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sábado, 3 de octubre de 2020

SENTIDO COMÚN A LA MEDIDA

 


SENTIDO COMÚN A LA MEDIDA

Joaquín Córdova Rivas

 

No todos son iguales ni pesan lo mismo. Entre los 650 firmantes del desplegado que alertan sobre “amenazas” a la libertad de expresión y a la democracia, como si antes hubiéramos vivido en el paraíso de la libertad y la democracia, hay de todo; muchos respetables en sus respectivos campos, otros, verdaderas lacras que se llenan la boca de decencia mientras colaboran en crear espacios de odio.

 

Por décadas algunos fueron nuestros guías, eran lo que opinaban sin tener a nadie enfrente que los contradijera, los que parecían, y algunos lo fueron en alguna etapa de su vida, los inconformes y críticos del sistema. Los leíamos, los consultábamos, los ad-mirábamos en los numerosos espacios escritos, radiofónicos o televisivos; algunos se convirtieron en marcas registradas y se enriquecieron sin pudor alguno. Nada que objetar, parecía justa recompensa a su intelecto y valentía.

 

Siempre hay un pero. Con el tiempo comenzamos a ver que esa pretendida y comedida denuncia, que ese arrojo que llegaba en ocasiones hasta la burla abierta estaba siendo dosificada. Ahora conocemos de las carretadas de dinero público que sirvió para inflar sus tirajes, sus audiencias, sus falsas democracias con o sin adjetivos. Ni siquiera había necesidad de amenazarlos, bastaba hacerlos experimentar la gloria de ser los consentidos del sistema y después obligarlos a tomar un baño de realidad para que regresaran al redil y hasta vendieran su opinión y conciencia.

 

Ellos, los que en realidad pesan y promovieron el desplegado, nos decían qué era la democracia, qué era la libertad de expresión de la que ellos eran muestra, qué podíamos esperar del futuro: conformarnos con lo que había porque no había de otra. Moldearon la neoliberalismo mexicano a su imagen y semejanza, y se los creímos.

 

«Por ejemplo, en un artículo para Reforma, el historiador de derecha, Enrique Krauze, se unió al linchamiento mediático de las protestas del cnte. A su modo de ver —ya que en agosto de 2013 el sindicato bloqueó el aeropuerto y las arterias principales de

la Ciudad de México—, “abusaron de su derecho constitucional de manifestarse libremente” porque sus protestas afectaron a los habitantes de la ciudad y el sindicato actuó como “si representaran no sólo a su gremio sino a todo el país”. En este sentido,

la represión masiva y encarcelamiento de manifestantes es justificada y apoyada por la ciudadanía. La falta de apoyo y hasta el linchamiento mediático del sindicato de maestros podría plantearse como una guerra de clases. En resumen, la experiencia neoliberal de México es un ejemplo de lo que resulta cuando las formas de poder, instituciones, materiales y sensibilidades neoliberales operan en la economía política permitiendo a las empresas transnacionales y corporaciones controlar la salud, vivienda, alimentación, energía, recursos naturales, modos de producción y formas de vida. De esta misma manera, el neoliberalismo ha creado instancias de dependencia perjudiciales al Estado y a las corporaciones, los cuales a su vez, florecen en niveles sin precedentes de marginalización, violencia, explotación, desplazamiento, despojo, pobreza y muerte.» Irmgard Emmelhainz.



La tiranía del sentido común. La reconversión neoliberal de México. Paradiso editores (México). 2016. Colección Continente Negro.

 

Siguen utilizando los mismos mecanismos para el control social, ahora nos alertan para que tengamos “miedo” por la pérdida de la democracia y de la amenaza a la libertad de expresión. ¿De qué están hablando? Emmelhainz —en el 2016— plantea algunas hipótesis:

 

«Lo que nos preocupa son la incertidumbre y el miedo, el ambiente que respiramos y que es administrado por el gobierno. Si antes el miedo era un fenómeno relacionado con eventos específicos, hoy en día, todo el mundo está constantemente lleno de pánico y ansiedad. En este contexto, al tiempo que impone una realidad atemorizante a través de los medios de comunicación y la producción cultural —lo sensible—, el gobierno asegura ser capaz de salvaguardar la seguridad física de los ciudadanos al luchar contra el crimen organizado (en realidad una excusa para militarizar el país y crear un estado de excepción donde se ejerce la violencia de estado). Según Virilio, la consecuencia de que impere un ambiente de miedo es que una “comunidad de emociones” prevalezca sobre una “comunidad de intereses”, es decir, el miedo colectivo da lugar a una comunidad de emociones sincronizadas pero con deseos e intereses fuera de ritmo.»

 

Se trata de reinstalar ese neoliberalismo de compinches en nuestra subjetividad, en nuestra manera de ver las cosas y actuar frente a ellas.

 

«Entiendo al neoliberalismo como la producción de sentido común basado en la racionalidad del interés propio y el deseo, y que no sólo mantiene sino que causa que las relaciones de poder (una red de control) proliferen. En otras palabras, considero al neoliberalismo como una sensibilidad que trabaja los deseos más íntimos, colonizando nuestros sueños, canibalizando nuestros ideales de libertad y regurgitándolos como estrategias de control social.»

 

No se trata de 650 “intelectuales” —para diferenciarlos del resto de la chusma que no pensamos, como ellos—, es apelar a una forma de pensar en la que estuvieron trabajando durante mucho tiempo y que los instaló en el imaginario colectivo como los intelectuales orgánicos que algunos fueron.

 

«Convirtiendo en sentido común lo absurdo de la explotación extrema, la depredación sistémica y la devastación medioambiental, la economía neoliberal ha transformado la violencia en negocio cotidiano. La híper-estimulación nerviosa del cuerpo social está produciendo un efecto de desensibilización que está haciendo que la gente se acostumbre al horror cotidiano. ¿Cómo despertar de la pesadilla?»

 

Para variar nos quedamos apenas en la superficie de un texto muy rico en ideas que vale la pena leer completo, allí está la referencia, también se puede encontrar en la web: https://www.academia.edu/37450512/Tirania_del_sentido_comu_n_la_reconversi%C3%B3n_neoliberal_de_m%C3%A9xico

 

sábado, 5 de junio de 2010

LAS REACCIONES

LAS REACCIONES
Joaquín Córdova Rivas

La “desaparición” de Diego Fernández de Cevallos, la falta de información oficial verás y el “retiro” de las instancias legales de investigación han dejado varias pistas para que el imaginario colectivo las recorra prácticamente sin restricciones.
A la “valentía” de señor feudal que permitía circular por las vías públicas sin escoltas se opone la percepción de que se le protegía estrechamente vía satélite, que de allí las tijeras manchadas de sangre con su tipo específico, que se supone fueron usadas para quitar el chip localizador subcutáneo, acción que volvió simple escenografía los vuelos de los aviones equipados con radar especializado ¿en qué? A la reacción inmediata de las procuradurías, del ejército y del gabinete federal que convirtieron en un hervidero de policías el municipio de Pedro Escobedo esperando conseguir un resultado rápido, le siguió el retiro vergonzoso que, sin decirlo, admite que la primera estrategia resultó fallida y que corregirla implicaba irse hasta el otro extremo. Después… el sospechosismo al buscarle una relación con otros casos simultáneos, como la liberación de la exesposa del Chapo Guzmán y la otra “desaparición”, la de “el Coronel”, supuesto lugarteniente del mismo personaje que se reportó detenido un día y al siguiente nadie sabía de él. Pero todo es especulación.
Lo que más ha polarizado la opinión de los columnistas y articulistas de los medios de comunicación ha sido la reacción de los ciudadanos expresada a través de los comentarios a las pocas notas informativas y por el uso de las redes sociales en internet. Por ejemplo Lydia Cacho señala en su columna de El Universal: “Está claro que hay casos que por sus características son más mediáticos que otros y que las reacciones sociales ante la desaparición del abogado revelan la pluralidad de sentimientos de la sociedad; algunos por burdos o soeces que nos parezcan muestran la radiografía emocional de un país que, por un lado demuestra su hartazgo ante la violencia extrema y por otro una ira largamente contenida producto de los abusos de poder, las inequidades, la pobreza, el racismo y el rampante descaro de la oligarquía a la que el desaparecido pertenece”. Sara Sefchovich, después de que algunos de sus colegas compartiera con ella algunos de esos comentarios refrenda su postura: “Me encontré con que la mayor parte de quienes mandan sus comentarios para que se suban a la página, no dicen nada que merezca la pena leerse y en cambio suman la prepotencia y grosería a la ignorancia y la mala ortografía. Decidí entonces no leerlos más. Y lo he venido cumpliendo desde hace buen rato”. Pero cerrar los ojos, los oídos y el resto de los sentidos quizás sirva para seguir escribiendo “inteligentemente” desde el gabinete, pero se ignora a parte significativa de ese lector real que no tiene la misma educación, la misma humanidad y consideración que el escribiente, que seguramente sufre desde hace años las consecuencias de un sistema político cínico que ahora quiere imponer sus héroes, sus ejemplos, hacer sus propias beatificaciones.
Desde otra perspectiva, desde la que impone el desarrollo tecnológico y los cambios en los medios de comunicación, Jesus Silva-Herzog Márquez explica y se lamenta: “El intelectual nace de un público que lee. Necesitó del instrumento de la imprenta para formar una comunidad de lectores a la que se le puede exigir atención. El intelectual del que habla Bourdieu en su ensayo contra la televisión es capaz de definir el tema del que habla, el tono en el que escribe, la extensión de su alegato. Pero cuando es capturado en la pecera mediática, el pensador se convierte en otro profesional del entretenimiento. La televisión, decía Bourdieu, no puede ser transporte del pensamiento. Al delimitar el tema, al demandar concisión y velocidad, al empuñar constantemente la amenaza del reloj, la televisión impone superficialidad”.
Casi lo mismo podemos decir del lector que busca expresarse, Twitter apenas admite 140 espacios para escribir algo, además hay que esperar un tiempo entre un textito y otro. Los espacios en las páginas electrónicas de los diarios que todavía permiten el acceso libremente tampoco son ilimitados, apenas somos lectores y algunos ya quieren que seamos escritores, sin tomar en cuenta que la escritura requiere de un esfuerzo mayor, de una habilidad que hay que desarrollar con la práctica continua, que la ortografía se logra con la lectura de buenos textos. Si los lectores y escritores nos ignoramos mutuamente nos volveremos esquizofrénicos, porque a final de cuentas somos los mismos.
En fin, sea cualquiera el resultado del “caso Diego” no podemos ignorar las reacciones, descalificar a los hartos, molestos, enojados, groseros, insensibles o como se quiera llamarles impide comprender la reacción de esa parte de la ciudadanía que al menos encontró la forma de expresarse. Podemos tomar como conclusión provisional la misma que Lydia Cacho: “Las reacciones, algunas compasivas, otras crueles o cínicas, ante la desaparición de Diego nos recuerdan todas las complejidades de una sociedad que batalla por reconstruirse en un contexto en que las reglas no se respetan y las leyes no se cumplen. En la que el esfuerzo individual por hacer lo que es ético pierde importancia ante la facilidad de incurrir en cotidianos actos de corrupción. Leyendo a quienes celebran la desaparición del político, imagino que será su manera de corroborar que nadie está a salvo en México, ni ellos ni nos. Vaya triste consuelo”.