que tuvo que ser construido y promovido durante años hasta su aplicación con Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en los Estados Unidos: “El argumento para la reforma se basaba, precisamente, en la mecánica de los incentivos: el enriquecimiento de unos conduciría a la mejora de todos, incluso de los más pobres”. Es algo así como la teoría de la “mancha de aceite” que quedó en una metáfora desafortunada, se decía que la sociedad de un país era algo así como una servilleta, que la riqueza que se concentraba en un punto sería como una mancha de aceite que entre más se concentraba más se extendía hasta que, a final de cuentas y de forma “natural”, toda la servilleta quedaría empapada. Las manchas de aceite serían esa riqueza social, producida por todos, concentrada en pocas manos que las fuerzas del mercado (la porosidad de la servilleta), harían que se fueran extendiendo hacia todos los demás. Con lo que esta teoría no contó, por lo menos en su versión para el gran público, es que el sistema neoliberal sí provoca la acumulación de riqueza, pero no su reparto, porque esos ricos se alimentan del resto de la sociedad a la que supuestamente deben servir.
Para Cohen: “la lógica del incentivo es perversa. Si quieres el beneficio de los pobres, permite y alienta el enriquecimiento de los más ricos. Bajo la carátula del interés común, el beneficio de unos pocos.”
El colmo es estar viendo cómo ese neoliberalismo tramposo sigue engañándonos con todo y sus terribles resultados, por ejemplo, el francés Robert Castel propone que lo único que hay que hacer es adaptarse sin discutir, con claridad alcanza a ver que lo que está ocurriendo con la liberalización de las condiciones laborales y el ataque a los sindicatos es que: “En lugar de una transición hacia el empleo duradero con frecuencia se observa el pasaje de una pasantía a otra o de un contrato asistido hacia otro contrato asistido o un empleo de duración limitada, con el intervalo de períodos más o menos largos de inactividad, soportados gracias a un poco de ayuda social, un poco de ayuda familiar cuando existe, y a veces también algunas actividades delictivas". Sin embargo, al sociólogo francés parece que se le olvida algo que para otros, como a Ismael Bermúdez en la Revista Ñ, es evidente: “los Estados llamados a cumplir este rol no sólo no fueron ajenos a la enorme degradación social que describe sino sus promotores, luego de haberse devorado los fondos que debían servir para financiar el Estado de Bienestar. Ahora esos Estados están en bancarrota fiscal por los niveles de endeudamiento que debieron asumir para rescatar a los grandes grupos económicos y al sistema financiero, al mismo tiempo que pretenden descargar esos déficits achicando salarios y jubilaciones, elevando la edad jubilatoria, mientras el desempleo vuelve a trepar a tasas de dos dígitos”.
Con todo, en los medios de comunicación sigue ganando terreno la idea de que es mejor seguir con un proceso de reforma que provoca lo contrario de lo que ofrece, así, la culpa del cierre de empresas como Mexicana no es de una administración ineficiente y tramposa, sino de los trabajadores porque “ganan mucho”; por eso también, la decisión de no rescatar a los mineros de Pasta de Conchos no tuvo que ver con cuestiones de humanitarismo y solidaridad elementales, sino por los costos para la empresa que se presumían cuantiosos aunque nada comparables a sus ganancias. Lo mismo está sucediendo con la reforma laboral impulsada por el presidente francés Sarkozy, que así como lo hizo ya el derechista régimen mexicano, pretende incrementar la edad de jubilación de obreros y trabajadores para mantener intocados los privilegios de sus grupos empresariales.
En fin, dos puntos de vista diametralmente opuestos, Cohen en el rescate de esa solidaridad, la justicia y por una sociedad menos desigual, Castel por la simple adaptación a un sistema económico irracional. La polémica está viva en nuestros medios de comunicación y en la opinión pública que inducen.
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