La paradoja es la siguiente: si los hombres fuesen completamente irracionales, egoístas y salvajes, de ningún modo podrían pactar; si fuesen lo suficientemente racionales y civilizados como para pactar, este pacto sería innecesario: la sola razón los guiaría a vivir en armonía. El Poeta y el Orden Político, comentarios de Mariano Pérez Carrasco a la edición de Convivio cuyo autor es el poeta italiano Dante Alighieri.
Los filósofos, los políticos, cualquier persona puede reflexionar sobre la necesidad de que los humanos necesitemos de hacer un contrato social para vivir en paz unos con otros, de otra forma nos gana lo que de animales tenemos y nos lanzamos todos contra todos. Pero la paradoja advertida por Dante en 1304, hace apenas 707 años, se repite en las obras de otros autores importantes y ya considerados clásicos; pero es importante traerla a cuento en nuestro México de principios del siglo XXI, porque desde diferentes posiciones ideológicas existe la percepción de que han habido pactos, que por romperse unilateralmente, propician la violencia generalizada.
El frágil equilibrio logrado después de la Revolución Mexicana y plasmado en la Constitución de 1917, un verdadero pacto social que apuntaba al futuro en lugar de conformarse con un insatisfactorio presente, desde el día siguiente de su firma fue atacado, malinterpretado, negado y finalmente desmantelado. Lo mismo ha sucedido con otros anteriores e igualmente importantes, como las llamadas Leyes de Reforma, que con el pretexto de “modernizarlos” porque no se ajustan a una realidad que se presenta como avasallante y totalmente incontrolable, pierden su esencia y pretenden ser reemplazados con otros, impuestos, y que por lo mismo pierden su principal mérito: ser aceptados y respetados por todos.
Así nos han caído las múltiples reformas constitucionales, aceleradas del salinato para acá, que con el pretexto de “salvar al país” nos dejaron a merced de los intereses de unos cuantos que se sienten todopoderosos, que pretenden controlarlo todo, hasta al crimen organizado, sin importar los costos porque sienten que su animalidad está cubierta por sus cuantiosas fortunas.
El también poeta y víctima de la guerra contra el narcotráfico, Javier Sicilia, parece proponer revitalizar la racionalidad humana e intentar pactos para detener, en lo inmediato, la violencia que se ensaña con los más vulnerables, pero que ya afecta a todos. No hay cómo evitarla, no hay dónde esconderse. Desde otras trincheras, para seguir con el lenguaje militar, aunque seguramente no sea el más adecuado, otros escritores, otros artistas, otros académicos, han propuesto como terreno común al arte, a la educación, a la poesía.
La interpretación y propuesta de Dante Alighieri no carecen de belleza, esa es su fuerza principal, porque cree que más allá de nuestra animalidad puede existir la humanidad, y que esta última puede salvarnos de nosotros mismos. «La poesía está más vinculada a la política de lo que puede creerse. A tal punto esto es así que según Dante el poeta es el fundador del orden político. En la antigüedad, los hombres vivían como bestias, aislados entre sí, sin poder comunicarse, pues carecían de lenguaje común. Estos hombres primitivos eran brutales, su vida estaba signada por la violencia. Así vivió la humanidad hasta que un “hombre sabio”, “con el instrumento de su voz”, es decir, con sus canciones, logró convencer a los demás de llevar una vida civilizada, entregada a la ciencia y al arte. Esta es la interpretación alegórica que Dante hace del mito de Orfeo, aquel poeta que “amansaba con la cítara a las fieras, y hacía que los árboles y las piedras se moviesen hasta él”. Del mismo modo, dice Dante, el poeta hace que los hombres que no llevan una vida acorde a lo mejor que hay en el ser humano, el intelecto, se acerquen a la razón.»
Pero la belleza no es suficiente, no cualquiera puede apreciarla en un primer intento. «Dante cree que en los orígenes de la civilización ha estado el poeta porque la poesía convence a través de la belleza. Pero lo que realmente vale de la poesía no es su belleza, esa suerte de maquillaje, sino lo que Dante llama “su bondad”, es decir, lo que la poesía significa, el mensaje, el sentido. Gracias a la música de sus palabras, el poeta logró que esos hombres primitivos saliesen del estado bestial y comenzasen a llevar una vida política: pero eso no lo logró la música de las palabras, sino el sentido oculto entre esos ritmos y esas rimas.» Sólo falta descubrir cuál es ese “sentido oculto”, el poeta florentino cree saberlo: «La efectividad de la poesía reside en que en ella la racionalidad se expresa a través de la belleza. Belleza y verdad se identifican, según Dante, en el poema. Y aquellos que son incapaces de comprender la verdad pueden, por lo menos, acceder a ella a través de la belleza sensible del poema.»
Queda mucho por decir y más por hacer, démonos estos días en que la actividad laboral baja para reflexionar en lo que proponen esos locos que todavía creen en lo humano de un animal que se empeña en comportarse como tal.
viernes, 15 de abril de 2011
viernes, 8 de abril de 2011
VIVIR
La violencia recrudece, parece no tener fin y sigue afectando a las partes más vulnerables de una sociedad mayormente impasible, indiferente, abúlica; seguimos pensando que mientras no nos afecte directamente todo se vale, o al menos no hay motivo para movilizarse, qué tal que nos hacemos notar y entonces sí nos pasa lo que no queremos que nos pase. La solidaridad es la primera víctima del temor, este sí inmoviliza rápidamente, para ejercer la otra hay que tener algo más que atole en las venas.
Le toca movilizarse al ciudadano indefenso, al que no tiene más defensa que su actuar cotidiano; los otros afectados, los dueños de comercios incendiados o dañados, cuentan con seguros que reducirán significativamente sus pérdidas.
La situación es a tal punto desastrosa que para “resguardar” física y psicológicamente a nuestros niños y jóvenes se llega a propuestas que parecen lógicas pero son injustas, inefectivas, pero que resultan convincentes porque argumentan la protección sin caer en la cuenta de que victimizan a quienes pretenden dejar exentos de peligro.
Vamos por partes. A la mala calidad educativa se quiere responder con la solución mágica de más horas de clase, como si dejar que los escolapios sufran durante más tiempo con un pésimo profesor con el que no aprenden nada tres horas fuera a resolverse con cero aprendizaje por dos horas más. Miento, sí aprenden algo, aprenden a odiar las matemáticas, la literatura, la química, la ecología, la ética, la biología y cuanta materia se les presente como forzada, simplemente obligatoria, sin relación con su vida cotidiana, desvinculada de un país que se desmorona y una familia que no acierta más que a cometer errores. A la mala influencia de los medios de comunicación, a la manipulación informativa, a la desigualdad galopante, a la violencia que los amenaza en la familia, en el noviazgo, en las calles y plazas públicas, ahora hay que “mantenerlos seguros” dentro de una institución que no está preparada para eso. Como si las escuelas fueran islas seguras en un mar embravecido y lleno de tiburones. Nada más falso.
Miércoles 6 de abril del 2011, las 10:30 horas, página electrónica de El Universal: “Estudiantes de la secundaria número 34 reclamaban que se respeten los horarios de estudio para que no se modifique el ingreso y la salida del plantel. […] Durante la manifestación bloquearon carril lateral de calzada de Tlalpan, en la colonia Miravalle. […] Alumnos portaban cartulinas y hojas con los siguientes mensajes: "Mi mamá sí me quiere. No a las 06:00", "Tengo vida social", "Tengo vida familiar". […] El plantel tiene horario de 07:00 a 16.00 horas, pero se ampliaría dos horas más, de modo que los alumnos saldrían a las 18:00 horas.
Diferente si se practicara una política de “puertas abiertas” de todas las escuelas, que estuvieran preparadas para recibir a cualquier persona de la colonia o comunidad que quisiera aprovechar su infraestructura material y sus recursos humanos. Algunos muy valiosos. No hay que olvidar que en muchos lugares los únicos espacios deportivos, la única biblioteca, las todavía inaccesibles computadoras y el acceso a internet; la posibilidad de disfrutar de un concierto, de ver una exposición de fotografía, de pintura, de escultura; de gozar de una buena película, de asistir a una conferencia con tema importante para la comunidad; de capacitarse para aprovechar los recursos naturales, para ahorrar energía, para aprender a educar a niños y jóvenes, para evitar la discriminación, para promover la tolerancia, el respeto a la diversidad, para construir una cultura democrática, están en la escuela.
Aprovechar los miles de espacios educativos para reconstruir un tejido social desgarrado es una cosa, castigar a niños y jóvenes con más horas obligatorias dentro de ellas porque los adultos hemos fracasado en garantizar un ambiente social propicio para su desarrollo integral y su aprendizaje es otra cosa. Mientras, necesitamos movilizarnos para lograr que las cosas buenas pasen, sacudirnos la modorra, abolir la indiferencia, en resumen: vivir.
Le toca movilizarse al ciudadano indefenso, al que no tiene más defensa que su actuar cotidiano; los otros afectados, los dueños de comercios incendiados o dañados, cuentan con seguros que reducirán significativamente sus pérdidas.
La situación es a tal punto desastrosa que para “resguardar” física y psicológicamente a nuestros niños y jóvenes se llega a propuestas que parecen lógicas pero son injustas, inefectivas, pero que resultan convincentes porque argumentan la protección sin caer en la cuenta de que victimizan a quienes pretenden dejar exentos de peligro.
Vamos por partes. A la mala calidad educativa se quiere responder con la solución mágica de más horas de clase, como si dejar que los escolapios sufran durante más tiempo con un pésimo profesor con el que no aprenden nada tres horas fuera a resolverse con cero aprendizaje por dos horas más. Miento, sí aprenden algo, aprenden a odiar las matemáticas, la literatura, la química, la ecología, la ética, la biología y cuanta materia se les presente como forzada, simplemente obligatoria, sin relación con su vida cotidiana, desvinculada de un país que se desmorona y una familia que no acierta más que a cometer errores. A la mala influencia de los medios de comunicación, a la manipulación informativa, a la desigualdad galopante, a la violencia que los amenaza en la familia, en el noviazgo, en las calles y plazas públicas, ahora hay que “mantenerlos seguros” dentro de una institución que no está preparada para eso. Como si las escuelas fueran islas seguras en un mar embravecido y lleno de tiburones. Nada más falso.
Miércoles 6 de abril del 2011, las 10:30 horas, página electrónica de El Universal: “Estudiantes de la secundaria número 34 reclamaban que se respeten los horarios de estudio para que no se modifique el ingreso y la salida del plantel. […] Durante la manifestación bloquearon carril lateral de calzada de Tlalpan, en la colonia Miravalle. […] Alumnos portaban cartulinas y hojas con los siguientes mensajes: "Mi mamá sí me quiere. No a las 06:00", "Tengo vida social", "Tengo vida familiar". […] El plantel tiene horario de 07:00 a 16.00 horas, pero se ampliaría dos horas más, de modo que los alumnos saldrían a las 18:00 horas.
Diferente si se practicara una política de “puertas abiertas” de todas las escuelas, que estuvieran preparadas para recibir a cualquier persona de la colonia o comunidad que quisiera aprovechar su infraestructura material y sus recursos humanos. Algunos muy valiosos. No hay que olvidar que en muchos lugares los únicos espacios deportivos, la única biblioteca, las todavía inaccesibles computadoras y el acceso a internet; la posibilidad de disfrutar de un concierto, de ver una exposición de fotografía, de pintura, de escultura; de gozar de una buena película, de asistir a una conferencia con tema importante para la comunidad; de capacitarse para aprovechar los recursos naturales, para ahorrar energía, para aprender a educar a niños y jóvenes, para evitar la discriminación, para promover la tolerancia, el respeto a la diversidad, para construir una cultura democrática, están en la escuela.
Aprovechar los miles de espacios educativos para reconstruir un tejido social desgarrado es una cosa, castigar a niños y jóvenes con más horas obligatorias dentro de ellas porque los adultos hemos fracasado en garantizar un ambiente social propicio para su desarrollo integral y su aprendizaje es otra cosa. Mientras, necesitamos movilizarnos para lograr que las cosas buenas pasen, sacudirnos la modorra, abolir la indiferencia, en resumen: vivir.
sábado, 2 de abril de 2011
VIOLENCIA SOCIAL
Violencia intrafamiliar, acoso escolar o bullying, violencia en el noviazgo, crímenes de odio y por homofobia, discriminaciones de distinto tipo e intensidad, todo se acumula en un tejido social enfermo por la corrupción, la impunidad y la desigualdad. Y eso que no estamos metiendo en la receta la inseguridad y la violencia propia de una guerra interna como la que estamos viviendo.
Desde los feminicidios, que nos alertaron por su macabra frecuencia en Ciudad Juárez, se hablaba de un diseño social que los propiciaba porque se cebaba sobre la parte más vulnerable de la población, jóvenes mujeres, muchas menores de edad, que eran “levantadas” y desaparecidas afuera de sus trabajos en las maquiladoras o de las escuelas a las que asistían. Con frecuencia eran de familias migrantes que buscaban en el norte del país la posibilidad de cruzar la frontera aunque fuera sin los documentos exigidos para ello por las autoridades de nuestro vecino, o bien que eran atraídas por el aparente desarrollismo de esas industrias que buscan la mano de obra femenina por detallista, barata y vulnerable.
Mientras nuestro acendrado machismo hacía decir a más de uno que la culpa era de esas mujeres que después aparecerían muertas, con huellas de tortura y violencia sexual, por fáciles, desorientadas, o por la pérdida de valores familiares, otros, estudiaban más en serio ese tipo de hechos crueles y repetitivos.
Es el caso del estudio multidisciplinario coordinado por instituciones de educación superior e investigación de cuatro ciudades de nuestro país: Juárez, Tijuana, Aguascalientes y Guadalajara, que con el nombre de “Los Diagnósticos sobre las Causas Económicas, sociales y culturales de las Violencias en Entornos Urbanos” fuera presentado en el “Seminario de la Cuestión Social” de la UNAM, apenas el 24 de marzo de este año que corre. Según la información recogida por Emir Olivares Alonso «Las violencias de distinto tipo son construcciones sociales, económicas, culturales y políticas» y que tienen una relación directa con la manera en que están “organizadas” nuestras ciudades.
El estudio, realizado durante los años 2009 y 2010, revela que la planeación urbana y la inversión en construcción de infraestructura pública, incide directamente en los niveles de violencia que se pueden medir en un entorno social específico, «El análisis subraya que estas urbes son "espacios propicios para la violencia" por su crecimiento horizontal, segregado por clases sociales, con fraccionamientos amurallados, numerosos terrenos baldíos, insuficiencia de espacios públicos y la creciente desubicación de los servicios sociales.»
El problema es que esas mismas características las podemos encontrar en ciudades como las de nuestro estado, tanto en Querétaro como San Juan del Río se nota esa segregación urbana en clase sociales que es permitida y en ocasiones auspiciada por las propias autoridades, fraccionamientos amurallados que cuentan con todos los servicios a costa de las colonias populares que los rodean, pocos espacios públicos porque los que están pensados para ello terminan fraccionados y son vendidos para construir casas habitación o locales comerciales, concentración de esos espacios que terminan convertidos en parques de diversiones donde se cobra la entrada, la destrucción de relaciones sociales y comunitarias con obras faraónicas que sólo benefician a automovilistas de paso y que atentan contra el medio ambiente circundante, la construcción de viviendas populares en lugares cada vez más alejados, cada vez más pequeñas, más caras y con defectos de construcción de los que nadie se hace responsable.
No son especulaciones o malas interpretaciones «Otro de los hallazgos del diagnóstico es que otros factores “precursores de las violencias” son el congestionamiento de vialidades, la falta de planeación de las mismas y la insuficiencia y el control interesado del transporte público. Agrega que a partir de la apertura de los mercados de la tierra y de los nuevos desarrollos inmobiliarios alejados de las ciudades con miles de viviendas mínimas y de mala calidad ha incrementado el estrés, enojo y frustración de los habitantes de estas ciudades.» Para que vayamos tomando nota sobre la importancia que tiene la planeación de nuestras ciudades, que cambiar el uso del suelo, atentar contra zonas ecológicas y protegidas, que favorecer la segregación social con el pretexto de que los ricos necesitan protegerse también tienen consecuencias que acabamos pagando todos.
Desde los feminicidios, que nos alertaron por su macabra frecuencia en Ciudad Juárez, se hablaba de un diseño social que los propiciaba porque se cebaba sobre la parte más vulnerable de la población, jóvenes mujeres, muchas menores de edad, que eran “levantadas” y desaparecidas afuera de sus trabajos en las maquiladoras o de las escuelas a las que asistían. Con frecuencia eran de familias migrantes que buscaban en el norte del país la posibilidad de cruzar la frontera aunque fuera sin los documentos exigidos para ello por las autoridades de nuestro vecino, o bien que eran atraídas por el aparente desarrollismo de esas industrias que buscan la mano de obra femenina por detallista, barata y vulnerable.
Mientras nuestro acendrado machismo hacía decir a más de uno que la culpa era de esas mujeres que después aparecerían muertas, con huellas de tortura y violencia sexual, por fáciles, desorientadas, o por la pérdida de valores familiares, otros, estudiaban más en serio ese tipo de hechos crueles y repetitivos.
Es el caso del estudio multidisciplinario coordinado por instituciones de educación superior e investigación de cuatro ciudades de nuestro país: Juárez, Tijuana, Aguascalientes y Guadalajara, que con el nombre de “Los Diagnósticos sobre las Causas Económicas, sociales y culturales de las Violencias en Entornos Urbanos” fuera presentado en el “Seminario de la Cuestión Social” de la UNAM, apenas el 24 de marzo de este año que corre. Según la información recogida por Emir Olivares Alonso «Las violencias de distinto tipo son construcciones sociales, económicas, culturales y políticas» y que tienen una relación directa con la manera en que están “organizadas” nuestras ciudades.
El estudio, realizado durante los años 2009 y 2010, revela que la planeación urbana y la inversión en construcción de infraestructura pública, incide directamente en los niveles de violencia que se pueden medir en un entorno social específico, «El análisis subraya que estas urbes son "espacios propicios para la violencia" por su crecimiento horizontal, segregado por clases sociales, con fraccionamientos amurallados, numerosos terrenos baldíos, insuficiencia de espacios públicos y la creciente desubicación de los servicios sociales.»
El problema es que esas mismas características las podemos encontrar en ciudades como las de nuestro estado, tanto en Querétaro como San Juan del Río se nota esa segregación urbana en clase sociales que es permitida y en ocasiones auspiciada por las propias autoridades, fraccionamientos amurallados que cuentan con todos los servicios a costa de las colonias populares que los rodean, pocos espacios públicos porque los que están pensados para ello terminan fraccionados y son vendidos para construir casas habitación o locales comerciales, concentración de esos espacios que terminan convertidos en parques de diversiones donde se cobra la entrada, la destrucción de relaciones sociales y comunitarias con obras faraónicas que sólo benefician a automovilistas de paso y que atentan contra el medio ambiente circundante, la construcción de viviendas populares en lugares cada vez más alejados, cada vez más pequeñas, más caras y con defectos de construcción de los que nadie se hace responsable.
No son especulaciones o malas interpretaciones «Otro de los hallazgos del diagnóstico es que otros factores “precursores de las violencias” son el congestionamiento de vialidades, la falta de planeación de las mismas y la insuficiencia y el control interesado del transporte público. Agrega que a partir de la apertura de los mercados de la tierra y de los nuevos desarrollos inmobiliarios alejados de las ciudades con miles de viviendas mínimas y de mala calidad ha incrementado el estrés, enojo y frustración de los habitantes de estas ciudades.» Para que vayamos tomando nota sobre la importancia que tiene la planeación de nuestras ciudades, que cambiar el uso del suelo, atentar contra zonas ecológicas y protegidas, que favorecer la segregación social con el pretexto de que los ricos necesitan protegerse también tienen consecuencias que acabamos pagando todos.
viernes, 25 de marzo de 2011
SI NADIE NOS VE
“Como explicar, si no, nuestra dependencia psicofísica de artefactos como el teléfono celular, que se lleva a todas partes y está siempre titilando, o la manía de chequear mails compulsivamente, o bien el hábito cada vez más común de reportarse varias veces por día en las redes sociales de Internet, para contar a millones de personas lo que uno (no) está haciendo y cerciorarse de todo lo que (no) hacen los demás. Cada vez más gente narra episodios de la propia vida en un blog o en programas de radio y televisión, además de publicar fotos y videos considerados “privados” en diversos sitios de la red, o se exponen frente a una webcam siempre encendida para revelarse en vivo y en directo.” El deseo de la conexión. Paula Silbilia.
Las nuevas generaciones lo ven como una necesidad, como una urgencia de existir, como la intolerancia a estar solos con uno mismo. Todo tiene que ser comunicado, exhibido, compartido. El ciberespacio como el lugar ideal para presumir lo que no se es, lo que no se hace, lo que no se tiene, lo que no se piensa. Mi generación todavía, hasta hace muy poco, valoraba la privacidad, la necesidad de estar eventualmente solo para confrontarse con ese otro que es uno mismo, para evaluar lo que nos gustaba y cambiar lo que se podía. Ahora no. La tecnología marca otra forma de ser y de pensar, si se puede estar continuamente “conectado” ¿porqué no hacerlo?
“Además de ese temor difuso, que cada tanto provoca tenues reacciones escandalizadas, lo que más crece es otra cosa: un deseo de exponer la propia intimidad haciendo estallar las antiguas válvulas protectoras simbolizadas por el pudor, el recato, las persianas y los cerrojos. Cada vez más, todo aquello que antes se preservaba como un valioso tesoro que las miradas ajenas jamás podrían macular, ahora desborda los límites del espacio privado para proyectarse en múltiples pantallas.” Aquí mismo, en este semanario, hemos insistido en la idea de que hay que preservar esos espacios que nos dan privacidad, en la necesidad de tener una vida privada que se resguarde del escrutinio público, requerimos de esa posibilidad para reconstruirnos, para ordenar los pensamientos, para reflexionar sobre lo experimentado a lo largo del día. Mantener esa independencia para elaborar juicios y saber cómo nos sentimos, sin la interferencia y la dependencia a lo que piensan y dicen los demás, bueno, hasta donde se pueda.
Pero lo público y lo privado desvanece su frontera, importa que los otros, entre más mejor, sepan al instante lo que hacemos, decimos, pensamos y donde estamos. Vivimos a través de lo que saben los demás de nosotros mismos. El anonimato, la soledad, la discreción nos asfixian. Nadie nos obliga a estar conectados, a final de cuentas es una opción que parece fácil, conveniente, quizás por superficial, por eso tantos inscritos en Twitter, o en el resto de las redes sociales como Facebook. Optamos por cargar dispositivos que nos pueden ubicar en cualquier lugar del planeta, que registran en qué gastamos, cuanto ganamos, lo que estamos haciendo, por eso el valor estratosférico, medido en miles de millones de dólares de “un lugar” en ese espacio cibernético, cuyo valor no está en sí mismo, sino en los que participan en él.
Como escribe Paula Silbilia: “Cuando una actitud que es funcional a un modo de vida se transforma en deseo, entonces la “obligación” se hace más plena y eficaz. No lo hacemos obedeciendo a una norma represiva que nos subyuga sino porque queremos, porque nos gusta y nos da placer, quizás incluso porque ya no seríamos capaces de dejar de hacerlo aun si quisiéramos… Tanto en Internet como fuera de ella, hablamos y nos mostramos con puntillosa avidez, voluntariamente. No toleramos más algo que hasta hace poco constituía el combustible vital para la edificación del yo: silencio y soledad, precisamente, aquel dúo otrora tan preciado, que sólo lograba desplegarse a gusto en lo más íntimo del espacio privado. Moraleja: no soportamos más estar a solas con nosotros mismos.” Cierto, pero la exhibición pública no garantiza la comprensión de los otros, la aceptación, la tolerancia; ya no sabemos si somos lo que “comunicamos” o si tenemos dos personalidades, una conectada y otra desconectada. Peor aún, el compartirlo todo, o casi todo, no impide las agresiones, el acoso cibernético ya es un problema que puede seguir creciendo, el robo de identidad también es un riesgo, el espionaje no solo gubernamental para manipular nuestras preferencias electorales, o de las grandes corporaciones urgidas de elaborar perfiles y patrones de consumo, también de la delincuencia, de los nuevos depredadores que encuentran útil cualquier información que les dejamos ver.
Como todo lo que está en proceso, no sabemos en que vaya a terminar o los caminos que tomará, por lo pronto podemos estar de acuerdo en algo: “En realidad, las causas de ese fenómeno son más inextricables: en una cultura que enaltece la visibilidad y la celebridad para “ser alguien”, dudamos de nuestra propia existencia si nadie nos ve.”
Las nuevas generaciones lo ven como una necesidad, como una urgencia de existir, como la intolerancia a estar solos con uno mismo. Todo tiene que ser comunicado, exhibido, compartido. El ciberespacio como el lugar ideal para presumir lo que no se es, lo que no se hace, lo que no se tiene, lo que no se piensa. Mi generación todavía, hasta hace muy poco, valoraba la privacidad, la necesidad de estar eventualmente solo para confrontarse con ese otro que es uno mismo, para evaluar lo que nos gustaba y cambiar lo que se podía. Ahora no. La tecnología marca otra forma de ser y de pensar, si se puede estar continuamente “conectado” ¿porqué no hacerlo?
“Además de ese temor difuso, que cada tanto provoca tenues reacciones escandalizadas, lo que más crece es otra cosa: un deseo de exponer la propia intimidad haciendo estallar las antiguas válvulas protectoras simbolizadas por el pudor, el recato, las persianas y los cerrojos. Cada vez más, todo aquello que antes se preservaba como un valioso tesoro que las miradas ajenas jamás podrían macular, ahora desborda los límites del espacio privado para proyectarse en múltiples pantallas.” Aquí mismo, en este semanario, hemos insistido en la idea de que hay que preservar esos espacios que nos dan privacidad, en la necesidad de tener una vida privada que se resguarde del escrutinio público, requerimos de esa posibilidad para reconstruirnos, para ordenar los pensamientos, para reflexionar sobre lo experimentado a lo largo del día. Mantener esa independencia para elaborar juicios y saber cómo nos sentimos, sin la interferencia y la dependencia a lo que piensan y dicen los demás, bueno, hasta donde se pueda.
Pero lo público y lo privado desvanece su frontera, importa que los otros, entre más mejor, sepan al instante lo que hacemos, decimos, pensamos y donde estamos. Vivimos a través de lo que saben los demás de nosotros mismos. El anonimato, la soledad, la discreción nos asfixian. Nadie nos obliga a estar conectados, a final de cuentas es una opción que parece fácil, conveniente, quizás por superficial, por eso tantos inscritos en Twitter, o en el resto de las redes sociales como Facebook. Optamos por cargar dispositivos que nos pueden ubicar en cualquier lugar del planeta, que registran en qué gastamos, cuanto ganamos, lo que estamos haciendo, por eso el valor estratosférico, medido en miles de millones de dólares de “un lugar” en ese espacio cibernético, cuyo valor no está en sí mismo, sino en los que participan en él.
Como escribe Paula Silbilia: “Cuando una actitud que es funcional a un modo de vida se transforma en deseo, entonces la “obligación” se hace más plena y eficaz. No lo hacemos obedeciendo a una norma represiva que nos subyuga sino porque queremos, porque nos gusta y nos da placer, quizás incluso porque ya no seríamos capaces de dejar de hacerlo aun si quisiéramos… Tanto en Internet como fuera de ella, hablamos y nos mostramos con puntillosa avidez, voluntariamente. No toleramos más algo que hasta hace poco constituía el combustible vital para la edificación del yo: silencio y soledad, precisamente, aquel dúo otrora tan preciado, que sólo lograba desplegarse a gusto en lo más íntimo del espacio privado. Moraleja: no soportamos más estar a solas con nosotros mismos.” Cierto, pero la exhibición pública no garantiza la comprensión de los otros, la aceptación, la tolerancia; ya no sabemos si somos lo que “comunicamos” o si tenemos dos personalidades, una conectada y otra desconectada. Peor aún, el compartirlo todo, o casi todo, no impide las agresiones, el acoso cibernético ya es un problema que puede seguir creciendo, el robo de identidad también es un riesgo, el espionaje no solo gubernamental para manipular nuestras preferencias electorales, o de las grandes corporaciones urgidas de elaborar perfiles y patrones de consumo, también de la delincuencia, de los nuevos depredadores que encuentran útil cualquier información que les dejamos ver.
Como todo lo que está en proceso, no sabemos en que vaya a terminar o los caminos que tomará, por lo pronto podemos estar de acuerdo en algo: “En realidad, las causas de ese fenómeno son más inextricables: en una cultura que enaltece la visibilidad y la celebridad para “ser alguien”, dudamos de nuestra propia existencia si nadie nos ve.”
viernes, 18 de marzo de 2011
CAMBIAR PARA PERDURAR
Aunque los repudiamos porque somos paradójicamente racistas, nuestros pueblos indígenas son parte importante de un pasado mítico, porque nuestro desconocimiento hace que glorifiquemos lo poco que hemos logrado saber, al tiempo que despreciamos lo que en realidad fueron y siguen siendo. Nuestro escurridizo presente también está habitado por fantasmas, por acartonados modelos a seguir.
Desde hace años, por lo menos desde la década de los 60 del siglo pasado, parte de nuestra educación informal apuntaba a considerar al pueblo japonés como un ejemplo de desarrollo en el corto y largo plazo. En tiempos de Carlos Salinas este llegó a presumir que la educación ideal tenía que ver con el modelo de desarrollo asiático, básicamente nipón, a grado tal que sus hijos estaban estudiando en el Liceo Mexicano-Japonés. Después, los modelos de “calidad” en la producción industrial que fueron adoptados, modificados y desarrollados por el pueblo del sol naciente, han sido, durante mucho tiempo, punto de referencia de productos confiables aunque con caducidades cada vez más cortas.
Ese desarrollo ha tenido sus puntos positivos, principalmente el acelerado incremento en la capacidad productiva y de consumo de su habitante promedio. También sus desventajas, sus sistemas educativo y laboral son tan estrictos que poco tiempo le dedican a disfrutar lo que tienen o pueden tener, generan tan altos niveles de tensión nerviosa que la depresión y el suicidio tiene porcentajes altos en sus atiborradas ciudades. Bueno pues, toda esa capacidad de organización, de recuperación, de trabajo colectivo y en equipo se ponen a prueba otra vez.
La actual tragedia japonesa arroja interrogantes y lecciones que cada quien leerá según su experiencia previa y su necesidad presente. Por ejemplo, en nuestra América Latina no parece haber urgencia para establecer nuevas plantas nucleares, sólo existen 3, una en nuestro país, otra en Brasil y la última en Argentina, y es que a diferencia de Japón nuestros territorios todavía son extensos en comparación con la cantidad de habitantes, poseen cuantiosos recursos naturales y posibilidades de aprovechamiento de fuentes de energía renovables. Para la región asiática, seguramente se trastocará el frágil equilibrio financiero, las pérdidas humanas y materiales parecen ser tan cuantiosas y el modelo económico internacional tan depredador y poco solidario que la recuperación será más profunda de la que admiten las simples sumas de dólares o yenes. La enorme cantidad de capital especulativo seguramente se moverá a donde encuentre mayor posibilidad de incremento en el corto plazo y huirá de nuestros países, que no podrán competir con las tasas de interés que ofrecerá un país parcialmente devastado y ansiado de inversión extranjera, aunque sea en el corto plazo. A menos que nos sorprendan, que las inversiones japonesas afincadas en otras partes del mundo se muevan y apuntalen su lugar de origen, de forma casi altruista y solidaria, algo difícilmente pensable, casi imposible, en un mundo donde la globalización tiene todo excepto compasión y donde el nacionalismo sólo sirve como pretexto para construir barreras protectoras a costa de otros.
Los cambios más interesantes tendrán que ver con la forma de pensar del pueblo japonés, no sólo porque a cualquiera desanima que largos años de trabajo intenso sean echados abajo por uno de los pocos elementos que no se pueden controlar, la naturaleza. Quizás piensen que el esfuerzo continuado debe tener también alguna recompensa, que la sola acumulación de dinero, de productos de alta tecnología no sea lo único que hay que perseguir. Que la vida tiene que ser más disfrutable, que el planeta no puede seguir siendo maltratado impunemente. Que las cosas pueden ser diferentes a como son. También tienen una cultura ancestral de la cual echar mano en estos tiempos difíciles.
Desde hace años, por lo menos desde la década de los 60 del siglo pasado, parte de nuestra educación informal apuntaba a considerar al pueblo japonés como un ejemplo de desarrollo en el corto y largo plazo. En tiempos de Carlos Salinas este llegó a presumir que la educación ideal tenía que ver con el modelo de desarrollo asiático, básicamente nipón, a grado tal que sus hijos estaban estudiando en el Liceo Mexicano-Japonés. Después, los modelos de “calidad” en la producción industrial que fueron adoptados, modificados y desarrollados por el pueblo del sol naciente, han sido, durante mucho tiempo, punto de referencia de productos confiables aunque con caducidades cada vez más cortas.
Ese desarrollo ha tenido sus puntos positivos, principalmente el acelerado incremento en la capacidad productiva y de consumo de su habitante promedio. También sus desventajas, sus sistemas educativo y laboral son tan estrictos que poco tiempo le dedican a disfrutar lo que tienen o pueden tener, generan tan altos niveles de tensión nerviosa que la depresión y el suicidio tiene porcentajes altos en sus atiborradas ciudades. Bueno pues, toda esa capacidad de organización, de recuperación, de trabajo colectivo y en equipo se ponen a prueba otra vez.
La actual tragedia japonesa arroja interrogantes y lecciones que cada quien leerá según su experiencia previa y su necesidad presente. Por ejemplo, en nuestra América Latina no parece haber urgencia para establecer nuevas plantas nucleares, sólo existen 3, una en nuestro país, otra en Brasil y la última en Argentina, y es que a diferencia de Japón nuestros territorios todavía son extensos en comparación con la cantidad de habitantes, poseen cuantiosos recursos naturales y posibilidades de aprovechamiento de fuentes de energía renovables. Para la región asiática, seguramente se trastocará el frágil equilibrio financiero, las pérdidas humanas y materiales parecen ser tan cuantiosas y el modelo económico internacional tan depredador y poco solidario que la recuperación será más profunda de la que admiten las simples sumas de dólares o yenes. La enorme cantidad de capital especulativo seguramente se moverá a donde encuentre mayor posibilidad de incremento en el corto plazo y huirá de nuestros países, que no podrán competir con las tasas de interés que ofrecerá un país parcialmente devastado y ansiado de inversión extranjera, aunque sea en el corto plazo. A menos que nos sorprendan, que las inversiones japonesas afincadas en otras partes del mundo se muevan y apuntalen su lugar de origen, de forma casi altruista y solidaria, algo difícilmente pensable, casi imposible, en un mundo donde la globalización tiene todo excepto compasión y donde el nacionalismo sólo sirve como pretexto para construir barreras protectoras a costa de otros.
Los cambios más interesantes tendrán que ver con la forma de pensar del pueblo japonés, no sólo porque a cualquiera desanima que largos años de trabajo intenso sean echados abajo por uno de los pocos elementos que no se pueden controlar, la naturaleza. Quizás piensen que el esfuerzo continuado debe tener también alguna recompensa, que la sola acumulación de dinero, de productos de alta tecnología no sea lo único que hay que perseguir. Que la vida tiene que ser más disfrutable, que el planeta no puede seguir siendo maltratado impunemente. Que las cosas pueden ser diferentes a como son. También tienen una cultura ancestral de la cual echar mano en estos tiempos difíciles.
viernes, 11 de marzo de 2011
EN EL TINTERO
Cuando algún tema no encuentra lugar en la aterradora hoja en blanco suele decirse que se quedó pendiente, encerrado en ese espacio asfixiante que antes, muy antes, contenía la tinta que habría de trasladarse a la punta de una fina pluma de ave y de allí al papel. La metáfora, actualizada a nuestro tiempo inundado tecnológicamente, podría quedar en que el archivo correspondiente se quedó atrapado entre el teclado, el disco duro y el e-mail, aunque en realidad se dejó de escribir por falta de claridad en el trato, porque las circunstancias lo pospusieron, o por quién sabe qué otro motivo. No son por que carezcan de importancia, todo lo contrario.
Uno de esos temas tiene que ver con la derrota anticipada del poder público ante la delincuencia, organizada o no. Nos referimos a la violencia que se despliega de manera descarada, que aparece en forma de ejecutados, decapitados, incinerados, levantados, secuestrados, extorsionados, amenazados y demás; porque la otra, la igual de violenta pero menos visible, la de cuello blanco, la de las corrupciones empresariales, religiosas y políticas, la de los privilegios indebidos, la de las fortunas mal habidas pero adecentadas y lavadas en algunos medios de comunicación, parecen otra cosa. Bueno, esa derrota se concreta en la propuesta y puesta en construcción de más cuarteles militares diseminados en la limitada geografía queretana, como si le regreso a un modelo feudal fuera lo más adecuado frente a fenómenos delictivos que usan las tecnologías más modernas para saltarse tiempos y espacios. Peor si llegamos a creer que es más efectivo un retén o una bala que la prevención coordinada por todas las instancias gubernamentales junto con la sociedad, malo si nos tragamos la idea de que es necesario que mueran ciudadanos ajenos al crimen y la delincuencia con tal de acabar con unos “malos” que solo la confrontación del momento definió como tales, y nadie más.
El mismo, o mayor poder disuasivo de un cuartel militar lo puede tener el trabajo de inteligencia, una policía preventiva bien capacitada humana y técnicamente, un poder judicial justo y oportuno, una ciudadanía con intereses y valores que trasciendan las ganancias instantáneas y el mínimo esfuerzo, un poder ejecutivo que no renuncie a sus responsabilidades. El problema no es construir bases militares por todos lados, sí lo es el que se vuelvan indispensables y se pierdan derechos y libertades creyendo que las estamos protegiendo, sí lo es el construir el tejido social necesario para desmantelarlas después. Por lo menos un gobernador o presidente municipal depende, todavía, de plazos fatales, de procesos electorales, de la aprobación ciudadana, un jefe militar no, sólo depende de su propia fuerza.
Relacionado con lo anterior y también con la necesidad de recuperarlo de ese tintero que se convierte en un hoyo negro intelectual, el tema de qué enseñamos y cómo lo enseñamos sigue en la polémica y mejor que así sea. Una sociedad que deja de discutir es una sociedad que se muere. Otra vez los filósofos poniendo el dedo donde más duele, denunciando que la subsecretaría de educación media superior de este sufrido país está dejando las disciplinas humanísticas fuera de los planes de estudio, porque nos han dado a creer que lo que se necesita son ingenieros y técnicos, como si ambas cosas estuvieran divorciadas unas de las otras, como si fueran mutuamente excluyentes. Recurramos a un filósofo para que nos explique de qué trata el conflicto aparente, alguien de la llamada escuela de París, Roger-Pol Droit: “Lo que verdaderamente necesitamos son ciudadanos que piensen. La iniciación en la filosofía como crítica es absolutamente esencial en este campo. No se trata de elegir entre buenos ingenieros sin filosofía y filósofos sin formación científica. Se trata más bien de dar a todos los ciudadanos la posibilidad de formarse su propio juicio. Y en ese sentido, una formación bien pensada en filosofía parece absolutamente indispensable, inclusive para los científicos, que también tendrán responsabilidades profesionales en su oficio de ingenieros”. Pero a políticos refractarios al pensamiento y que hacen de la ignorancia ajena el éxito propio no conviene que los demás piensen.
Nos han dicho que la filosofía y el resto de las humanidades no sirven para nada, que no son ciencias, que no producen nada. Totalmente falso, si algo nos vuelve cada vez más humanos es la reflexión en nosotros mismos y en nuestra circunstancia, para cambiarla, para mejorarla, lo mismo se le plantea al filósofo francés en un chat del diario Le Monde: “A fuerza de filosofar demasiado, ¿no se corre el riesgo de caer en la inactividad y de retirarse de la sociedad? Roger-Pol Droit: Ya se le reprochaba a Sócrates quedarse en un rincón a discutir con los jóvenes en lugar de ocuparse de cosas serias como los negocios o la actualidad. Es un viejo reproche al que le podemos dar una vieja respuesta: para actuar, hace falta haber reflexionado. Claro está que el riesgo es siempre encerrarse en la reflexión y, sin duda, también hay que saber parar de pensar.”
Uno de esos temas tiene que ver con la derrota anticipada del poder público ante la delincuencia, organizada o no. Nos referimos a la violencia que se despliega de manera descarada, que aparece en forma de ejecutados, decapitados, incinerados, levantados, secuestrados, extorsionados, amenazados y demás; porque la otra, la igual de violenta pero menos visible, la de cuello blanco, la de las corrupciones empresariales, religiosas y políticas, la de los privilegios indebidos, la de las fortunas mal habidas pero adecentadas y lavadas en algunos medios de comunicación, parecen otra cosa. Bueno, esa derrota se concreta en la propuesta y puesta en construcción de más cuarteles militares diseminados en la limitada geografía queretana, como si le regreso a un modelo feudal fuera lo más adecuado frente a fenómenos delictivos que usan las tecnologías más modernas para saltarse tiempos y espacios. Peor si llegamos a creer que es más efectivo un retén o una bala que la prevención coordinada por todas las instancias gubernamentales junto con la sociedad, malo si nos tragamos la idea de que es necesario que mueran ciudadanos ajenos al crimen y la delincuencia con tal de acabar con unos “malos” que solo la confrontación del momento definió como tales, y nadie más.
El mismo, o mayor poder disuasivo de un cuartel militar lo puede tener el trabajo de inteligencia, una policía preventiva bien capacitada humana y técnicamente, un poder judicial justo y oportuno, una ciudadanía con intereses y valores que trasciendan las ganancias instantáneas y el mínimo esfuerzo, un poder ejecutivo que no renuncie a sus responsabilidades. El problema no es construir bases militares por todos lados, sí lo es el que se vuelvan indispensables y se pierdan derechos y libertades creyendo que las estamos protegiendo, sí lo es el construir el tejido social necesario para desmantelarlas después. Por lo menos un gobernador o presidente municipal depende, todavía, de plazos fatales, de procesos electorales, de la aprobación ciudadana, un jefe militar no, sólo depende de su propia fuerza.
Relacionado con lo anterior y también con la necesidad de recuperarlo de ese tintero que se convierte en un hoyo negro intelectual, el tema de qué enseñamos y cómo lo enseñamos sigue en la polémica y mejor que así sea. Una sociedad que deja de discutir es una sociedad que se muere. Otra vez los filósofos poniendo el dedo donde más duele, denunciando que la subsecretaría de educación media superior de este sufrido país está dejando las disciplinas humanísticas fuera de los planes de estudio, porque nos han dado a creer que lo que se necesita son ingenieros y técnicos, como si ambas cosas estuvieran divorciadas unas de las otras, como si fueran mutuamente excluyentes. Recurramos a un filósofo para que nos explique de qué trata el conflicto aparente, alguien de la llamada escuela de París, Roger-Pol Droit: “Lo que verdaderamente necesitamos son ciudadanos que piensen. La iniciación en la filosofía como crítica es absolutamente esencial en este campo. No se trata de elegir entre buenos ingenieros sin filosofía y filósofos sin formación científica. Se trata más bien de dar a todos los ciudadanos la posibilidad de formarse su propio juicio. Y en ese sentido, una formación bien pensada en filosofía parece absolutamente indispensable, inclusive para los científicos, que también tendrán responsabilidades profesionales en su oficio de ingenieros”. Pero a políticos refractarios al pensamiento y que hacen de la ignorancia ajena el éxito propio no conviene que los demás piensen.
Nos han dicho que la filosofía y el resto de las humanidades no sirven para nada, que no son ciencias, que no producen nada. Totalmente falso, si algo nos vuelve cada vez más humanos es la reflexión en nosotros mismos y en nuestra circunstancia, para cambiarla, para mejorarla, lo mismo se le plantea al filósofo francés en un chat del diario Le Monde: “A fuerza de filosofar demasiado, ¿no se corre el riesgo de caer en la inactividad y de retirarse de la sociedad? Roger-Pol Droit: Ya se le reprochaba a Sócrates quedarse en un rincón a discutir con los jóvenes en lugar de ocuparse de cosas serias como los negocios o la actualidad. Es un viejo reproche al que le podemos dar una vieja respuesta: para actuar, hace falta haber reflexionado. Claro está que el riesgo es siempre encerrarse en la reflexión y, sin duda, también hay que saber parar de pensar.”
viernes, 4 de marzo de 2011
CULTURA Y FELICIDAD
“Un especialista es una persona encerrada dentro de un saber que lo incomunica con los demás. Un mundo de especialistas es un mundo de autómatas que sólo saben de su campo, pero nada de lo demás. Eso produce que la sociedad se fragmente en islotes de seres incomunicados” Mario Vargas Llosa. Conferencia Magistral Poder y Educación Superior, Universidad Autónoma Metropolitana, 02 de Marzo del 2011.
La cultura occidental registra, al menos, tres intentos para interpretar la realidad como un todo, no como múltiples pedacitos que, sumados, constituirían ese entorno que nos rodea y determina. Los primeros fueron los filósofos griegos, tanto idealistas como materialistas concebían a la filosofía como ese intento por abarcar lo posible a través del pensamiento y la experimentación, después los renacentistas, los grandes artistas cuyo ejemplo fue Leonardo Da Vinci que también fueron inventores y dominaban, más que sus contemporáneos, los diferentes campos del conocimiento; una tercera es el marxismo, que se vuelve a poner “de moda” con las recientes y recurrentes crisis del modelo neoliberal.
Pero han habido otros intentos, más locales y seguramente menos exitosos hasta el momento, pero que apuntan en la misma dirección que señala, sin ser el primero ni el más original, el premio Nobel de literatura nacido en Perú.
Uno de ellos aprovechó la coyuntura de la necesidad de desconcentrarse de la UNAM a principios de los años 70 del siglo pasado. Con la fundación de las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEP’s) fuera de la Ciudad Universitaria, hubo espacio para que algunas de las carreras intentaran volver a esa visión integral del conocimiento, fue el caso de la carrera de Psicología en la ENEP-Iztacala, donde su diseño curricular preveía que las diferentes “especialidades” fueran llevadas, en teoría y práctica, dentro de la misma licenciatura, rompiendo con el modelo de “especialización” tan en boga desde hace mucho tiempo.
Para Vargas Llosa el problema reside en que: “La cultura de nuestro tiempo ha identificado a la felicidad con el éxito económico, lo cual es una gran mentira”. Según la nota de Ángel Vargas en La Jornada, el antídoto se podría resumir así: “El verdadero éxito en una sociedad consiste en reducir al máximo la infelicidad humana y preparar lo mejor posible a los individuos para enfrentar las adversidades y los infortunios que se le presentan en la vida cotidiana… Un mundo en el que la mayor cantidad de gente haga lo que quiera será un mundo en el que privará menos la infelicidad”.
“Debemos hacer de la cultura un atractivo estilo de vida”, ahora la cita es de Héctor Zagal en el diario Reforma del 27 de Febrero de este año. Para ampliar nuestros horizontes mentales, para trascender nuestras miserias, para encontrar alternativas a un mundo de violencia. “La política cultural debe formar parte de la estrategia en el combate contra el narcotráfico. La promoción de alternativas de vida como la cultura es necesaria para prevenir la violencia. Si no lo hacemos, se malgastará el dinero de nuestros impuestos y, sobre todo, seguirá la descomposición del Estado”. Pero el contexto no es nada favorable, Zagal recupera los datos, catastróficos, de la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumos Culturales levantada apenas el año pasado, donde se encuentra que: “el 79 por ciento de los mexicanos no compró libros por motivos ajenos a la profesión o los estudios. No hallamos gusto alguno por la lectura. El gasto lo refleja contundentemente: el 72 por ciento de los mexicanos no gastó un centavo en la compra de libros durante los últimos 12 meses. Preferimos gastar en refrescos, celulares, cigarros y alcohol, no en libros”. Y es que el mejor vehículo cultural siguen siendo los libros y su lectura, pero no los técnicos, los de texto o los de autoayuda, sí los de literatura, los que crean y recrean el lenguaje que nos sirve para apropiarnos del mundo y de nuestra realidad, los que expresan lo que nos hace falta expresar, los que nos sirven para transformarnos y cambiar nuestra vida y nuestro tiempo.
El resto de los datos de la encuesta deja pocos resquicios para el optimismo, sin embargo hay que hacerlo, las ferias del libro, los intentos permanentes de libreros y de algunos maestros por remar contra la corriente y lograr estudiantes lectores, las reflexiones escritas o en voz alta algo influyen. “Necesitamos algo más que policías y metralletas. Hace falta aprender a disfrutar la cultura”. Quizás con eso, y regresamos con Vargas Llosa, podamos ser menos infelices.
La cultura occidental registra, al menos, tres intentos para interpretar la realidad como un todo, no como múltiples pedacitos que, sumados, constituirían ese entorno que nos rodea y determina. Los primeros fueron los filósofos griegos, tanto idealistas como materialistas concebían a la filosofía como ese intento por abarcar lo posible a través del pensamiento y la experimentación, después los renacentistas, los grandes artistas cuyo ejemplo fue Leonardo Da Vinci que también fueron inventores y dominaban, más que sus contemporáneos, los diferentes campos del conocimiento; una tercera es el marxismo, que se vuelve a poner “de moda” con las recientes y recurrentes crisis del modelo neoliberal.
Pero han habido otros intentos, más locales y seguramente menos exitosos hasta el momento, pero que apuntan en la misma dirección que señala, sin ser el primero ni el más original, el premio Nobel de literatura nacido en Perú.
Uno de ellos aprovechó la coyuntura de la necesidad de desconcentrarse de la UNAM a principios de los años 70 del siglo pasado. Con la fundación de las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEP’s) fuera de la Ciudad Universitaria, hubo espacio para que algunas de las carreras intentaran volver a esa visión integral del conocimiento, fue el caso de la carrera de Psicología en la ENEP-Iztacala, donde su diseño curricular preveía que las diferentes “especialidades” fueran llevadas, en teoría y práctica, dentro de la misma licenciatura, rompiendo con el modelo de “especialización” tan en boga desde hace mucho tiempo.
Para Vargas Llosa el problema reside en que: “La cultura de nuestro tiempo ha identificado a la felicidad con el éxito económico, lo cual es una gran mentira”. Según la nota de Ángel Vargas en La Jornada, el antídoto se podría resumir así: “El verdadero éxito en una sociedad consiste en reducir al máximo la infelicidad humana y preparar lo mejor posible a los individuos para enfrentar las adversidades y los infortunios que se le presentan en la vida cotidiana… Un mundo en el que la mayor cantidad de gente haga lo que quiera será un mundo en el que privará menos la infelicidad”.
“Debemos hacer de la cultura un atractivo estilo de vida”, ahora la cita es de Héctor Zagal en el diario Reforma del 27 de Febrero de este año. Para ampliar nuestros horizontes mentales, para trascender nuestras miserias, para encontrar alternativas a un mundo de violencia. “La política cultural debe formar parte de la estrategia en el combate contra el narcotráfico. La promoción de alternativas de vida como la cultura es necesaria para prevenir la violencia. Si no lo hacemos, se malgastará el dinero de nuestros impuestos y, sobre todo, seguirá la descomposición del Estado”. Pero el contexto no es nada favorable, Zagal recupera los datos, catastróficos, de la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumos Culturales levantada apenas el año pasado, donde se encuentra que: “el 79 por ciento de los mexicanos no compró libros por motivos ajenos a la profesión o los estudios. No hallamos gusto alguno por la lectura. El gasto lo refleja contundentemente: el 72 por ciento de los mexicanos no gastó un centavo en la compra de libros durante los últimos 12 meses. Preferimos gastar en refrescos, celulares, cigarros y alcohol, no en libros”. Y es que el mejor vehículo cultural siguen siendo los libros y su lectura, pero no los técnicos, los de texto o los de autoayuda, sí los de literatura, los que crean y recrean el lenguaje que nos sirve para apropiarnos del mundo y de nuestra realidad, los que expresan lo que nos hace falta expresar, los que nos sirven para transformarnos y cambiar nuestra vida y nuestro tiempo.
El resto de los datos de la encuesta deja pocos resquicios para el optimismo, sin embargo hay que hacerlo, las ferias del libro, los intentos permanentes de libreros y de algunos maestros por remar contra la corriente y lograr estudiantes lectores, las reflexiones escritas o en voz alta algo influyen. “Necesitamos algo más que policías y metralletas. Hace falta aprender a disfrutar la cultura”. Quizás con eso, y regresamos con Vargas Llosa, podamos ser menos infelices.
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