“Un especialista es una persona encerrada dentro de un saber que lo incomunica con los demás. Un mundo de especialistas es un mundo de autómatas que sólo saben de su campo, pero nada de lo demás. Eso produce que la sociedad se fragmente en islotes de seres incomunicados” Mario Vargas Llosa. Conferencia Magistral Poder y Educación Superior, Universidad Autónoma Metropolitana, 02 de Marzo del 2011.
La cultura occidental registra, al menos, tres intentos para interpretar la realidad como un todo, no como múltiples pedacitos que, sumados, constituirían ese entorno que nos rodea y determina. Los primeros fueron los filósofos griegos, tanto idealistas como materialistas concebían a la filosofía como ese intento por abarcar lo posible a través del pensamiento y la experimentación, después los renacentistas, los grandes artistas cuyo ejemplo fue Leonardo Da Vinci que también fueron inventores y dominaban, más que sus contemporáneos, los diferentes campos del conocimiento; una tercera es el marxismo, que se vuelve a poner “de moda” con las recientes y recurrentes crisis del modelo neoliberal.
Pero han habido otros intentos, más locales y seguramente menos exitosos hasta el momento, pero que apuntan en la misma dirección que señala, sin ser el primero ni el más original, el premio Nobel de literatura nacido en Perú.
Uno de ellos aprovechó la coyuntura de la necesidad de desconcentrarse de la UNAM a principios de los años 70 del siglo pasado. Con la fundación de las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEP’s) fuera de la Ciudad Universitaria, hubo espacio para que algunas de las carreras intentaran volver a esa visión integral del conocimiento, fue el caso de la carrera de Psicología en la ENEP-Iztacala, donde su diseño curricular preveía que las diferentes “especialidades” fueran llevadas, en teoría y práctica, dentro de la misma licenciatura, rompiendo con el modelo de “especialización” tan en boga desde hace mucho tiempo.
Para Vargas Llosa el problema reside en que: “La cultura de nuestro tiempo ha identificado a la felicidad con el éxito económico, lo cual es una gran mentira”. Según la nota de Ángel Vargas en La Jornada, el antídoto se podría resumir así: “El verdadero éxito en una sociedad consiste en reducir al máximo la infelicidad humana y preparar lo mejor posible a los individuos para enfrentar las adversidades y los infortunios que se le presentan en la vida cotidiana… Un mundo en el que la mayor cantidad de gente haga lo que quiera será un mundo en el que privará menos la infelicidad”.
“Debemos hacer de la cultura un atractivo estilo de vida”, ahora la cita es de Héctor Zagal en el diario Reforma del 27 de Febrero de este año. Para ampliar nuestros horizontes mentales, para trascender nuestras miserias, para encontrar alternativas a un mundo de violencia. “La política cultural debe formar parte de la estrategia en el combate contra el narcotráfico. La promoción de alternativas de vida como la cultura es necesaria para prevenir la violencia. Si no lo hacemos, se malgastará el dinero de nuestros impuestos y, sobre todo, seguirá la descomposición del Estado”. Pero el contexto no es nada favorable, Zagal recupera los datos, catastróficos, de la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumos Culturales levantada apenas el año pasado, donde se encuentra que: “el 79 por ciento de los mexicanos no compró libros por motivos ajenos a la profesión o los estudios. No hallamos gusto alguno por la lectura. El gasto lo refleja contundentemente: el 72 por ciento de los mexicanos no gastó un centavo en la compra de libros durante los últimos 12 meses. Preferimos gastar en refrescos, celulares, cigarros y alcohol, no en libros”. Y es que el mejor vehículo cultural siguen siendo los libros y su lectura, pero no los técnicos, los de texto o los de autoayuda, sí los de literatura, los que crean y recrean el lenguaje que nos sirve para apropiarnos del mundo y de nuestra realidad, los que expresan lo que nos hace falta expresar, los que nos sirven para transformarnos y cambiar nuestra vida y nuestro tiempo.
El resto de los datos de la encuesta deja pocos resquicios para el optimismo, sin embargo hay que hacerlo, las ferias del libro, los intentos permanentes de libreros y de algunos maestros por remar contra la corriente y lograr estudiantes lectores, las reflexiones escritas o en voz alta algo influyen. “Necesitamos algo más que policías y metralletas. Hace falta aprender a disfrutar la cultura”. Quizás con eso, y regresamos con Vargas Llosa, podamos ser menos infelices.
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viernes, 4 de marzo de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
SINSENTIDO

“Eleuterio Zamanillo Noriega, representante en Querétaro de la Secretaría de Educación Pública (SEP), reveló que estudiantes de secundaria y bachillerato reprueban exámenes porque no saben escribir o simplemente no comprenden las indicaciones o preguntas citadas en las pruebas de conocimiento.” Héctor Ayala/Diario de Querétaro 18 de enero de 2011.
La declaración anterior es importante, quien la hizo no es ningún improvisado, tiene muchos años en nuestro estado y conoce bien el sistema educativo local y nacional, que siendo fundamentalmente iguales tienen diferencias propias de su contexto histórico y social. Por eso es normal que provoque respuestas, algunas apuntarán a desacreditar lo dicho, otras a reprochar la falta de soluciones, las “automáticas” a querer negar lo expresado. Pero no se debe ni puede ignorar.
En una nota fechada al día siguiente de la primera, Salvador Castillo en www.magazinedequeretaro.com recoge la respuesta de la instancia local educativa: “Los estudiantes de nivel secundaria son los mejor evaluados a nivel nacional y figuran entre los primeros lugares en las materias de español y matemáticas”, manifestó el Coordinador General de USEBEQ, Jaime Escobedo Rodríguez, luego de las declaraciones del Delegado de la SEP en Querétaro, Eleuterio Zamanillo Noriega, señalando que los estudiantes de secundaria no tienen las capacidades suficientes de comprensión de textos, ni son capaces de plasmar con claridad sus ideas por escrito […]Jaime Escobedo, reviró contra el delegado y le hizo un llamado para que tuviera más cuidado con las declaraciones que emitía, pues afirmó, no se puede hablar de manera superficial, ni personal, de cuestiones tan delicadas como el desempeño académico de los estudiantes queretanos. Asimismo, el Coordinador de la USEBEQ, defendió el nivel magisterial de los docentes, declarando que el estado es uno de los que mayor presupuesto contempla para estímulos a profesores”. Si bien las aclaraciones son válidas, estas también requieren de algunos ajustes; primero se parte de una premisa falsa, el tener un presupuesto “mayor” al de otros estados para estímulos a profesores no garantiza la calidad de los mismos, por una razón muy simple, se premia la meritocracia, la asistencia a cursos, los diplomados, la obtención de grados, pero no el desempeño en el aula y el aprendizaje de los alumnos, a menos que se tome un indicador como ENLACE y se considere meritorio que haya otros estados con peores calificaciones, que es lo que se está haciendo. No se premian los buenos resultados, sino los menos malos. Segundo, se descarta la experiencia personal para hablar sobre esos temas, pero entonces ¿desde dónde comenzamos? Por cierto, hasta el momento de escribir este texto ningún funcionario del COBAQ o de las preparatorias de la UAQ ha dicho nada al respecto.
Meto mi cuchara y pongo en juego mi experiencia. Lo que ha visto y preocupa es que cada semestre se incrementa el número y porcentaje de reprobación en el nivel medio (preparatorias y bachilleratos); que si bien el aprendizaje, la comprensión y los hábitos de lectura y escritura de los adolescentes que logran entrar a ese nivel ya vienen determinados por los anteriores (preescolar, primaria y secundaria), quizás la última oportunidad para establecerlos o incrementarlos es el medio superior y allí se nota, cada vez más, lo que advierte el Dr. Zamanillo.
La respuesta de los docentes es decir que los alumnos son cada generación más flojos, que no les interesa su progreso académico, que están desmotivados, que las familias y los niveles anteriores no cumplen con su cometido, pero hay algo que estamos pasando por alto, que todo lo anterior puede tener como antecedente la impotencia. El querer aprender, querer comprender y no poder ninguna de las dos cosas. La impotencia que amarga el carácter, que destruye las buenas actitudes, que provoca rechazo, que vuelve inútil la atención y el esfuerzo cotidiano. ¿Para qué hacer tareas y trabajos que resultan incomprensibles? ¿Para qué poner atención a algo que no se entiende? ¿Para qué esforzarse por una calificación que no significa nada? La impotencia también se aprende y esa sí la enseñamos muy bien.
El gusto por ir a la escuela, cuando existe, está basado en el encuentro con los amigos, en la posibilidad de conseguir novi@, en el compartir las primeras adicciones –al tabaco y el alcohol para empezar, a las drogas duras y al sexo para terminar--, en el saber que hay otros igual de frustrados que uno, en el identificar al enemigo común: los profesores. En cada vez más pocos existe el gusto por comprender el mundo que nos rodea, por aprender lo que las generaciones anteriores han descubierto, por colaborar en el incremento de ese bagaje cultural y científico que hemos heredado, por encontrar las claves para disfrutar la vida. Los seres humanos, lo han dicho muchos y lo repitió Vargas Llosa en su discurso después de recibir el premio Nobel de literatura: “Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.” Pues vamos en sentido contrario y la única forma que muchos muchachos están encontrando para intentar escapar a esa supervivencia y a los “quehaceres embrutecedores” son las adicciones y sus amargas consecuencias que incluyen, a los efectos ya conocidos, las enfermedades tempranas y crónicas, los embarazos en niñas y adolescentes. No es solo un problema de rendimiento escolar, de reprobación o deserción, es el encontrarle sentido a la vida.
sábado, 8 de enero de 2011
SUPERSTICIOSOS
“Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.” Mario Vargas Llosa, fragmento del discurso para agradecer el premio Nobel de Literatura 2010.
Porque somos mortales usamos la imaginación para vivir más de lo que nuestro cuerpo nos permite, por eso creamos el arte y la literatura, por eso, dice Vargas Llosa, existe el espíritu crítico, el que nos hace avanzar porque nos rebela contra las insuficiencias de esta, nuestra vida.
Finalizar un año y comenzar otro es arbitrario, es más el deseo de que algunas cosas tengan término y se puedan olvidar, que un verdadero dique contra los infortunios. Con el año nuevo creemos que todo puede ir mejor porque es así: nuevo. Porque no tiene las manchas que acumularon los 365 días anteriores.
Ese comportamiento, más supersticioso que racional, puede servir al menos para reflexionar en lo que está mal o nos incomoda, para plantear cambios necesarios que podrían iniciarse en cualquier momento pero que aprovechan una fecha o momento de la historia personal y colectiva que parece propicio. No por nada la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México 2009, que elaboraron el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), nos muestra como lo que somos: supersticiosos, poco racionales. Según los datos de la misma el 83.6% de los mexicanos reconocen que “confiamos demasiado en la fe y muy poco en la ciencia”. Somos un pueblo de muchas creencias y pocas realidades, por eso nos manipulan y se ríen de nosotros, porque lo permitimos.
Rosaura Ruiz, entrevistada por el diario El Universal, directora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias, afirma que “no es posible que ante los avances tecnológicos y de la ciencia que nos brinda el siglo XXI, en México, la población tenga como opciones, para resolver sus problemas, a los horóscopos, la magia, los números de la suerte, la lectura del café, o a señoras que salen en la televisión o brindan sus servicios por teléfono para resolver lo mismo problemas de amor que de empleo o salud. Esto puede causar risa, pero es desesperante y grave para el desarrollo nacional”.
No es lo mismo el imaginar y el saber, que el creer ciegamente en lo que otros dicen nada más porque lo dicen, porque debemos tenerlos como privilegiados en conocer cosas que para los demás están ocultas. La imaginación y los conocimientos se comparten, forman parte de nuestra forma de ver el mundo, de interpretarlo, de transformarlo. Lo otro es para encubrir el conformismo, el pensar que las cosas por sí solas mejoran o empeoran sin que tengamos nada que ver con ello. Creer ciegamente anula la voluntad y niega la libertad.
Por ejemplo, creer que disminuyendo la edad para castigar las conductas inadecuadas de jóvenes y niños va a arreglar ese problema, es creer en la magia de los números o de las leyes. Especificar una edad de 18 años para considerar que alguien es plenamente responsable de sus actos tiene fundamentos que van más allá de la numerología. 18 años es el tiempo que una sociedad se da para educar a sus miembros más jóvenes, para que estos conozcan sobre la necesidad de llevar una coexistencia pacífica, que les corresponden derechos que conllevan obligaciones, para enseñarlos a hacer juicios morales y que sepan diferenciar lo que está bien de lo que está mal en situaciones reales, cotidianas, propias. El saber que hacer o no hacer tiene consecuencias agradables o no. No solo educa la escuela, también la familia, la iglesia, los medios de comunicación, las ciudades, todo lo que nos rodea y el universo que llevamos dentro. Reconocer que cada vez más niños y jóvenes se sienten atraídos por comportamientos antisociales es reconocer que como sociedad no funcionamos, que estamos derrotados y entonces, para purificar nuestras culpas, sólo se nos ocurre castigarlos en lugar de proponer y llevar a la práctica un rediseño social. Y es que, de hacer esto último, los que disfrutan de privilegios, de impunidades y corrupciones serían los primeros afectados y eso no están dispuestos a permitirlo. No se vale castigar a seres humanos en formación inicial sin pensar en elevar las penalidades de aquellos que, siendo mayores de edad y sabiendo lo que están haciendo, se benefician de la actividad de esos menores que por lo mismo son más vulnerables a presiones externas.
El espacio se acaba y apenas dio para esbozar algunas ideas. Eso no es culpa del año nuevo, porque, no hay que olvidarlo, es de mala suerte ser supersticioso.
Porque somos mortales usamos la imaginación para vivir más de lo que nuestro cuerpo nos permite, por eso creamos el arte y la literatura, por eso, dice Vargas Llosa, existe el espíritu crítico, el que nos hace avanzar porque nos rebela contra las insuficiencias de esta, nuestra vida.
Finalizar un año y comenzar otro es arbitrario, es más el deseo de que algunas cosas tengan término y se puedan olvidar, que un verdadero dique contra los infortunios. Con el año nuevo creemos que todo puede ir mejor porque es así: nuevo. Porque no tiene las manchas que acumularon los 365 días anteriores.
Ese comportamiento, más supersticioso que racional, puede servir al menos para reflexionar en lo que está mal o nos incomoda, para plantear cambios necesarios que podrían iniciarse en cualquier momento pero que aprovechan una fecha o momento de la historia personal y colectiva que parece propicio. No por nada la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México 2009, que elaboraron el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), nos muestra como lo que somos: supersticiosos, poco racionales. Según los datos de la misma el 83.6% de los mexicanos reconocen que “confiamos demasiado en la fe y muy poco en la ciencia”. Somos un pueblo de muchas creencias y pocas realidades, por eso nos manipulan y se ríen de nosotros, porque lo permitimos.
Rosaura Ruiz, entrevistada por el diario El Universal, directora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias, afirma que “no es posible que ante los avances tecnológicos y de la ciencia que nos brinda el siglo XXI, en México, la población tenga como opciones, para resolver sus problemas, a los horóscopos, la magia, los números de la suerte, la lectura del café, o a señoras que salen en la televisión o brindan sus servicios por teléfono para resolver lo mismo problemas de amor que de empleo o salud. Esto puede causar risa, pero es desesperante y grave para el desarrollo nacional”.
No es lo mismo el imaginar y el saber, que el creer ciegamente en lo que otros dicen nada más porque lo dicen, porque debemos tenerlos como privilegiados en conocer cosas que para los demás están ocultas. La imaginación y los conocimientos se comparten, forman parte de nuestra forma de ver el mundo, de interpretarlo, de transformarlo. Lo otro es para encubrir el conformismo, el pensar que las cosas por sí solas mejoran o empeoran sin que tengamos nada que ver con ello. Creer ciegamente anula la voluntad y niega la libertad.
Por ejemplo, creer que disminuyendo la edad para castigar las conductas inadecuadas de jóvenes y niños va a arreglar ese problema, es creer en la magia de los números o de las leyes. Especificar una edad de 18 años para considerar que alguien es plenamente responsable de sus actos tiene fundamentos que van más allá de la numerología. 18 años es el tiempo que una sociedad se da para educar a sus miembros más jóvenes, para que estos conozcan sobre la necesidad de llevar una coexistencia pacífica, que les corresponden derechos que conllevan obligaciones, para enseñarlos a hacer juicios morales y que sepan diferenciar lo que está bien de lo que está mal en situaciones reales, cotidianas, propias. El saber que hacer o no hacer tiene consecuencias agradables o no. No solo educa la escuela, también la familia, la iglesia, los medios de comunicación, las ciudades, todo lo que nos rodea y el universo que llevamos dentro. Reconocer que cada vez más niños y jóvenes se sienten atraídos por comportamientos antisociales es reconocer que como sociedad no funcionamos, que estamos derrotados y entonces, para purificar nuestras culpas, sólo se nos ocurre castigarlos en lugar de proponer y llevar a la práctica un rediseño social. Y es que, de hacer esto último, los que disfrutan de privilegios, de impunidades y corrupciones serían los primeros afectados y eso no están dispuestos a permitirlo. No se vale castigar a seres humanos en formación inicial sin pensar en elevar las penalidades de aquellos que, siendo mayores de edad y sabiendo lo que están haciendo, se benefician de la actividad de esos menores que por lo mismo son más vulnerables a presiones externas.
El espacio se acaba y apenas dio para esbozar algunas ideas. Eso no es culpa del año nuevo, porque, no hay que olvidarlo, es de mala suerte ser supersticioso.
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