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viernes, 2 de agosto de 2013

CONTEO MACABRO

“Durante el gobierno de Enrique Peña Nieto -desde diciembre que tomó posesión hasta el final de junio pasado- han ocurrido al menos 7 mil 119 asesinatos en diferentes hechos violentos, según cifras de la Secretaría de Gobernación.” La Jornada 12 de Julio del 2013. Desaparecer la violencia de los discursos no la ha evitado, las mismas cifras oficiales indican que está desbocada, que se está volviendo la manera “natural” de imponerse en grupos sociales ligados a actividades abiertamente ilegales. Malo que las cifras macabras no disminuyan, por lo menos no a un nivel mucho menor, digno de una sociedad que se precie de ser democrática, apegada a acuerdos de convivencia pacífica. Ya la semana pasada citábamos al especialista Carlos Montemayor quien develaba la mañosa estrategia en la guerra contra el crimen organizado: solo se atacan los segmentos más débiles, donde están los deshechables, los que tienen que ver con el descontrol de los grupos de sicarios, con las venganzas, con la barbarie que aterroriza, pero se olvidan o se dejan de lado los que tienen que ver con el control territorial de zonas indispensables para el cultivo, el procesamiento, el trasiego de precursores químicos traídos por toneladas del extranjero; la necesaria relación perversa y cómplice con autoridades ejecutivas, judiciales y policiales, con banqueros y empresarios que “lavan” el dinero, que crean empresas fantasma para entrar a los circuitos financieros, de eso nada. ¿Alguien recuerda que el tema de los narcolaboratorios encontrados en, al menos, dos zonas industriales queretanas, apareciera en alguno de los informes de gobierno, en algún boletín de prensa donde se identificara algún responsable siquiera de mediano calibre? Pero además “desaparecen” a las víctimas, a los miles de ciudadanos extorsionados, “levantados”, secuestrados, mutilados, esos “daños colaterales” que a los sinvergüenzas les parecen una simple consecuencia de sus hazañas guerreras. En las discusiones del Pacto por México no aparecen, no hay nada que revele la mínima preocupación por rescatar sus historias, siquiera sus nombres y edades. El memorial calderonista quedó como una burla más de un presidente cínico y desbordado. La mejor forma de hacer ese fallido acto de ilusionismo, desaparecer a las víctimas, es convertirlas en simples cifras, en estadísticas de nota roja que por su cuantía saltan a las primeras planas salpicándolo todo. Hay que recuperar la indignación que produce el horror de saber, como lo consigna la nota de Juan Carlos Miranda del 31 de julio del año que transcurre, en el diario La Jornada, que: “El número de homicidios en México subió casi 150 por ciento en el sexenio de Felipe Calderón, en cuyo último año de gobierno se cometieron 71 asesinatos diarios, revelan datos preliminares del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). La dependencia informó que en 2012 se cometieron en México 26 mil 37 homicidios, la segunda cifra más alta registrada en el país desde 1990 (último año del que ofreció datos el Inegi), tan sólo ubicada por debajo de la que se documentó en 2011, que fue de 27 mil 213 muertes violentas.” Pero los esfuerzos interesadamente incompletos, los malos resultados no se agotan en sí mismos, producen nuevas formas de lastimar a una sociedad agraviada, allí está la trata de niños y mujeres, principalmente, con fines de comercio y explotación sexual; nuevas formas de esclavitud que se aprovecha de los migrantes, de los pobres, de la precarización laboral. Habrá que denunciarlos para prevenir que sucedan más casos. Existen intentos dignos por darles voz a esas víctimas, regresarlas del injusto olvido, allí están poblando las redes sociales, en las valientes investigaciones de periodistas que no se han ahogado con las olas de silencio y ausencia de los medios de comunicación que se conforman con los boletines oficiales; es cuestión de buscarlos para encontrarlos, aquí siguen para darnos aliento, para que no desfallezcamos exigiendo justicia, seguridad, democracia, reparto equitativo de la riqueza; para que la impunidad y la corrupción no sean formas de intercambio de favores y privilegios, en perjuicio de los que somos más.

domingo, 2 de septiembre de 2012

DOCE AÑOS, DOS FRASES

Las claves del reto, las de su posible triunfo o derrota, las de su evaluación están en sus propias frases. Quizás ese sea el principal problema, los principios e ideología reducidos a simples aforismos que por lo mismo se quedaron en la superficie, sin poder anclar en el inconsciente colectivo. “Ganar el gobierno sin perder el partido”. Ese fue el primer reto. El problema es que comenzaron a perderlo desde el salinismo. La eclosión de un fenómeno de repudio popular que se volcaría en las urnas en julio del 88 los tomó desprevenidos. El Partido Acción Nacional se veía a sí mismo como la alternativa frente a un priismo corrupto, fincado en viejas prácticas corporativistas que secuestraban la libertad de elección de sus agremiados; creían ser el otro lado del espejo. Pero de tanto mirarse en él se fueron convirtiendo en lo mismo que reflejaban. Ante la disyuntiva, prefirieron transar con el PRI de siempre, por su miedo a un PRI renovado que fue empujado, tantito, hacia la izquierda. El debilitamiento del panismo tradicional, el de los principios, el representante de millones de ciudadanos que no cabían en un partido oficial caduco, el de la larga brega, comenzó cuando legitimó al salinismo a pesar del escandaloso fraude electoral, a partir de ese momento comenzó a arriar sus banderas y fueron raptadas por el partido del neoliberalismo institucionalizado disfrazado de revolucionario. Tradicionalmente el poder priista estaba apoyado en los “sectores” obrero, campesino y popular, allí se daban los primeros jaloneos y acuerdos por posiciones políticas en las cámaras, en el gabinete, en los estados, en los municipios, en la burocracia interna del partido. Cada dirigente se encargaba de “controlar” el pedacito que le tocaba y entregaba cuentas al escalón siguiente de la pirámide, hasta llegar a la cúspide, la presidencia de la república y del partido; y de allí corría en sentido contrario, todo bien amarradito. Carlos Salinas pretende cambiar, sustituyéndolos, esos equilibrios; su inmensa megalomanía (nunca tan bien empleado el pleonasmo) busca destruir esos tres sectores y hacer una controlable masa amorfa llamada Solidaridad, y es que el neoliberalismo transita por el debilitamiento de los gremios que pretenden, aunque sea en el discurso, defender ciertos derechos históricamente ganados. Perdida la primera oportunidad de cambiar esa manera de hacer política, en el 2000 la inconformidad ciudadana vuelve a expresarse, la derrota tricolor, antes impensable, quedó al alcance de la mano. Desgraciadamente para el PAN, su candidato oportunista: Vicente Fox, representante de ese neopanismo pragmático y sin raíces, desplaza de las decisiones a su partido y queda en manos de una manada de farsantes ampulosamente llamados “head-hunters”. Se ganó el gobierno pero se perdió al partido. El bono democrático se tiró a la basura y se hicieron los tratos cupulares con los viejos resortes del poder, con el sindicalismo más corrupto y rancio de los petroleros, del SNTE y de la miríada de agrupaciones que habían resistido, aunque fuera conservando el nombre y parte de su membresía, a los embates del salinismo en su versión zedillista. También se solapó la corrupción de gobernadores y presidentes municipales; es cierto, el PRI se fragmentó pero conservó su pegamento: la corrupción. “Haiga sido como haiga sido”. La frasecita retrató todo el sexenio calderonista, se perdió la brújula de la ética pública y política, otra vez, como en los más de 70 años de predominio tricolor, el fin justificando los medios, por muy ilegales y dañinos que sean estos. Perdida la legitimidad interna y externa se buscó darle la vuelta a la aprobación popular imponiendo una guerra cuyas víctimas mortales sobrepasan las 90 mil, según cifras oficiales del INEGI; también hay cientos de miles de desplazados que prefieren perder lo ganado con muchos años de trabajo y esfuerzo por quedar a merced de la violencia e inseguridad. Caso paradójico, la necedad y autoritarismo calderonista impidieron que se acordaran las reformas estructurales que tanto busca el neoliberalismo para apropiarse de lo poco que queda, y que son, además, coincidentes con el priismo que llega impune con todas sus mañas para comprar y coaccionar el voto. Por eso la recurrente crisis económica que tiene postrada a la zona euro no nos ha pegado tan fuerte. No por la fortaleza ─en realidad inexistente─, de la economía mexicana, si no por los frenos puestos por la falta de esas reformas con las que vuelven a amenazar. No por nada se pierde ahora el gobierno, el panismo se quedó sin banderas, no sólo perdió la batalla contra la corrupción, se sumergió en ella hasta ahogarse, dejó de ser funcional para unas cúpulas empresariales que tomaron partido por el otro lado del espejo, total son lo mismo. Queda la incógnita de qué tanto aprendió la lección la izquierda partidista, porque la otra, la social, parece tener más claro el panorama. Para el PAN, sería un suicidio refundarse al estilo felipista; hay que regresar a los orígenes, recuperar los ideales y las banderas, porque hoy existen dos partidos de derecha en México, el blanquiazul y el “nuevo” PRI, y esa redundancia paraliza y volverá obsoleto y prescindible a alguno de los dos.